OPINIÓN. El enorme desastre del jetlag gubernamental es la frase que configura la metáfora precisa para explicar lo que ha sucedido durante los últimos 10 días con la emergencia vivida por las comunidades de Tibás, Moravia y Goicoechea y la contaminación del agua con hidrocarburos.
(Nota: Un jetlag es “un problema temporal del sueño que puede afectar a cualquier persona que atraviese rápidamente varios husos horarios”. Para nuestros efectos, un aletargamiento gubernamental ante una crisis o emergencia ciudadana).
Todo ha sido inaudito para quienes vivimos y/o trabajamos en esos tres cantones, pero no se trata solamente de decirlo, sino de analizarlo con hechos y criterios bastante claros.
¿Cómo se contaminó el agua? Aún es un misterio. ¿Quiénes se beneficiarán de esta situación pasmosa? Claro, los comerciantes del agua, que pronto llenaron supermercados y abastecedores, y que ahora generaron una clientela fija hacia el futuro, porque la desconfianza con el AyA (por lo menos) es enorme. Calcule usted, ¿cuántas familias decidirán ahora mejor consumir agua vendida?
¿Cómo es posible que la pobre capacidad de reacción de las autoridades e instituciones implicadas (AyA, municipalidades y Ministerio de Salud) haya puesto en riesgo la salud de cientos de miles de personas. Tres días después de la contaminación las personas estábamos consumiendo esa agua contaminada y no habíamos recibido un solo aviso, por ninguno de los múltiples medios que existen, sobre lo que estaba pasando. Insólito.
Cuando se avisó, por un mensaje de la municipalidad (en el caso de Tibás), no había un solo comunicado de prensa de ninguna institución alertando sobre lo que sucedía. No había aviso en redes sociales tampoco. Comentan que desde el sábado el agua olía a combustible en algunos lugares y fue hasta el martes que se anunció a la población. Al menos 3 DÍAS de retraso para lanzar la advertencia.
¿Qué hubiera pasado si hubiera sido un derrame de algún pesticida mortal u otro producto más perjudicial para la salud pública? ¿Cuántas personas hubieran muerto en el acto o posteriormente como consecuencias de esa ingesta? Posiblemente miles. Esas preguntas nos ponen a temblar del pánico, porque hoy sabemos que eso es posible en cualquier momento.
Muchos sufrimos malestar estomacal y luego entendimos por qué. El daño interno a las membranas y paredes del sistema digestivo es incalculable. Pero es cierto que estuvimos bajo un peligro de salud pública y la capacidad de reacción fue llanamente inexistente y luego negligente. El Ministerio de Salud nunca estuvo, hasta que fue públicamente notorio el problema y apareció más para tratar de cubrir los daños a la imagen de Gobierno, que para enfocarse en una solución seria, responsable y firme en el momento.
La ministra de Salud y vicepresidente de la República, Mary Munive, en una salida infumable dijo se quejó de tener que enfrentar la emergencia por el gran jetlag que tenía al bajarse de un avión en algún viaje que realizaba para quien sabe qué asunto. ¿Y el viceministro Urcuyo dónde estaba? ¿Y las demás autoridades? Pues no mucho, el primer comunicado de prensa enviado (y sus secuelas) no hicieron más que advertir (para el día miércoles) que el agua no era apta para consumo, ni mascotas, ni para labores de la casa ni para -incluso- ducharse. ¿Y entonces? Un colapso vino.
El agua contaminada siguió fluyendo y muchísima gente siguió usándola, las bromas surgieron y mucho decían que un baño de gasolina le daba más valor a la ducha de ese día, que era peor que no hacerlo (el pueblo tico es muy limpio, debe decirse). Pero incluso en ese momento, nadie tenía claro el verdadero daño a la salud y las conjeturas rondaron redes sociales como si se tratara del debate de moda y no de un SERIO asunto de salud pública.
