Por A.J. Cárdenas | Dejo de leer libros y los retomo, me leo una, dos páginas y luego tres; regreso uno, dos o cuatro meses después; soy un lector desordenado, como muchos. Así he leído, de Anabeatriz Fernández, en el huracán de la vida, el poemario Pequeña ola de un mar extranjero.
El papel de la poesía y del ensayo es el de dialogar; en dramaturgia siempre recordamos el monólogo de Segismundo, Anabeatriz Fernández me recuerda esa unidad de desear comunicar, debatir con el lector, o a veces caer en el personaje del loco, pero necesario monólogo interno, en el que todos conversamos solos, para sanar.
El buen interlocutor o ensayista o poeta siempre utiliza la palabra como si fuera su propio cepillo dental: “…y las/ mujeres tenemos derecho a que nos pronuncien/ íntegramente con nuestras dos costillas”, el diálogo no solo es la idea, sino la descripción; ese espacio comunicativo que quizás vamos perdiendo en este momento por estar observando tanto la pantalla.
“[…] La veía/ subrayar lentamente con el lápiz amarillo de/ cera […]”
¿Saben? Lo más interesante de escribir y “ver” escribir a otros lugares comunes se encuentra en la apropiación del tópico común, de la frase hecha; la poesía nos permite generar ese efecto de desaparición, ya la frase construida, reconocida no es del pueblo, ahora es del poeta, del dramaturgo, del ensayista.
El buen periodista nos recuerda a José Martí, a Pedro Henríquez Ureña, porque en el fondo el ensayo nos lleva a la poesía, una argumentativa, antinarrativa. Han tenido que pasar más de doce años para encontrarme con el tópico del olvido, ya no como falta de identidad cultural en lo costarricense, sino desde dos puntos de vista, una la antinarración clínica de la propia amnesia -el Alzhéimer-, otra la burla por recobrar el presente, la memoria de la experiencia simple, delicada, cotidiana.
En el poema “Tabués”, Fernández González realiza una apertura por recuperar lo experimentado: “La última vez que escuché a mamá leer”, ese verso tan simple, pero tan contrario, ya que la yo lírico, porque tiene tono femenino, utiliza el verbo “escuché”, o sea, yo lo experimenté, lo viví, y el adverbio “último”, contradicen el sentido del sustantivo “leer”, ya que leemos para recuperar lo olvidado. El conocimiento, la identidad, o sea, la persona puede olvidar sus emociones, lo que siente, el presente, pero no el aprendizaje a largo plazo, como la lectura, caso interesante para un poema.
La “yo lírica” no se queda ahí, expone “alguna como mamá sin poder/ asir los cubiertos, otra como mamá sin querer/ comer arroz” […] …Es una/ mierda el Alzheimer” […] …Me contestó: «no te/ preocupés»; se supone que no me voy a dar/cuenta. Yo repito el chiste y me río”; esos versos, ese título me muestran una crónica por recuperar lo cotidiano en la mujer, nunca me había preguntado ¿cómo es la memoria femenina? Ese cuestionamiento me parece interesante; leemos para preguntarnos, escribimos para no olvidarnos.
Algunos poemas tienen nombres de hombre, pero lo masculino desaparece, o la descripción del macho, para darle sentido únicamente al yo lírico femenino o hembra, mediante afirmaciones, aforismos, sentencias que solo una poeta puede emitir: “… Son las cosas que hubiera/ preferido borrar del mito que construí”, luego de leerse esos versos, uno en qué va a pensar, la exposición del espacio, los personajes son solo distractores, hace algunos años cuando escribí mi poemario “Perversiones”, escribí el poema “Objetivo de ecuación poética” donde expresé en tres versos “Ecuacionar el poema/ entre poesía narrativa/ y poesía ensayística”; así que me pongo feliz, al leer en un poemario de una mujer mi pensamiento, sé que ella no me ha leído nunca, y sin embargo, su estética y la mía tienen elementos en común gracias al diálogo cultural, claro, el de ella tiene el tono feminista, y eso me pone más feliz, ya que tiene identidad propia, y eso, la hace separarse de la cultura del olvido.
Esta poética de Anabeatriz Fernández genera el efecto de vernos en el reflejo del espejo cultural -yo en su poesía-, gracias a la Cultura, verdadera moldeadora de nuestra identidad; nos queremos encontrar en lecturas, reconocer los sentimientos nuestros en los otros y los otros en los nuestros, porque somos lectura, no pantallas.
Anabeatriz Fernández narra las costumbres de Santa Ana, lo que vio, y vivió, pero sin ser del código costumbrista, sino bajo una frescura proveniente más del discurso oral periodístico, por lo tanto, del ensayo.
La mujer atrevida, valerosa, la que no debe pedir permiso, la dueña de sí misma nos entrega los versos que sistematizan esa ecuación poética (discurso oral, ensayo, antinarrativa, costumbrismo, brillantez, crónica) de la siguiente forma: “… me llevo la/ cafetera de la casa donde mi madre habitaba”, así como si fuera lugar común, por eso costumbrista postmoderno, por ser tan subjetiva, y al mismo tiempo nos antinarra la cotidianidad, mejor digo, emoción vieja con tono nuevo, de rebeldía.
Contar sobre lo cotidiano es robarle las historias a los gatos, eso hace a esta cronista una poeta, incluso, hace un poema de un momento que entra un batsú, colibrí en cabécar; narra ese instante, “Gokú se puso alerta”, (el gato)/ “con un paño traté de atraparlo”, y le da un cierre a esta crónica o poema de una forma tan genial: “los tres corazones/ palpitaron con la misma velocidad”. Espero que nosotros también.

