Hoy, 15 de septiembre, mientras Costa Rica celebra su Independencia, en nuestra familia celebramos algo que para nosotros hace esta fecha todavía más especial: los 87 años de doña Elizabeth Odio Benito.
Elizabeth nació un 15 de septiembre de 1939, a las seis de la mañana, hija de Esperanza Benito Ibáñez y Emiliano Odio Madrigal. Según contaba mi abuela, mientras Elizabeth llegaba al mundo se escuchaban pasar por la calle las dianas de las celebraciones del 15 de septiembre. Su nacimiento no fue fácil. Era un bebé muy grande y mi abuela tuvo que luchar muchísimo para traerla al mundo, al punto de poner en riesgo su propia vida.
Siempre me ha parecido una imagen muy especial: una niña naciendo a las seis de la mañana de un 15 de septiembre, mientras afuera sonaban las dianas y Costa Rica comenzaba a celebrar. Quizás aquella llegada al mundo, entre música, celebración y una enorme lucha por la vida, decía ya un poquito de la mujer que llegaría a ser.
Porque Elizabeth Odio Benito ha sido una de las mujeres costarricenses más importantes e inspiradoras de nuestro tiempo. Una mujer de carácter, de lucha, de profundas convicciones y, sobre todo, de una enorme capacidad para abrir caminos. Ha dedicado gran parte de su vida al Derecho, a la enseñanza, a la justicia, a los derechos humanos, al derecho internacional y, muy especialmente, a la defensa de los derechos de las mujeres. Y lo ha hecho desde una época en la que ser mujer significaba tener que demostrar muchas veces el doble para poder ocupar espacios que durante generaciones habían pertenecido casi exclusivamente a los hombres. Elizabeth no solamente llegó a esos espacios: abrió la puerta para que muchas otras pudieran llegar después.
En Costa Rica ha ocupado algunos de los cargos de mayor responsabilidad del país. Ha sido Procuradora General de la República, Ministra de Justicia en dos ocasiones y Segunda Vicepresidenta de Costa Rica. Mientras ejercía la Vicepresidencia asumió también como Ministra de Ambiente y Energía, al frente del MINAE, y en distintas ocasiones le correspondió ejercer temporalmente la Presidencia de la República. También ha dedicado una parte importantísima de su vida a la Universidad de Costa Rica y a la enseñanza del Derecho. Por sus aulas han pasado generaciones de estudiantes que no solamente encontraron una profesora, sino una mujer capaz de transmitir convicciones, principios y una manera de entender la justicia y la dignidad humana.
Pero su trayectoria profesional la llevó mucho más allá de nuestras fronteras. Elizabeth llegó a La Haya, en Holanda, como jueza del Tribunal Penal Internacional de las Naciones Unidas para la antigua Yugoslavia, tribunal del que también llegó a ser Vicepresidenta. Allí tuvo frente a sí algunos de los episodios más dolorosos de la historia reciente de Europa y participó en procesos relacionados con terribles crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Años después regresó a La Haya como una de las primeras juezas de la recién creada Corte Penal Internacional, donde permaneció durante varios años y llegó también a ocupar la Segunda Vicepresidencia.
Y vale la pena detenerse un momento para pensar lo que eso significa. Una mujer costarricense, nacida en 1939, en un país pequeño de Centroamérica, llegó a sentarse como jueza en algunos de los tribunales internacionales más importantes del mundo. Allí estuvo Elizabeth Odio Benito, frente a algunas de las responsabilidades más grandes que puede asumir un jurista, llevando consigo sus convicciones, su formación, su carácter y también el nombre de Costa Rica.
Después regresó al país y continuó haciendo aquello que ha marcado su vida: trabajar por la justicia y por los derechos humanos. Fue elegida jueza de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con sede en San José, y posteriormente llegó a ocupar su Presidencia. Su trayectoria ha inspirado a miles de mujeres dentro y fuera de Costa Rica. Mujeres que encontraron en ella la demostración de que era posible llegar, abrir espacios, defender sus ideas y ocupar lugares donde antes parecía que no había sitio para ellas.
Todo eso es parte de la historia de Elizabeth Odio Benito. Pero hay otra historia, una que no aparece en ningún currículum, en ninguna biografía oficial, en ninguna sentencia y en ningún reconocimiento. Es la historia de la Elizabeth que conocemos quienes hemos tenido la enorme suerte de estar cerca de ella. Para nosotros es Tía Eli. Y no solamente para la familia. Para muchísima de la gente que la quiere, para sus amigos, para tantos de sus exalumnos, para sus compañeros de trabajo y para muchas personas que han compartido una parte de su vida con ella, también es, sencillamente y con muchísimo cariño, Tía Eli.
