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El filibusterismo moderno – Voz Propia

Chaves presume como su obra gimnasio en Suretka cuya construcción empezó en abril de 2021 y luego costó el doble
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Por Gerardo Fumero | El historiador norteamericano Robert E. May, en su obra El Bajo Mundo del Destino Manifiesto, Invasiones Filibusteras antes de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos (1861-1865), 2002, editada en español por el Museo Juan Santamaría, Alajuela, Imprenta Nacional, 2011, narra el fenómeno del filibusterismo y los esfuerzos del gobierno norteamericano por detener sus invasiones, las que se pusieron de moda a partir de 1850, para conquistar tierras y riquezas, y establecer estados esclavistas, principalmente en territorios de México, Ecuador, Cuba, Honduras y Nicaragua. No siempre fue ese gobierno -sin embargo- consecuente con dicha política, pues el presidente James Buchanan -por el contrario-, reconoció a William Walker cuando este logró, con manipulación y por la fuerza de las armas, erigirse presidente de Nicaragua.

Esa ambición expansionista de algunos ciudadanos norteamericanos, aparece ya en 1797, cuando William Blount fue enjuiciado por intentar invadir tierras más allá de las fronteras: Florida, Texas y Louisiana. Durante los procesos de independencia latinoamericana y canadiense, también otros que, ofreciendo apoyar a grupos independentistas, hicieron alianzas e intentaron establecerse y apoderarse de diferentes territorios, pero fueron expulsados por España y Gran Bretaña.

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Para mediados del siglo XIX, varios filibusteros invaden Cuba, México y hasta Hawaii. William Walker -el más célebre de ellos-, realizó una primera incursión en Baja California (México) y luego varias a Nicaragua.

May, citando a Víctor M. Randolph, apunta que “comentó en setiembre de 1849, cuando llevaba a cabo el bloqueo naval de isla Round, que era costumbre en “esa parte del mundo” que la gente elogiara a los filibusteros como “ciudadanos heroicos, …”.

No podemos negar que algo hubo de cierto en esa apreciación, pues algunos líderes, cegados por sus propias ambiciones, por ignorancia o por ingenuidad, sacrificaros en el altar de la patria, su propia libertad, paz, bienestar, democracia, institucionalidad y estabilidad.

Algo así sucedió en Nicaragua después de que, en 1844, estallara una guerra civil, entre legitimistas o conservadores, de Granada, dirigidos por Fruto Chamorro y demócratas o liberales, de León, dirigidos por Francisco Castellón. En 1853 Chamorro es elegido jefe de estado. Castellón ofreció entonces a William Walker, una concesión de “colonización”, si luchaba a su lado en contra del sucesor de Chamorro, Ponciano Corral.

Castellón sin percatarse, ahora dormía con el enemigo de la patria, se alió con quien no quería aliados, sino esclavos, pasaría de conquistador a conquistado. No midió que se aliaba con fuerzas espurias, desleales, capaces de cualquier cosa para hacerse con el poder, y efectivamente se lo arrebataron.

Un año después de su desembarco, en julio de 1856, Walker se proclamó presidente de Nicaragua y como tal, confiscó las propiedades de los nicaragüenses que se oponían a su gobierno, emitió decretos que buscaban recaudar fondos y fomentar la inmigración norteamericana, impuso el idioma inglés y estableció la esclavitud.

De igual forma, hoy, filibusteros modernos conquistan países pero sin invadirlos, sino desde adentro y sin disparar balas, porque usan otro tipo de armas: disparan emotivos discursos, falsas promesas, falacias, mentiras que ilusionan, medias verdades que engañan, odios que dividen, encienden pasiones para sacar de ellas provecho, recuerdan con malvado interés las peores experiencias del pasado, acusan y responsabilizan de todos los males nacionales, a los gobiernos anteriores.

Si en el siglo XIX, algunos confiaron en un advenedizo y sin percatarse le entregaron el país, hoy de igual forma ponen su esperanza en un nuevo discurso solo por ser distinto y permiten que lleguen al poder quienes finalmente terminan siendo enemigos de la patria.

Hay que reconocer también que, ciudadanos honestos, -en alguna medida con razón-, hartos de tanta promesa incumplida e indolencia de administraciones anteriores, cifraron más recientemente sus esperanzas en: el advenedizo, el disruptor, el nuevo discurso, el que prometió comerse la bronca y arreglarlo todo, y solucionar los problemas hasta de la señora pobre de Purral.

Entonces prometieron bajar los precios del arroz, las medicinas y los servicios eléctricos, acabar con las listas de espera de la CCSS, una nueva ruta de la educación (todavía en construcción casi tres años después de iniciado el gobierno), acabar con la corrupción para que alcanzara la plata del Estado, terminar con la prensa canalla para que los dejaran gobernar a su antojo, acabar con los jerarcas inútiles para hacer obra pública, electrificar el transporte público, etc.

