Por Rebeca Ramírez | NAZA documental. Hay palabras que sirven para ocultar la realidad y otras que permiten justificar lo injustificable. En el lenguaje militar, la expresión “daños colaterales” constituye uno de los eufemismos más perversos: transforma la muerte de seres humanos en una consecuencia secundaria de las operaciones bélicas. El documental NAZA (2026), dirigido por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, muestra hasta dónde puede llegar esa deshumanización cuando la tecnología, los algoritmos y la inteligencia artificial se ponen al servicio de la destrucción.
El título procede de la expresión hebrea nezek agavi, utilizada por el ejército israelí para designar los daños colaterales. Sin embargo, no se trata únicamente de una categoría militar, sino de una cifra que permite calcular cuántos civiles pueden morir durante un ataque dirigido contra un supuesto objetivo militar. Una madre, un padre, un anciano o un niño dejan de ser personas para convertirse en unidades de NAZA. La sigla los cosifica, les arrebata su individualidad y facilita que su muerte sea incorporada a una operación matemática.
El documental, presentado en el Festival de Venecia, recoge las declaraciones de veinticuatro integrantes de las fuerzas armadas y de los servicios de inteligencia israelíes, cuyas identidades permanecen ocultas. Los entrevistados explican el funcionamiento de distintos sistemas informáticos empleados para identificar objetivos palestinos y dirigir ataques sobre la Franja de Gaza. Entre ellos figura Lavender, un programa de inteligencia artificial utilizado para señalar presuntos integrantes de organizaciones armadas, así como otros mecanismos de vigilancia destinados a localizar personas en sus viviendas.
Los testimonios resultan estremecedores, no solamente por lo que revelan sobre los procedimientos militares, sino por la naturalidad con que algunos participantes describen decisiones que podían provocar decenas de muertes. Los programas identifican, clasifican y calculan; los operadores interpretan sus resultados y los mandos autorizan los ataques. Pero detrás de cada dato hay personas que trabajan, aman, estudian, duermen o cuidan de sus hijos. La precisión tecnológica no equivale necesariamente a precisión moral y, mucho menos, a legitimidad jurídica.
La película nos muestra el odio que se extendió entre numerosos israelíes después de los ataques perpetrados por Hamás y otros grupos armados el 7 de octubre de 2023, cuando fueron asesinadas alrededor de 1200 personas, en su mayoría civiles, y centenares fueron tomadas como rehenes. La indignación, el miedo y el deseo de venganza aparecen en las declaraciones de algunos entrevistados. Sin embargo, el horror de aquellos crímenes no puede justificar la destrucción de la población palestina.
Ese odio, además, no nació en esa fecha. La violencia entre israelíes y palestinos tiene una larga historia de ocupación, desplazamientos, atentados, represión y guerras. Es inevitable preguntarse qué sucede con las generaciones que crecen rodeadas de amenazas, pérdidas familiares y discursos que presentan al otro como un enemigo. ¿Cómo se construye una convivencia cuando desde la infancia se aprende a temer o despreciar a quienes habitan al otro lado de una frontera? ¿Qué ocurre cuando la formación militar termina por reforzar la idea de que determinadas vidas valen menos que otras?
Una de las mayores virtudes cinematográficas de NAZA reside en su puesta en escena. Las entrevistas fueron filmadas durante la noche, en las azoteas de edificios de Tel Aviv. Los rostros permanecen en sombras y las voces han sido modificadas para proteger la identidad de los participantes. Algunos dibujan esquemas para explicar el funcionamiento de los sistemas informáticos y la complejidad de las operaciones militares.
Mientras escuchamos esas explicaciones, la cámara se detiene en los edificios cercanos. A través de sus ventanas observamos fragmentos de la vida cotidiana: personas que permanecen en sus hogares, conversan, descansan o continúan con sus actividades habituales. La ciudad parece ajena a las decisiones que se describen en las azoteas.
Ese contraste constituye, quizás, la reflexión visual más poderosa de la película. Los habitantes de esos apartamentos tienen una vida propia, una historia y relaciones afectivas que desconocemos. Exactamente como las personas que vivían en los edificios de Gaza antes de que un algoritmo las situara cerca de un objetivo militar y una bomba acabara con su existencia. La tranquilidad de una vivienda puede desaparecer en segundos. Una familia puede quedar sepultada bajo los escombros mientras, a kilómetros de distancia, alguien registra el resultado de una operación.
La cámara nos obliga a mirar aquello que los sistemas militares reducen a números. También nos recuerda que la distancia física y tecnológica facilita la indiferencia. Cuanto más lejos se encuentra quien decide de las consecuencias de sus decisiones, más sencillo resulta convertir el sufrimiento ajeno en una abstracción.
Por ello no sorprende la recepción que ha tenido la película. La crítica internacional ha destacado tanto su valor testimonial como la sobriedad de sus recursos cinematográficos. También ha suscitado cuestionamientos sobre la verificación independiente de algunas declaraciones anónimas. Esa discusión es necesaria: la gravedad de las denuncias exige un examen riguroso de las pruebas. Pero tampoco debería utilizarse como pretexto para ignorar las preguntas éticas y jurídicas que plantea el documental.
En setiembre de 2025, una comisión internacional independiente de investigación de las Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido actos de genocidio contra la población palestina de Gaza. Israel rechaza esa conclusión. El documental se incorpora así a un debate que trasciende el cine y nos enfrenta con la responsabilidad de los Estados, los mandos militares y quienes ejecutan órdenes que afectan indiscriminadamente a la población civil.
Hacia el final de la película quedan atrás las explicaciones sobre algoritmos, sistemas de vigilancia, cálculos de víctimas y autorizaciones militares. Se abandona el lenguaje técnico para pasar a una dimensión más elemental del sufrimiento humano.
En las imágenes finales aparece un padre que escarba desesperadamente entre los escombros. También vemos las piernas inertes de unos niños, cuerpos que ya no volverán a correr, jugar o abrazar a sus familias. Toda la sofisticación tecnológica descrita anteriormente se derrumba frente a esas imágenes. No hay algoritmo capaz de expresar la dimensión de semejante pérdida.
Es allí donde NAZA alcanza su mayor fuerza moral. Nos recuerda que detrás de cada cifra existe una vida irrepetible y que ningún eufemismo puede borrar la responsabilidad de quienes deciden sacrificarla. La inteligencia artificial puede calcular probabilidades, clasificar objetivos y procesar enormes cantidades de información, pero no puede conferir valor moral a una decisión ni sustituir la conciencia humana.
El verdadero peligro comienza cuando quienes manejan esas herramientas dejan de reconocer a las personas que aparecen en sus pantallas como seres humanos. Porque una vida no es un daño colateral. Y ningún número, por preciso que parezca, puede medir el dolor de un padre que busca a sus hijos entre las ruinas.
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