ÚLTIMAS
NOTICIAS

La poesía que debe morir – Capítulo 3 de “El imbécil”, novela por entregas

La poesía que debe morir - Capítulo 3 de "El imbécil" novela por entregas de DEbrús Jiménez
Haga clic para compartir en su red preferida:

Léala gratuitamente esta novela por entregas, cada miércoles y sábado, aquí en Culturacr.net. Pero si desea comprarla completa, en versiones digital, impresa o audiolibro, haga clic en la imagen:

Ministra de Salud

Hoy seguimos con la TERCERA entrega, el capítulo 3 titulado “La poesía que debe morir“.

Lea aquí el capítulo 1 (si no lo ha leído) para empezar desde el principio.

Dividida en dos títulos y 24 capítulos, la novela negra “El imbécil” de Geovanny Debrús Jiménez fue publicada por primera vez el 7 de junio del 2020 (en Amazon, digital e impresa), aunque fue terminada al menos un lustro antes, entre el 2015 y el 2016.

Por esa razón, aunque pueda tener insólitos parecidos con la realidad actual que incluye jaguares, psicópatas, sociópatas, populistas y otras especies, cualquier parecido es mera coincidencia. Es quizás una visión de la época que estaba por venir en Costa Rica.

3
La poesía que debe morir

Para ese tiempo yo había ideado una red social, como lo que luego sería el Facebook, pero nunca la llevé a cabo. Tenía muchas ideas buenísimas, pero que me parecían utópicas; en una época de sensatez, de búsqueda permanente de seguridad, de firmeza como hombre, esas ideas no tenían viabilidad. No existía aún el Facebook en la extensión que lo tenemos ahora, para ese tiempo el Internet para la mayoría era un servicio de correo, un buscador de información y juegos ridículos.

Y, por supuesto, tampoco lo había “conocido” a usted. Aún no había leído la frase de Eduardo Galeano: “¿Para qué sirve la utopía? Para caminar…”

Empecé a leer poesía cuando asaltamos una librería y, para mi sorpresa, no pude evitar leer el título de un poemario que estaba sobre una mesa: “La poesía que debe morir”. Recuerdo que quité la vista rápido, pero me atrajo de nuevo, regresé al libro y, para que me dejara en paz, tuve que metérmelo bajo el pantalón y llevármelo.

¿Cuál poesía debe morir?, me pregunté de inmediato, cuando íbamos huyendo rumbo a las montañas de Escazú.

Compre Arte y oficio de la escritura.
Clic en imagen para comprar

Esa tarde los mandé en bus de regreso a Alajuelita. Quedaron extrañados al principio, pero luego les expliqué que esa era la forma para no generar sospechas, debían irse en diferentes buses y rutas. Luego les dije que yo regresaría al día siguiente, que cada uno se llevara una parte de la plata y yo me quedé con algo suficiente.

En adelante mis chamacos ya no fueron más “mis chamacos”; esos días había renunciado a ellos y los dejaría morir solos, la vida de ellos de todas formas solamente eran un camino más cercano a la muerte, también para mí. Primero nosotros mismos nos encargamos de Chicho por bocón, luego al Negro lo encontraron con un paro cardiaco luego de una sobredosis, y a Pirro lo agarraron en un robo estúpido que planearon ellos, lo mataron en una balacera con los policías.

Fue entonces cuando, sin rastros de mi pasado, empecé a dedicarme más a mí mismo. Pero regresemos al asalto de Escazú, que es un recuerdo que me gusta mucho.

ChatGPT Image 21 jun 2026 22 39 35
Publicidad

Me fui caminando y crucé potreros en las faldas de la montaña. Pasé a un abastecedor, compré una linterna, una cobija, buena comida, chocolates y paquetes de todo, también dos litritos de vino de caja, un botellón de agua y partí caminando por los senderos que me encontraba, subiendo el cerro que se puede ver al sur de Escazú, desde donde se conecta al sector más rico del Valle Central con Alajuelita, uno de los más empobrecidos, a pesar de tener condiciones de territorio, clima y riquezas naturales parecidas; el tipo de gente, pensaba yo, eso marcaba la diferencia.

Aquella cercanía entre riqueza y pobreza material en unas montañas hermosas formaban un oxímoron de la realidad del país.

Sí, tenía ganas de irme a la montaña a pensar tranquilo, leer el libro de poesía y, de paso, desprenderme de las sandeces de mis compas. Me sentí muy aliviado, en tanto empezaba a sentir dolor en las rodillas al ir superando la cuesta, cada vez más empinada. Los tendones empezaron a joderme la paciencia después de una hora de subir y los ligamentos me derrotaron al final cuando ya de por sí empezaba a oscurecer.

