Rebeca Ramírez Hernández* | En Mensajes de voz para Isabelle, la comedia romántica de Netflix escrita y dirigida por Leah McKendrick, Jill (Zoey Deutch) pierde a su hermana Isabelle y encuentra una forma singular de seguir hablándole: llama a su antiguo número y deja mensajes de voz. Le cuenta lo cotidiano, sus frustraciones, sus citas, lo que quizá le habría contado si ella siguiera viva. No espera respuesta. Habla.
La recepción de la película ha sido desigual: unos críticos destacan la mezcla de duelo, humor y romance y la interpretación de Deutch; otros creen que la comedia no desarrolla las posibilidades psicológicas de su premisa. A mí me interesa esta pregunta: ¿puede un teléfono convertirse, en algún modo, en un pequeño diván?
El psicoanálisis nació como una cura por la palabra. En la asociación libre, la persona intenta decir lo que aparece en su mente sin censurarlo. La escritura expresiva hace algo semejante por otra vía: permite poner nombre a emociones y construir un relato. En el duelo incluso se utilizan cartas dirigidas a quien murió. Investigaciones recientes señalan beneficios modestos, mayores con acompañamiento profesional.
Jill no escribe una carta ni está frente a un analista. Habla a un buzón de voz. Y ahí está lo contemporáneo. Los mensajes salen atropellados, imperfectos, espontáneos. McKendrick señala que un mensaje de voz no puede editarse ni reescribirse: se parece a una corriente de conciencia.
Pero hay una diferencia decisiva: alguien escucha. El número de Isabelle ha sido asignado a Wes (Nick Robinson), quien recibe esas confesiones sin que Jill lo sepa. La película lo convierte en una historia de amor, aunque plantea un problema de intimidad. A la vez introduce algo que ni el diario personal ni una carta guardada poseen: un oído al otro lado.
Tal vez por eso estos mensajes funcionan tan bien como metáfora del duelo. Hoy se habla de “vínculos continuados”: elaborar una pérdida no exige necesariamente borrar la relación con quien murió, sino encontrar otra manera de incorporarla a nuestra vida. Jill sigue hablándole a Isabelle porque todavía necesita contarle quién es y qué le ocurre.
Vivimos una época paradójica. Escribimos todo el día (cuando no optamos por enviar solamente audios), pero cada vez escribimos menos para nosotros mismos. Y para muchas personas una terapia prolongada supone un gasto difícil de sostener. Un audio no sustituye la atención profesional cuando esta se necesita. Pero quizá hablar, narrarse y escuchar la propia voz pueda cumplir una pequeña función de elaboración.
Antes escribíamos cartas que nunca enviaríamos. Otros llenaban diarios. Algunos podían recostarse en un diván. Quizá ahora, teléfono en mano, dejemos mensajes a quienes ya no pueden contestarnos. Porque a veces el duelo comienza así: diciendo en voz alta aquello que todavía necesitamos contar.
*Filóloga.
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