Dividida en dos títulos y 24 capítulos, la novela negra1 “El imbécil” de Geovanny Debrús Jiménez fue publicada por primera vez el 7 de junio del 2020 (en Amazon, digital e impresa), aunque fue terminada al menos un lustro antes, entre el 2013 y el 2016.
Por esa razón, aunque pueda tener insólitos parecidos con la realidad actual que incluye jaguares, psicópatas, sociópatas, populistas y otras especies, cualquier parecido es mera coincidencia. Es quizás una visión de la época que estaba por venir en Costa Rica.
Léala gratuitamente por entregas, cada miércoles y sábado, aquí en Culturacr.net. Pero si desea comprarla completa, en versiones digital, impresa o audiolibro, haga clic en la imagen:
Hoy empezamos con la primera entrega, el capítulo 1 titulado “El olor de la ira”, el próximo sábado liberaremos el capítulo 2, “Cuando le perdí el miedo a la muerte, también le perdí el respeto a la vida“
1
El olor de la ira
La sangre empezó a brotar desde dos orificios de su abultado vientre y de uno de sus pies, pero no lo inmovilizó del todo. No le levantó el semblante, miró hacia abajo como mirándose a sí mismo, agonizando pero consigo mismo.
El otro tenía una punzada mortal en el hígado y no era la herida de años de vivir alcoholizado, era sencillamente la herida de una bala. Con una mano en las dos heridas del vientre y la otra aún sosteniendo el revólver, pudo decir con clarísimo acento nicaragüense:
- ¡Te estuve aguantando, pendejo! 2
Percibí el aura negra, casi marrón, un ambiente enrarecido por esa sensación que tenemos cuando no sabemos nada, cuando no se puede reaccionar y simplemente se tiene el fin en las manos, en el cuerpo.
Quizás usted pensará que esta historia es así de tétrica, pero no tanto, mis mejores momentos vendrán después, cuando vencí el miedo y le perdí el respeto a la vida y cuando pude lograr lo inimaginable para la gran mayoría, pero no le entremos de una vez.
Yo estaba en espanto, sentía sobre mi espalda un peso imposible de levantar, inmóvil. En esos barrios de la desilusión como forma de vida, pasarse el tiempo cerca de las cantinas y las chicheras se convertía en la ocupación que atraía a los jóvenes. Con eso digo que esa noche estaba ahí presenciando cómo se embriagaban, como gritaban, como vociferaban y desfallecían en su propia estupidez, en su propio orgullo de violencia y alcohol, de machismo en su máxima expresión. Depravados torpes, ladrones, uno que otro sicario, vividores, estafadores, bocones; alimañas de toda especie se arrinconaban unos a otros, usando a la cantina como su vitrina de trofeos, donde presumir de su pericia delincuencial. Por supuesto, no contaban sus hazañas, ya todos las sabían, ya todos conocían los actores de cada atraco que se informaba en los medios, también sabían quiénes eran los sicarios y a quiénes cargaban en “su pedigrí”.
- Ese fue un buen brete, bien ganao, viejo…
- …Aro, me extraña, profesional pa…
- …Pero no mejor que el mío del mes pasado mae, pero ya casi me llega…
No hay que mencionar cuál “trabajo” es, no lo hacen, nunca ponen sustantivos y acciones precisas, solo juegan con los adjetivos; tampoco se dejan terminar una frase, todas fluyen unas detrás de otras, todos tratando de imponerse, de ponerse como el más “gallo”, como el más “rata” del grupo. Su corta vida se resumía a aquel juego de gallardías idiotas.
Yo iba a la cantina solamente para aprender, para darme cuenta en qué se equivocaban. Aún era muy joven, si acaso rondaba los diez años, pero conocía bien lo que le tocaba a mi vida.
Esa noche, todos oímos los gritos de las mujeres, que son los primeros en surgir. La gente de afuera corría y la de la cantina buscaba dónde ocultarse sin perder el orgullo. Sacaban sus armas y se ponían alertas detrás de una columna, alzando la frente y aparentando fuste.
Me quedé impávido por un momento y, cuando reaccioné, caminé temblorosa y levemente de un lado para otro, sin saber dónde esconderme, sin poder pensar claramente en un lugar del todo seguro; la inseguridad me mató, sentí horrible no poder controlar dónde salvarme, donde estar bien, a pesar de que se suponía yo estaba aprendiendo cómo defenderme, cómo vivir en aquel suburbio de delincuentes. El barrio más temido de Costa Rica.
