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El amarillismo mediático construyó a los chavismos y los populismos

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El amarillismo mediático, es decir, ese sensacionalismo que hace de toda noticia una hipérbole (exageración), ese periodismo que construye impactos a partir del contenido irrelevante, chatarra, que mal informa, desinforma o deforma, es el principal culpable más claro -aunque no el único- del populismo en nuestras sociedades.

Puede parecer una aseveración exagerada, grandilocuente o rimbombante, al mejor estilo de, precisamente, ese amarillismo mediático. Pero lo que aquí quiero ensayar es al nivel del análisis político y de una observación de la política en el mundo desde hace al menos tres décadas, desde que daba mis primeros y más concientes pasos en la Universidad de Costa Rica, en la carrera de Ciencias Políticas.

Esta es una crónica con la que posiblemente usted, también, se identificará. Porque incluso si tenés 20, 40 o 60 años, algo sabés de este asunto. Vamos al relato.

Primero los medios nos decían que los políticos nunca se comprometían con las verdaderas causas de las personas y que así la democracia no servía para nada. “El pueblo”, inocente y trabajador, siempre era la víctima de políticos vivazos que solamente estaban por ellos mismos. Dirás que nada ha cambiado, pero ese no es el punto: en aquel tiempo la social democracia en Costa Rica era exitosa y daba gran protección social, pero el pueblo no estaba muy claro, porque no conocía la realidad de otros países.

Entonces los políticos, segundo, exigidos por la sociedad civil y las organizaciones, empezaron a realizar muchas promesas, demasiadas, tanto así que ya después el estribillo mediático fue que los políticos no cumplían sus promesas. Desde finales de los años ochenta y mucho más contundente durante la década de los noventa todo mundo repetía “los políticos no cumplen lo que prometen”.

Tercero, entramos al siglo XXI y el decadencia del bipartidismo -luego del fallido intento neoliberal por imponerse- termina por confirmar durante la primera década un multipartidismo. Entonces, la palabra era “el desencanto” con la política y los políticos o, más popular, “todos los políticos son iguales”.

Y aquí llegamos al clímax del asunto: durante esos tres momentos quienes siempre estuvieron atizando la situación fueron los medios, pero no todos, los más amarillistas. La crispación hacia los políticos y contra la política fue creada por medios de comunicación que hacía sensacionalismo. Primero porque no se preocupaban por el pueblo, segundo porque no cumplían sus promesas y tercero porque al final la política no sirve para nada.

Esto que afirmo se comprueba en una contundente realidad: la prensa no crece, no logra vender, si no emociona, si no hace lo mismo que el político: manipular las emociones de las personas. Entonces la prensa entiende bien que decir buenas noticias nunca tendrá el alcance que tienen las malas noticias. Con el tiempo, la mesura se logró con algunos medios, pero otros siempre supieron que la sangre, el sexo, el chisme y el vacilón vendían más. La Extra se construyó en esos pantanos.

Entonces la prensa ha tenido que informar todo aquello que genera morbo, que atrae más miradas curiosas, metiches, morbosas, para crecer. “Nuestra sociedad es un buen proyecto para el mal”, reza la canción que canta Víctor Manuel, el cantautor español. Entonces ahora la gente culpa a la prensa porque informa lo que incluso por molestia siguen miles y cientos de miles. Es fácil: genere molestia, narre lo que está mal, provoque indignación y tendrá una audiencia amplísima.

Los medios de comunicación, desde los años ochenta -al menos- empezaron poco a poco (con las limitaciones de alcance) a informar siempre lo que estaba mal, pero rara vez lo que se hacía bien en los gobiernos. Hoy es exactamente igual. Eso naturalmente ha generado un malestar permanente con la política y los políticos y rara vez un bienestar emocional.

El nacionalismo, por ejemplo, toma las “bondades” de un país para hacer de cuenta que todo es genial por el poder de su gente, de “la raza” o de “la nacionalidad”, pero no del trabajo de buenos estadistas y políticos. Y, claro, hablo de la generalidad, es rescatable que se rescaten movimientos políticos y sociales cuando han hecho bien.

El punto, entonces, es que la prensa más amarillista ha venido creando malestar no porque quiera, sino porque es lo que mayoritariamente pide la población. Es un negocio, un contrato social implícito en el que las personas piden amarillismo para seguir los medios. “Cajita blanca”, me dirán, “agua tibia con sal”, también, pero lo cierto es que esto no es valorado honestamente por nuestra sociedad.

¿Culpamos al amarillismo mediático? Deberíamos, si queremos una mejor sociedad, pero ante todo deberíamos culpar la pobreza educativa que nos persigue y produce personas que piden ese amarillismo. Al final, es una responsabilidad compartida, como en la mayoría de cosas que pertenecen a un país, a una sociedad e incluso a una nacionalidad.