Los escasos camiones cisterna empezaron a aparecer hasta el jueves en algunas comunidades y sin aviso previo, sin la información de dónde estarían ni las horas. La gente tomaba toda el agua que podía, como podía y si tenía suerte de llegar a tiempo o de saber que el camión estaba en algún lado. Los funcionarios del AyA se reían con el asunto y lo tomaban en broma, mientras las doñas del barrio salían en fachas a procurarse un poco de agua. Cuando se les preguntaba, ignoraban todo, no sabía qué seguía, si vendrían de nuevo, dónde los mandarían o cuando vendría de nuevo la dotación acuífera. Una calamidad.
Rara vez la municipalidad o el AyA anunciaron la llegada de los camiones con agua potable. En dos ocasiones anunciaron que el agua iba a ser cortada para limpieza de los tanques, pero no la cortaron. Y cuando la cortaron, este lunes, no avisaron a tiempo. En conclusión, la comunicación a la población fue simplemente mediocre, tercermundismo puro. “Como en África”, decía la gente.
Más de una semana después, la inoperancia ha sido más diáfana que el agua comercial que, claramente, se enriqueció, en un país donde antes presumíamos ser uno de los pocos del mundo donde se puede tomar “agua del tubo”. ¿Qué pasó con esa Costa Rica capaz que protegía a las personas más que al negocio privado?
Ni el Ministerio de Salud ni Acueductos y Alcantarillados ni las municipalidades coordinaron, ni montaron de inmediato un comité de situación para elaborar e implementar un programa de urgencia para atender el riesgo de salud y la dotación del servicio en las mejores condiciones. NADA, nunca se anunció algo así.
¿Y la Comisión de Emergencias (CNE)? Desaparecida. Alejandro Picado, su jerarca, reportando actividad normal en el volcán Poás, prevención de sismos y avances en la obra pública que construyen para luego presumir en las disque conferencias de prensa del presidente Chaves. Ni un solo comunicado a la prensa y ninguna acción inmediata para atender esta EMERGENCIA.
¿Y RECOPE? La cosa no es conmigo, aunque es conmigo.
La inoperancia, el jetlag y la descoordinación, así como una pésima comunicación, dejaron a tres grandes pueblos abandonados por un Gobierno que aún no sabe cómo operar, casi dos años después. Pero aparte de eso, es aún más preocupante, la pobre capacidad de reacción de la institucionalidad del estado costarricense ante una situación como esta.
El AyA vuelve a demostrar que es una institución negligente y con una capacidad de respuesta casi siempre muy lenta o inexistente. Es un peligro a la salud pública que ni el AyA ni Salud tengan un sistema de detección inmediata, de prevención y de reacción adecuada de una eventual contaminación de las aguas, los tanques y acueductos. Hoy nos quedamos preocupados y desconfiados, no solamente los habitantes de Tibás, Goicoechea o Moravia, sino de todo el país. Y los comerciantes del agua se frotan las manos.
El Ministerio de Salud, una semana después, acudió a la Universidad de Costa Rica para detectar realmente el problema de contaminación. En un esfuerzo evidente para ningunear a la UCR, el ministerio que “dirige” la señora Mary Munive anunció revisiones de “otras instituciones”. Había sido hasta el jueves anterior que los laboratorios del estado indicaron contaminación por hidrocarburos. Hoy esperamos más resultados con la intervención más confiable de la UCR.
En general, al término de la escritura de este artículo (lunes 29 de enero de 2024), los habitantes de esos 3 cantones estamos sin agua y sin ninguna claridad sobre lo que sucede, lo que sucedió y cuáles son los resultados de esas “investigaciones” que fueron anunciadas desde el miércoles.
El Gobierno buscará culpables para desplazar sus culpas, pero los habitantes de estos lugares ya tenemos claro que ha pasado: una inoperancia como nunca antes habíamos vivido por estos lados (y quizás por otros lados).
¿Qué hubiera pasado con una epidemia o una pandemia como la que vivimos hace unos años con un Ministerio de Salud como el actual? Nos lleva el carajo. Costa Rica necesita reflexionar con más seriedad sobre el estado de letargo (estado patológico de sueño profundo y prolongado), el jetlag, en que hemos entrado en los últimos años. Debemos actuar de alguna manera, porque ya estamos jugando con la vida humana como si se tratara de palabras huecas en una red social.