La poesía nunca me gustó, la única vez que me interesé por leerla terminé fastidiado. Esa vez, en la montaña, enrollado como un capullo en una cobija de lana, una linterna poderosa y los sonidos del bosque, esperaba que no me pasara lo mismo. Quise ambientarme cerrando los ojos, apagando el foco y escuchando finamente cada uno de los pequeños ruidos que surgen del bosque tropical. Las ranas llegaban más, estaban cerca, los pájaros de vez en cuando con sus diferentes y particulares trinos, los animales rastreros mezclándose con las hojarascas, las esquinas siempre distintas en las raíces de los cedros, chilamates y robles. Trataba de separar los sonidos, pero luego me percaté que aquello venía siendo una orquesta completa y unívoca. Entonces encendí la luz.

La poesía que debe morir
es la poesía que tiene miedo,
se estremece en las hondonadas del delirio
hace coro en los conciertos repetidos
y se enturbia cuando debe decir lo que siente de verdad.

La poesía que no debe morir
está en el miedo, por eso lo vence
empuja los ocasos para ver las mañanas,
se pone de frente a la bala
y tiene la piel como coraza,
y el semblante de los relieves del planeta.

La poesía que debe morir es la que no mata,
la que se queda sin sueño ni delirio,
sin ayer ni porvenir, la que no vive
porque vive muriendo…

“La poesía lo había fastidiado una vez, quizás porque no la entendió, pero ahora se convertía en eco de sí mismo, se convertía en uno con ella, lo completaba”, me imaginé como si alguien escribiera sobre mí. Como si alguien contara mi historia de esa noche, como si importara algo. Así me percibí a mí mismo, entregado a aquellos versos ideales para el momento, hasta me sentí con cierta apoplejía romántica, existencial. Y en la montaña.

Publique su libro con el respaldo y trayectoria de Editorial CulturaCR No sólo imprimimos, creamos libros con calidad editorial Cumpla con el sueño de su vida. Le cotizamos su obra al tel. 8527-2814.
Publicidad

La poesía me podía hacer una resección del cerebro por algunos momentos. Me embadurnaba, por un rato me permitía desprenderme del mundo que me construí para mí mismo. La poesía sórdida, particularmente, me embelesaba, con ella podía imaginarme otras vidas paralelas, hurgar dentro de mí mismo y no quedarme en mi teoría simple del no miedo para vivir con acierto. La poesía maldita me llegaba mucho, hasta que conocí un tiempo después a unos poetas de esos, quienes hicieron que la viera con otros ojos.

Esa noche me desprotegí en la montaña y quise que apareciera el jaguar, que me matara y comiera para hacerme uno con él. Hilé fino, cerré los ojos y me fui.

Pero nada pasó al despertar, solamente me había quedado dormido, entregado a la noche y lo que fuera. Al abrir los ojos por la luz, respiré con hondura y me estiré, como cualquier mañana. Otro sorbo de vino que quedó del primer litro, uno grande de agua y comida chatarra salada porque un poco de resaca hacía presencia. De repente quise estar en mi cama y levantarme a la hora que quisiera, prender el televisor para ver los desatinos que dicen sobre los robos que realizamos, pero no, estaba ahí, en aquel cerro rodeado de verde, verde que te quiero verde. Y seguí caminando.

Volví a leer el poema y esperé que algo pasara, pero no, qué va, la mañana no tiene el mismo encanto con la poesía y el vino como la noche. Leí los otros también, iba tratando de recitarlos a la montaña, pero bueno, solo ese me impresionó y, al cabo de dos horas de caminata, ya me lo sabía de memoria.

Empotré mis pies en la arena del riachuelo, esperando ver algunos animales de agua o peces ocultos, pero nada, solo pececillos diminutos, brillantes como sardinas. Me desvestí completamente y me relajé en la posita, imaginé que estaba en la tina de mi casa; aunque no eran ni las diez de la mañana me arrimé otro trago de vino –de la segunda caja- y me fumé unos cigarritos. Había llevado 3 paquetes, eso no me podía faltar, no había nada peor en ese momento que estarse quemando y no tener cigarros, era peor que tener hambre y no tener comida. Al rato naturalmente me atacó el hambre y entonces reaccioné que ya no tenía gran cantidad de comida.

Volví a la caminata y fue cuando entendí qué diantres andaba yo haciendo ahí con esa tesitura confusa: mientras me sentía alegre y lleno, estaba ácido y rebelde. Y leí de nuevo el poema y empecé a ver en los seres vivos alrededor de mí muchos que hacían reflejo del poema. Entonces entendí, de verdad lo hice, entendí no, comprendí. No puedo explicarlo ahora aquí, no con palabras, pero yo en ese momento sentí la conexión del poema y los seres vivos del entorno. Cada uno de esos seres vivos, alimañas, aves, insectos, arbustos, microscópicos, mamíferos, eran en general un poema que no debían morir, sí, ellos eran los ejemplos de los poemas que no debían morir por ninguna razón. “La poesía que debe morir es la que tiene miedo”, mi versión ahora podía ser “El hombre que debe morir es el que tiene miedo”, o quizás “El ser que debe morir es el que tiene miedo”. El arbusto no tenía miedo, ni los animales, ellos se protegen, no como pretendemos nosotros al convertirlos en prosopopeyas de nosotros. No, los animales no tienen miedo, se protegen, reaccionan, pero viven enteros y por entero. En cambio los humanos no, ellos inventaron el miedo y el miedo se convirtió en su diablo, Satanás o como quieran llamarlo. “La poesía que no debe morir está en el miedo, por eso lo vence”, frases que me lo decían todo, me llenaban. Entonces por fin me di cuenta que yo era parte de aquel hábitat que me rodeaba de manera subliminal. Y como el jaguar nunca me apareció en esa aventura, pude encontrarme conmigo mismo en cada vida que podía ver.