Porque Tía Eli tiene esa capacidad de hacer que detrás de una mujer con una trayectoria enorme aparezca siempre la persona cercana: la que pregunta cómo estamos, la que se preocupa, la que aconseja, la que escucha, la que acompaña y la que ha sabido estar presente en los momentos buenos y también cuando las cosas no han sido fáciles. Y quienes somos su familia sabemos que ningún cargo, ningún título y ningún reconocimiento puede contar esa parte de su historia. Porque nosotros no vemos solamente a la jueza internacional, a la profesora, a la ministra, a la vicepresidenta o a la presidenta de una Corte. Nosotros vemos a Tía Eli.
Tía Eli ha sido siempre para nosotros un ejemplo de entereza, entrega, inteligencia y razonamiento. Un ejemplo de lo que significa defender los derechos de los demás y luchar por los derechos de todos nosotros, incluso cuando hacerlo resulta difícil o incómodo. Ha sido también un ejemplo en la política, con una vida de servicio público y una labor intachable que, cuando uno mira muchas de las cosas que vemos hoy, hace palidecer a tantos que han convertido la política en algo muy distinto de lo que debería ser. Porque ocupar un cargo público nunca debería tratarse simplemente de tener poder. Debería significar servir, asumir responsabilidades, defender principios y entender que las instituciones y los derechos están por encima de las personas que temporalmente ocupan un puesto. Y Tía Eli ha demostrado durante toda su vida que se puede hacer precisamente eso.
Por eso sentimos un enorme orgullo por todo lo que ha hecho, por cada puerta que abrió, por cada lucha que dio, por cada mujer que inspiró y por haber llevado el nombre de Costa Rica a algunos de los lugares más importantes del mundo. Pero sentimos algo todavía más grande: la enorme suerte de tenerla en nuestras vidas.
Hoy han pasado 87 años desde aquella mañana de 1939. Han pasado 87 años desde que, a las seis de la mañana de un 15 de septiembre, mientras afuera sonaban las dianas, mi abuela luchaba por traer al mundo a aquella niña. Seguramente nadie podía imaginar entonces hasta dónde llegaría. Nosotros hoy sí podemos mirar hacia atrás y verlo. Pero no queremos hablar solamente de lo que ha hecho, porque todavía tiene mucho que hacer y muchísimo que decir. Su experiencia, su inteligencia, su capacidad de razonar, su conocimiento de las instituciones y, sobre todo, su compromiso con los derechos humanos y con la democracia siguen siendo necesarios. Costa Rica todavía necesita su voz. Este país necesita que siga hablando, que siga señalando lo que considera incorrecto, que siga defendiendo aquello en lo que ha creído durante toda una vida y que siga recordándonos que los derechos, la democracia y las instituciones nunca pueden darse por sentados.
Por eso hoy podemos mirar hacia atrás con un orgullo enorme, pero queremos también mirar hacia adelante. Queremos seguir escuchando sus historias, sus opiniones, sus consejos y, por supuesto, también sus regaños. Queremos seguir compartiendo con ella, riéndonos con ella, aprendiendo de ella y celebrando muchos cumpleaños más.
Hoy queremos darle las gracias. Gracias por su vida, por su ejemplo, por su entereza y su entrega. Gracias por su inteligencia y por enseñarnos el valor de pensar, razonar y defender aquello en lo que creemos. Gracias por haber defendido durante toda una vida los derechos de otras personas y, con ello, los derechos de todos nosotros. Gracias por las puertas que abrió para tantas mujeres. Y gracias por su cariño, por su preocupación, por sus consejos y por haber estado tantas veces cerca de nosotros.
Podemos sentirnos inmensamente orgullosos de todo lo que Elizabeth Odio Benito ha significado para Costa Rica y para tantas personas alrededor del mundo. Pero nuestro mayor privilegio ha sido mucho más sencillo: poder llamarla Tía Eli.
Hoy celebramos sus 87 años, celebramos su historia, celebramos su presente y celebramos todo lo que todavía tiene por delante. Feliz cumpleaños, Tía Eli. Todavía tiene mucho que hacer y mucho que decir. Y este país necesita que lo haga.

