Debatir sin batirnos es un artículo de la columna “Cultura de la Salud Mental”, que escribe el psicólogo Josué Herdel en Culturacr.net.
Por Josué Herdel* | Pulso acelerado, respiración agitada, orejas calientes, un nudo en el estómago, temblor en las manos, habla acelerada y un tono de voz elevado forman parte de las reacciones corporales observables cuando, en un debate, a una persona ya se le han batido las emociones. En ese punto, las emociones toman el control y el debate deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en una contienda de imposición de perspectivas. Ahí, como señala Joscha Bach, para la mayoría de las personas la comunicación se percibe principalmente como un medio para establecer alineamiento.
Si ese alineamiento no se logra con un tono regular, solemos creer que hablando más rápido y más fuerte lo conseguiremos. Y si eso tampoco funciona, se recurre a otros recursos: insultar, gritar y, en algunos casos, incluso a la violencia física. Sin embargo, como afirmaba Jacque Fresco, los intentos de imponer una opinión por estos medios no hacen más que incrementar la violencia y generar división o distanciamiento entre las partes involucradas.
Las personas, entonces, terminan con sus emociones completamente revueltas: frustradas y enojadas, cuando en realidad debería ocurrir lo contrario, tal como lo expresa una frase atribuida a Winston Churchill: “Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores.”

Cuando las emociones se baten, no solo se pierde la calma: también se desorientan los pensamientos. En conversaciones acaloradas, el tema inicial suele pasar a un segundo plano y las personas se van por las ramas. En ese momento, parafraseando nuevamente a Fresco, el lenguaje deja de ser una herramienta de comprensión y se convierte en un medio para intentar controlar la conducta del otro mediante la transferencia de información —válida, inválida o incluso irrelevante— para la situación.
Lo que realmente dirige entonces las palabras de los interlocutores es el ego o la imagen. Lo importante ya no es comprender, sino no dar el brazo a torcer. La capacidad de mirarse hacia adentro y autoacusarse disminuye drásticamente. Admitir que se estaba equivocado o darle crédito al otro queda fuera de consideración por el temor a “perder”.
Nuestra preocupación por la imagen nos dice que somos quienes tenemos la razón y que pertenecemos al grupo de los inteligentes. Y a veces es cierto: en algunos temas una de las partes puede ser más sensata o estar más cerca de lo correcto. Pero si ambos lados tienen las emociones batidas —gritos, rostros enrojecidos, tensión corporal—, psicológica y conductualmente están al mismo nivel: ambos se encuentran muy lejos del verdadero triunfo de una interacción sabia.
Podríamos pensar que este tipo de debate es propio de personas “no educadas”. Sin embargo, no importa el nivel académico ni la posición social: es un fenómeno generalizado. No es lo mismo educación académica que educación en comportamiento sabio. Si la primera garantizara la segunda, en los centros educativos no existirían problemas de conducta como el bullying. Por eso vemos políticos en asambleas legislativas y congresos alrededor del mundo llegar incluso a los golpes. Y, como si fuera poco, hoy observamos presidentes con discursos incendiarios y actitudes beligerantes que han hecho del lenguaje destructivo su sello personal. Sus seguidores reciben, así, pésimos modelos de cómo interactuar con prudencia y respeto.
Entonces surge la pregunta clave: ¿cómo debatir sin que se nos batan los pensamientos y las emociones?
El físico Brian Cox, ante la pregunta polémica sobre la existencia de un creador supremo, señalaba que lo que menos le gustaba de ese planteamiento era el antagonismo que generaba. Esa idea es fundamental a la hora de debatir: debería incomodarnos más la fragmentación que produce una discusión que el hecho de que la otra persona no comparta nuestra posición. No deberíamos dividirnos entre nosotros, sino entre nosotros y los problemas.
Sea un debate imprevisto o uno programado, es vital tener presente una pregunta básica: ¿realmente podemos cambiar la opinión de una persona en un solo debate? Aunque a veces puede suceder, es poco probable. Basta observar la psicoterapia: su esencia es modificar ideas y creencias limitantes que generan malestar emocional, pero para lograrlo no es suficiente una sesión sino un proceso o múltiples encuentros, y aun así el cambio no está garantizado.
Tener clara esta realidad antes de debatir nos permite hablar con mayor prudencia. También nos ayuda a interpretar la beligerancia del otro como una señal para una retirada honorable, que evite que se nos batan las emociones. Retirarse sin preocuparse por la imagen —sin importar si el otro cree que “ganó”, que nos venció o que nos quedamos sin argumentos— es, paradójicamente, estar a otro nivel.
Comprender todo esto es entender una teoría necesaria; llevarlo a la práctica es lo más difícil y, al mismo tiempo, lo más importante. La buena noticia es que se trata de una habilidad entrenable, y existen muchas oportunidades para practicar: discrepancias con la pareja, con los hijos, con amistades, y, hoy más que nunca, debates de corte político. Aprovechemos esos escenarios para programarnos conscientemente y transitar hacia un modo de interacción verdaderamente sabio.
Audio BPS para debatir sin batirme
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Preguntas para reflexionar
- ¿Qué señales corporales identifico en mí cuando un debate deja de ser un intercambio de ideas y empieza a batirme emocionalmente?
- En mis discusiones recientes, ¿mi objetivo ha sido comprender el tema o alinear la opinión del otro a la mía?
- ¿Qué tanto influyen mi ego o mi preocupación por la imagen en la forma en que debato con otras personas?
- ¿He confundido alguna vez retirarme de un debate con perder, en lugar de verlo como una decisión sabia de autocuidado emocional?
- ¿Qué expectativas poco realistas tengo cuando entro a una discusión (por ejemplo, que la otra persona cambie de opinión de inmediato)?
- ¿En qué situaciones cotidianas podría practicar debatir con más prudencia y menos necesidad de imponer mi punto de vista?
*Psicólogo y escritor Josué Herdel. Email: info@hupebeen.com
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