Por Mauricio Azofeifa. Creo que lo peor que nos han dejado las redes sociales, exponencialmente acelerado por la pandemia y el teletrabajo, es esa sensación de que si alguien no está de acuerdo con nosotros o tiene una característica que nos resulta molesta podemos simplemente bloquearlo y hacerlo desaparecer de nuestras vidas para siempre.
La santa verdad es que la vida real no es así, estamos multidimensionalmente obligados a compartir nuestras vidas y nuestros espacios con gente con la que tenemos muy poco en común, que va a insistir en hacer notorias estas diferencias de persistentes maneras desesperantes.
Es cierto que con el celular en la mano socializamos, estamos expresando nuestras opiniones e intercambiando en la comodidad e imperio de nuestros muros, luego chateamos con quien elegimos de una curada lista de amigos preseleccionados, siempre sobre algún tema que nos guste a ambos, con la periodicidad que nos siga gustando y apoyados con la sagacidad de los stickers.
Pero la realidad es que cuando no queremos hablar solo scroleamos hacia abajo, dejamos en visto, o eliminamos de nuestros contactos, hemos perdido por completo la capacidad de lidiar con la frustración, armonizar, o conversar evitando temas que puedan derivar en peleas.
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En las oficinas estábamos acostumbrados a compartir espacio con cientos de personas que venían de contextos y experiencias que moldearon su cosmovisión de maneras únicas, ese maravilloso crisol de personalidades nos llevaba a aceptar que alguna gente amanece de mal humor, que son más o menos inteligentes, que cree tener soluciones sencillas para problemas que resultan complejos para las grandes mentes de la humanidad, que idolatran como mesías a políticos de pocas luces, que sostienen bizantinas discusiones sobre si es mejor Messi o Ronaldo o el cilindraje de un motor, que hacen “chistes de locas”, que te suman involuntariamente a su acoso con un golpe con el codo mientras le hacen un piropo sexista a la compañera, que sintonizan Best FM en los parlantes de la computadora, que calientan pescado en el microondas, que tienen tonos de voz que parecen dirigidos a ser escuchados por los delfines, que tienen una sería opinión sobre la vida romántica de Shakira, por no mencionar que te adulan de frente y a en tu ausencia se encargan de propagar chismes, serruchar el piso y tratar de degradarte sin que sea requerida un justa causa, ya sea porque son malas personas o simplemente les caes mal.
Y eso también pasaba en el colegio, en la universidad, en las filas de los bancos, en el estadio, en el bar del barrio, en la disco de moda, en las visitas del domingo a la abuela, en los malos días de tus buenas relaciones, con el vecino que le gusta la bachata y los sistemas de audio, y seguramente en los matrimonios , con los hijos y en el hogar de ancianos.
De alguna forma teníamos que encontrar puntos de interacción, cosas en común, límites, ratos de silencio, risas de cortesía, mentiras piadosas, y la maravillosa capacidad de quedarnos callados cuando nuestra opinión no va a ser de ninguna utilidad.
Ahora ante el primer atisbo de hostilidad desaparecemos a nuestro interlocutor y corremos a buscar en el ancho internet algún grupo de difusión o una página fanáticos que validen los más específicos pensamientos que se nos puedan ocurrir, luego nos metemos a Tinder a conseguir un par matches para que se note que somos super especiales.
Y bueno, tenemos 7 billones de personas en el mundo, así que quizás no sea urgente que limemos asperezas con todo el mundo, pero es posible que encontremos alguna utilidad en ser cuando menos funcionales con otros seres humanos, que logremos volar sobre las diferencias e incluso poder reírnos de las locuras de los demás y controlar un poco las nuestras.
Si no están de acuerdo con este comentario pueden dejar de seguirme, pero se perderían del gusto adquirido que puedo llegar a ser.
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