Por primera vez sentí tentación, seriamente, de no volver a la urbe. Pero sí tenía que volver, tenía que hacerles la vida horrible a esos humanos llenos de miedo. Y siempre podría regresar a la montaña, como un ermitaño conveniente.

Mi viaje iba a tardar más de lo que yo pensaba, entonces empecé a comer frutas picadas por los pájaros, para ahorrar la comida. Suspendí el vino y me encontré de nuevo con la noche. Otra vez disfruté los poemas, pero nunca es igual que la primera vez, ya para la segunda noche estaba cansado y fastidiado, aunque no lo aceptaba. Pero igual fue delicioso entregarme al bosque en plenitud, sin miedo de nada. Me fumé un purito de marihuana y terminé el vino. Y desperté. Y caminé. Y llegué a casa en un taxi que me encontré al empezar a bajar la primera calle lastrada que encontré. Me bañé, dormí, entré a Internet y averigüé que al robo de la librería no le habían dado mucha relevancia en los medios, los libros no eran importantes para los periodistas, ni para los medios, ni siquiera cuando se trataba de un asalto. Y me dieron ganas de ir a la librería de Alajuelita pero, qué ingenuo, Alajuelita tiene más de cien cantinas, pero ninguna librería de verdad. De hecho no había ninguna cerca, tenía que ir hasta un lejano centro comercial en San Pedro. Fui y me encontré una librería llamada Transnacional. Y no encontré nada de poesía. No encontré el libro que me había robado, es decir, otra copia. No encontré libros de poesía, solo los mismos de siempre, los clásicos. Buscaba escritores nacionales y nada. Me harté y me fui.

En esos tres días había reconocido dos amores nuevos que me aprestaba a defender: la naturaleza y la poesía. Y aunque me sentí como personaje de novela romántica, yo tenía mis razones poderosas, imitadas o no, para hacerlo. Me molestó no encontrar poesía y mucho menos poesía nacional, librería de pacotilla. Tuve un fuerte impulso por pegarles unos cuantos tiros y dejarles un buen susto a esos pendejos que se dicen libreros. Salí disgustado.

Por la circunvalación me encontré a un compa mal puesto y me lo gané. Con él me saqué la ira, le quité veinte mil pesitos y me senté en un parque a dos cuadras, a leer otro libro que encontré de Jorge Debravo, que era lo único que tenían nacional. ¿Cuál policía podría pensar que un hombre leyendo en un parque a solo dos cuadras del atraco podría ser el ladrón? Pasó una patrulla rápido, pero ni se molestaron en observar. También para eso me servían los libros. Mi carro había quedado parqueado en el centro comercial y yo me había venido en taxi a buscar más vino y comida. La víctima no tenía mucho qué decir de mí, porque no me vio llegar, lo agarré por atrás, lo bolseé y lo dejé inconsciente al privarlo de aire por buen rato. Regresé por mi carro y me fui para la casa.

Pero se apareció el tarado ese, otra víctima para el mismo día. Después me di cuenta que se llamaba Tulio y era poeta. Cómo iba yo a saberlo. Caminaba con una chavala por el espaldón y entonces lo vi tirar el empaque de plástico hacia la maleza, con total descuido. Entonces me reventó, fue la gota, el último empujón para que sacara mi 38 especial y le descargara un par de tiros. Luego me arrepentí, al saber que el joven hacía poesía, pero qué poeta más incoherente, tirando basura a la naturaleza. A la chamaca me la llevé, le saqué un polvito y se puso malcriada, demasiado, incluso me quitó el arma y se tropezó, entonces ya no le permití más, un solo fogonazo y se acabó. La fui a tirar por Escazú, eso sí: dentro de su vagina le inserté un caballo blanco de ajedrez. Esa fue mi segunda jugada importante, simbólicamente hablando: el caballo saliendo de su posición inicial y poniéndose en plan de ataque y defensa. Como se intuye, yo había decidido jugar las blancas.

Y me regresé a dormir otra vez. Solo cuando me desperté pude tener claro que tampoco me gustaban los estudiantes, sobre todo los que fanfarronean que saben mucho y son muy estúpidos. Y los estudiantes de ciencias sociales en particular tenían algo que me molestaba, pero aún no lo sabía. Entonces fue cuando me agarraron en la redada que hicieron al día siguiente.

Ya había entrado en una vorágine de desagrado hacia grupos sociales definidos, también había entrado en un laberinto de contradicciones que naturalmente se me iban presentando a cada paso…


Esta es una obra de ficción, solamente ficción, no de la realidad.

Haga clic para compartir en su red preferida:

Leave a Reply

Your email address will not be published.