Por Frank Ruffino. Algo extraordinario sí, sucede con Jesucristo, el hombre más famoso de la historia, quien ejerce un poder descomunal y positivo en la realidad espiritual de miles de millones de seres humanos.
Por pocos años, yo también fui ateo, hoy me considero deísta, concentrándome en Jesús como hijo de Dios y parte de la Trinidad, Espíritu Santo. Esa energía espiritual me infunde paz y seguridad. Incluso, aunque no participe directamente (haciendo de Pedro, Judas o Pilatos) en las celebraciones católicas de la Semana Mayor, adoro estas fechas y constatar la fe de la mayoría de la gente.
Creer en no creer en Dios suele producir seres fríos, incómodos y desagradables
He llegado a comprender que, en el fondo profundo de un ateo, existe una perniciosa envidia hacia, especialmente, esa divinidad por su deslumbrante éxito en esta parte del cosmos.
Veo a amigos ateos egomaníacos realizar un endiablado apostolado 24/7 atacando a Dios y creyentes: “de la abundancia del corazón habla la boca”, y se ha documentado, en su lecho de muerte, muchos fanáticos descreídos terminan vociferando el nombre de Dios (y Jesús) como su salvador. “Nunca es tarde si la dicha es buena”.
El respeto a la libertad del otro es lo importante. Cada quien que crea sin imposiciones. De todas formas, creer es un acto que genera una realidad alterna en el sistema cuántico-neuronal, donde esa fe produce efectos físicos increíbles en las personas. Y eso está muy bien, porque, al contrario, creer en no creer en Dios suele producir seres fríos, incómodos y desagradables.
Ya quisiera un escritor famoso o intelectual ateo esa trascendencia en las mentes de tantos, tantísimos millones. No es coincidencia, los líderes modernos más atroces hayan sido ateos: Hitler, Mao, Stalin… Estos despreciables megagenocidas se creyeron dioses (no eran tan ateos), pero del mal.
En general, la idea de Dios (o de las divinidades) nos ha legado casi todo: ¿no es lindo estar frente a las pirámides de Giza, caminar en la explanada de Teotihuacán, entre las pirámides del Sol y la Luna, yacer en una catedral gótica europea o contemplar la archifamosa mundialmente Basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles?
Y no perder de vista a la literatura griega, que sería muy aburrida sin los dioses del Olimpo, más parecidos a nosotros, seres humanos comunes y corrientes.
*Imagen: Una aproximación científica al verdadero rostro de Jesús, quien dista mucho de asemejarse al actor Robert Powell, de la ya mítica miniserie Jesús de Nazaret. Por su raza y clima de aquella geografía, dos grados más caliente que en la actualidad, Jesús fue bastante moreno, diría, casi negro, o negro, máxime que vivía peregrinando a la intemperie por los campos, en ruta a las ciudades y pueblos de esa región. Tan extraordinaria fue su actuación, que representa al Jesús actor más famoso de todos al punto que los fanáticos, hasta la fecha, creen que es Jesucristo, Hijo de Dios. Luego del filme en 1977, “a cuadritos” le hicieron la existencia a Powell, aunque hoy es muchísimo menos el acoso, pues es un anciano de 79 años que sólo evoca a ese Jesús, versión estadounidense de Hollywood. / Pie de foto de Frank Ruffino.
- Aclaración: Este es un artículo de opinión responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente coincide con el pensamiento de este medio de comunicación.