Pero entonces hoy no podemos dejar de ver cómo es que los mismos medios, la misma “prensa canalla” ha creado a estos charlatanes, a estos populistas, en demérito y daño claro de quienes hacen mejor su trabajo, con responsabilidad y dignidad.

Porque ahora entonces el dicho es “hay que combatir a los corructos de siempre”, pero entonces se le da poder a partidos emergentes, de alquiler, sin una propuesta seria de gobierno, los partidos turecas, que llaman algunos. Entonces surgen los Chaves, los Milei o lo Bukele, ofreciendo soluciones radicales, extremas y que van incluso contra la legalidad, la democracia, la institucionalidad o los derechos humanos.

Voy a poner un ejemplo, medios como CRHoy, Teletica, La Nación y otros fueron quienes destruyeron, en confabulación con las redes sociales, al gobierno de Carlos Alvarado. Los medios no publicaban ni daban a conocer el buen trabajo de ese gobierno, sino que centró su atención en shows mediáticos sobredimensionados como el patético caso de la UPAD. Hicieron de un error legal un inmenso caso de corrupción que no lo fue, crearon un mito de la nada. Los medios atacaron sin piedad ni condescendencia y la administración Alvarado Quesada no supo defenderse, su trabajo de comunicación fue pésimo. Se inventaron un caso de “espionaje” que no fue más que una gran mentira mediática de CRHoy, secundada por otros medios.

Y ojo, de eso surgió Rodrigo Chaves. Del desencanto con “los políticos corruptos”, incluso cuando en un caso como la Upad no se perdió un cinco. Y entonces vendrá la pregunta, ¿qué surgirá después de Rodrigo Chaves?

Del desencanto, que refería para la primera década de este siglo, pasamos en el multipardismo a otros fenómeno: la alucinante calamidad de las redes sociales. La magia inicial de las redes luego desembocó en decadencia, cuando las fake news empezaron a imponerse y hoy se puede hablar de que al menos el 80% de contenidos en redes es fake, es falso, tergiversado, manipulado y manipulador, engañoso, etc. Una fake puede crear una mentira que de tanto repetirse es convertida en “verdad” para la gente.

Entonces del 2010 al 2020 el reclamo que los medios han explotado es que la democracia multipartidista no funciona -en Costa Rica- y que los políticos no se ponen de acuerdo y no son capaces de resolver las demandas, de hacer rutas y cosas por el estilo. Pero los medios rara vez informan, y rara vez tienen impacto, cuando se logran acuerdos fundamentales. Por ejemplo, la Reforma Fiscal le creó a este país un “volver a la vida” y actualmente el país puede ver la bonanza de esas medidas altamente impopulares, pero exitosas. Duras, ciertamente, pero ineludibles. ¿Dice la prensa algo sobre eso? No. Se da por saldado y nada más pasa.

Entonces vino Chaves y nació el chavismo costarricense, una vertiente de la política costarricense con actores antes soslayados, ignorados o despreciados. Rodrigo Chaves armó un discurso populista, con cercanos oportunistas, que solamente tenía que hacer eco de lo que la prensa había dicho por 30 años. Esos 30 años desde que se fue del país e ignoró todo lo que aquí pasaba, porque es evidente que ignoró todo ese período y ahora solamente hace eco de lo que eran reclamos de aquellos años cuando se fue o de lo que ahora supo, pero desde las peores fuentes, el nuevo amarillismo: las redes sociales.

Así como el chavismo venezolano, el chavismo costarricense se agarró de fórmulas populistas ante el desencanto hacia la política y los políticos. No obstante, el chavismo venezolano tenía un líder empapado de su país y de varios pleitos. El nuestro solamente fue un oportunista, desprendido de la nacionalidad y de la misma historicidad reciente del país. Y se agarró de los cuadros emergentes, normalmente rechazados, de la política costarricense.

Así las cosas, los seguidores chavistas encontraron al líder tantas veces imaginado, al poderoso que podía reaccionar contra todo ese mal que la prensa le había alimentado en su mente. Una especie de mesías que una parte de la población seguía buscando, después del intento fallido con Fabricio Alvarado. Rodrigo Chaves era quien iba a combatir todo lo horrible que la prensa ha comunicado durante años y años. Aunque su gestión termine siendo un fracaso y una mentira de logros que vienen de gestiones anteriores o son producto de la misma institucionalidad que tanto reniega. Aunque sus logros propios sean puentes bailey.

El populismo es un resultado ineludible de la prensa amarillista, pero más aún de la decadencia educativa.

*Este es un capítulo de un próximo libro.

Este artículo de opinión representa solamente el criterio y pensamiento de quien lo firma. El autor asume cualquier responsabilidad social o legal de lo expresado. Culturacr.net no se hace responsable por consecuencias generadas a partir de esta opinión. Si desea publicar en este medio, contáctenos según estos datos.

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