Pero por el contrario, terminaron aumentando los precios del arroz y las medicinas, con mayores listas de espera en la CCSS, negando dinero a la educación superior y pauperizando la educación general, haciendo de cada obra nueva una nueva “piñata” (la pista del aeropuerto de Liberia, la adjudicación de los Ebais), no pagando sus obligaciones a la CCSS, eliminando nuevas obras hospitalarias, degradando la obra pública ya planificada y diseñada por gobiernos anteriores, como el cambio de pasos a desnivel por rotondas, en la Pista a Limón y disminuyéndolos en el nudo de La Lima en Cartago, poniendo en riesgo las finanzas del ICE al no cobrar el costo variable de combustibles en los servicios eléctricos, manipulando así esas tarifas para forzar promesas de campaña, torciendo el brazo al Regulador -¿por primera vez en la historia?-, poniendo en riesgo la Radio y TV del Estado por falta de presupuesto, racionando el agua en cantones capitalinos, prohibiendo al ICE desarrollar servicios 5G con su propia red, valiéndose para ello de normativa internacional completamente desvinculada, etc.

Un gobierno que, si por algo pasará a la historia, es por la ineficacia de sus decisiones y sus acciones, por los verborreicos discursos y justificaciones pueriles, por la mala fe de sus acusaciones, ataques personales y mentiras cada semana, y las consecuentes apariciones de los mismos órganos del Estado para desmentirlo, por sus prosaicos y gratuitos ataques a la prensa y la libertad de expresión, (recordemos la distribución de la pauta publicitaria del Estado a través de una agencia centralizada, que entre otras cosas terminó con el programa La Rueda de la Fortuna en Canal 7), la inaudita rotación de sus jerarcas, por el servilismo de sus subalternos, por el abandono del gobierno de toda jefatura con criterio propio, ideas independientes y un genuino interés patrio, por la persecución de sus enemigos políticos (Parque Viva, Banco BCT y varios de sus propios exministros) y finalmente, por su autoritarismo y narcicismo.

Y si en el pasado se usaban armas que disparaban balas para terminar destruyéndolo todo y poder reconstruirlo a su manera, hoy se hace lo mismo, arremetiendo contra el statu quo, pero también contra la propia institucionalidad y sus pilares fundamentales: el ordenamiento jurídico y constitucional. Intentan destruir los controles que por ley pesan sobre el gobierno, a través de “jaguares” convertidos en referéndums. Intentan destruir las instituciones con proyectos de ley, como el que irónicamente han bautizado Armonización del Sistema Eléctrico, que terminaría de destruir al ICE para entregarlo a la empresa privada, y atacan todo cuanto representa el Estado de Bienestar: la seguridad, la justicia, la educación, la salud y el resto de servicios públicos, la agricultura, los bosques, los humedales, los manglares, etc.

No han disimulado ni tenido vergüenza para permitir el enriquecimiento de sus amigotes, los industriales del arroz -por ejemplo-, mediante la ruta del arroz, mientras arruinan a cientos y miles de pequeños arroceros y agricultores, para cambiar documentos, leyes y planos que eran historia sagrada, para desaparecer de un plumazo (decretos) humedales, áreas protegidas y demaniales, con tal de beneficiar a otros de sus amigos, como en el caso de Gandoca – Manzanillo y Místico, y quién sabe cuántas fechorías más.

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Hoy, al igual que el 6 de julio de 1856, han de hacerse valer las ideas de nuestro prócer Juanito Mora, cuando pronunció estas sabias palabras: “Si nuevos peligros nos llaman a la lid, cuento siempre con vosotros, … Mostraremos que somos dignos de nuestros antepasados, que somos siempre los defensores del orden y la libertad nacional, y que en todo tiempo sabremos preferir ese orden y esa libertad a pérfidas ofertas revolucionarias, la pobreza al deshonor, la guerra a la ignominia, la muerte a la esclavitud”.

Hoy esa guerra se gana en las urnas, con nuestro voto, como nación libre, civilizada y democrática que somos, no con incendiarios discursos que convocan a la desobediencia, la violencia y la sedición, con la cual algunos mandatarios populistas y anarquistas de este Continente han venido incitado a sus pueblos, y al calor de la cual algunos han llevado a cabo actos verdaderamente bochornosos, manchando así su historia patria, actos que perdurarán como monumentos a la incivilización, el irrespeto, la rebelión y como una muestra de los más bajos y retrógrados instintos de las turbas enardecidas.

Gracias a nuestros ancestros hemos gozado por más de 200 años ya, de la democracia más estable de Latinoamérica, con pesos y contrapesos, capaz de soportar vendavales, ninguno de los cuales ha durado nunca, más de un periodo presidencial, ni aun aquellos que llegaron por la fuerza de las armas. Pero permanece como Nación, el reto de mantener esa tradición, eligiendo a futuro, gobernantes que guíen esta Patria por un sendero honesto y transparente y que busquen el bienestar del pueblo, en paz, libertad y democracia.

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