Después de dar vueltas como loco y tirarme al suelo como último recurso en la debilidad total que tenía, sentí cómo la orina me bajaba por la entrepierna. Nunca en la vida tuve tanto pánico y vergüenza juntos, y nunca más lo tuve.
Los hombres se encontraron, pistola en mano, de frente, solo a dos metros de donde yo estaba tirado, entre la pared de madera vieja de la cantina y la acera. Se encontraron como encontrarse con su muerte, como quienes saben que van a morir y deciden hacerlo sin delirios ni drama. Y así lo hicieron.
Las percusiones de una y otra pistola me detuvieron el corazón, cuando las sentí justo a la par. Y no podía, no sabía, no había forma que yo me levantase de donde estaba y al menos corriese por mi vida. No, estaba paralizado sin tracción alguna en mis piernas, en mis manos, en cada una de las circulaciones de mi organismo. Pavor. Era casi un placer sentir aquello.
El panzón, un poco más viejo, acumuló el segundo disparo en su panza diligente al llegar a la esquina, entonces fue cuando puso su mano izquierda sobre ambas perforaciones. El otro más joven, evidentemente más precipitado pero más ágil para disparar y esconderse, logró salir detrás de un carro y recetar ese segundo balazo de muerte, pero su imprudencia lo enfrentó a recibir la revancha certeza y conclusiva en su hígado. Ambos se quedaron de frente, muertos ya, mirando hacia el suelo, sin soltar sus armas, sin rendirse al orgullo, pero sabiendo que estaban acabados.
Yo solo pude pensar que aquellos dos hombres morían a mi lado y no les importaría además matarme, por puro rencor con su mundo, con el que les había tocado vivir. Que uno de ellos levantaría el brazo de improviso y me tiraría un balazo definitivo, y entonces yo sería parte de aquel entierro colectivo.
- ¡Muérase hijueputa! –le espetó el joven, con acento colombiano.
- Muertos estamos, pendejo…
- No parce, nadie muere…
Ninguno pudo decir nada, nunca tuvieron nada que decir aunque quisieran. Cayeron lentamente, primero el mayor de rodillas, macizo, luego el joven, de lado y más endeble.
El instante fue como una memoria fija en el tiempo, en esa porción ínfima de las horas se forjó en mí todo lo que llegaría a ser alguna vez. Podía oler la sangre a mi lado, la inhalaba fuertemente con cada intento por volver a respirar. Pude percibir al joven mirarme y sangrar por la boca, en sus ojos solamente podía mirarse oscuridad absoluta; una nube negra pasada sobre ellos, espejos inequívocos del último adiós. Miré con estremecimiento cómo el aura de ambos pasaba de roja intensa a negra sin brillo, fue esa la primera vez que pude apreciar el aura de una persona; así aprendí que yo podía hacerlo con inusual facilidad. Cerré los ojos y aún así podía verla bien formada, fuerte, con sus colores y densidad.
Todavía no podía moverme, me quedé varios minutos detallándolos ahí, postrados, como yo, en su propia estupidez. Alguien pensó que yo estaba también muerto en medio de aquel “fuego cruzado”. Apenas volvió la sangre a mis venas, a mi cuerpo, a mi corazón, me levanté de una sola vez, raudo como halcón, y corrí a mi casa. Entonces un chavalo se dejó decir a toda voz, mientras los vinos que se habían acercado cautelosamente volvían su atención hacia mí:
- ¡Mírenlo, se orinó del susto, maricón!
Como una determinación para toda la vida, esa noche me juré nunca más tener miedo, nunca más estar en una condición de desventaja como esa, nunca más encontrarme en una situación que me dejara en estado de víctima. Fue entonces cuando empecé a controlar mis miedos, poco a poco, pero firmemente, fue entonces cuando también entendí que el conocimiento me permitiría también controlar otros aspectos, para no terminar como aquellos dos imbéciles: en una balacera frente a una cantina, encontrados en la muerte simplemente por odios y palabras, por rencillas y orgullos, por el olor mismo de la ira.
Casi todo empezó ahí, porque también en aquel momento me di cuenta que la gente es estúpida, básicamente estúpida, idiota, imbécil. Y yo me encargaría de poner a muchos en su sitio más adelante.

