Por Glenm Gómez Alvarez, Pbro. | Hace meses vengo señalando una omisión que, a estas alturas, resulta difícil de comprender y todavía más difícil de justificar: el silencio público de la Diócesis de Cartago frente al crecimiento de la violencia, la delincuencia y el narcotráfico que golpean a sus comunidades.
Pasaron las fiestas de la Negrita. Pasó la romería, las celebraciones multitudinarias, los encuentros y las manifestaciones de una religiosidad que constituye uno de los rasgos más profundos del pueblo cartaginés. Pero terminadas las celebraciones, Cartago vuelve a encontrarse frente a una realidad mucho menos ceremonial: la violencia está penetrando sus comunidades y está matando a su gente.
Los acontecimientos recientes son estremecedores y se suman a otros hechos violentos ocurridos en la provincia. Las autoridades investigan algunos de ellos en escenarios relacionados con estructuras criminales, narcotráfico y disputas por el control territorial para la venta de drogas.
Por eso vuelvo a formular una pregunta que cada día resulta más urgente: ¿Qué está pasando en Cartago? Esta vez, sin embargo, no está dirigida únicamente a las autoridades policiales, judiciales o gubernamentales. Mi pregunta es también para la Iglesia.
¿Qué pasa con la Diócesis de Cartago? ¿Por qué no escuchamos, con la claridad, la fuerza y la continuidad que esta realidad exige, la voz de su pastor? ¿Por qué el narcotráfico, los homicidios, las balaceras, el reclutamiento de jóvenes y el miedo que comienza a instalarse en algunas comunidades no provocan una palabra episcopal firme, pública y sostenida?
¿Puede el silencio convertirse en una zona de seguridad para el pastor cuando sus ovejas enfrentan una amenaza semejante? No escribo esto con satisfacción. Me duele hacerlo. Pero llega un momento en que las medias palabras dejan de ser prudencia. También dentro de la Iglesia necesitamos aprender el difícil ejercicio de la autocrítica.
La última vez que planteé públicamente una preocupación semejante, algunas personas salieron en defensa de la Diócesis e incluso me preguntaron: si usted no pertenece a Cartago, ¿por qué habla? La respuesta es sencilla. Hablo porque trabajé en Cartago. Porque conocí a su gente. Porque conozco sus valores, su profunda religiosidad, su capacidad de trabajo, su empeño y esa voluntad tan particular del cartaginés para levantarse una y otra vez.
Pero hablo, sobre todo, porque la Iglesia no es un conjunto de pequeñas parcelas en las que nadie puede mirar lo que sucede al otro lado de una frontera diocesana.
Cuando una comunidad sufre, su dolor interpela a toda la Iglesia. Por eso me duele —y más que dolerme, me avergüenza— que ante una situación de esta gravedad la voz episcopal no tenga la presencia pública que las circunstancias reclaman.
Porque hay silencios que protegen y hay silencios que abandonan. Hay silencios prudentes y hay momentos en los que callar deja un vacío que alguien tenía la responsabilidad de llenar.
Y un obispo está puesto al frente de una diócesis no solo para presidir celebraciones, administrar estructuras o hacerse presente cuando las circunstancias son favorables. Está para pastorear.
Y pastorear significa acompañar cuando el camino se vuelve difícil. Significa caminar con el pueblo cuando aparece el miedo. Significa buscar al que se pierde, cuidar al herido y defender al rebaño cuando aparecen los lobos.
A algunos amigos sacerdotes que, con los años, han sido nombrados obispos, cuando me han comunicado su designación les he formulado alguna vez una pregunta incómoda: «¿Por qué aceptaste?» La pregunta no pretende cuestionar gratuitamente una decisión. Nace de una convicción: hemos convertido con demasiada facilidad la aceptación de un servicio eclesiástico en sinónimo automático de obediencia. Pero la obediencia cristiana es mucho más exigente.
No consiste simplemente en decir sí a un nombramiento. Consiste en aceptar que el Evangelio puede conducirnos hasta donde quizá no quisiéramos ir. La obediencia cristiana no garantiza comodidad, reconocimiento ni seguridad. En el Evangelio, muchas veces termina en la cruz. Y significa también defender a las ovejas cuando algo amenaza con destruirlas. Hoy una de esas amenazas tiene nombre: narcotráfico.
Y tiene consecuencias concretas: homicidios, armas, territorios disputados, familias destruidas, jóvenes reclutados, comunidades atemorizadas y personas inocentes que pueden terminar alcanzadas por una bala que jamás estuvo destinada para ellas.
Esto también es materia de evangelización. Esto también pertenece a la Doctrina Social de la Iglesia. Esto también exige pastoral.
Hoy estoy pidiendo aquello que solamente un pastor puede hacer. Convocar. Denunciar. Acompañar. Entrar en las comunidades heridas. Reunir a sacerdotes y agentes pastorales. Escuchar a las familias. Acercarse a los jóvenes antes de que otros los recluten. Abrir espacios comunitarios. Articular esfuerzos con instituciones, organizaciones sociales y comunidades.
Levantar una voz moral inequívoca contra quienes están convirtiendo barrios y pueblos en territorios de sus negocios criminales.
Y decirle, sobre todo, a la gente de Cartago: La Iglesia está aquí. No los vamos a dejar solos…

