OPINIÓN. Cuenta la historia que en la primera hora de un día como hoy, hace 2019 años nace en una provincia empobrecida de lo que hoy es Cisjordania un niño que cambiaría el mundo.
Belén era uno de esos pueblos olvidados en la interminable frontera oriental del Imperio Romano, se encontraba bajo el mando de un déspota obsesionado con el poder que llevaba por nombre Herodes.
En tránsito hacia su ciudad natal, acompañados por un carpintero que sin ser su padre le adopta, les descubre el alumbramiento de María en un insalubre pesebre de una de las casuchas de campesinos que apenas sobrevivían en el olvido de la capital.
A su nacimiento acuden tres líderes de patrias extranjeras, que aún sin nacer ya llaman a una rebelión en su nombre, ofreciendo su dinero, su fe y la vida de los suyos, lo cual no pasa inadvertido por el sátrapa local, que recurre a la matanza y la represión para eternizarse en el trono, y a su pueblo en la miseria.
Este pequeño líder de cabello oscuro e hirsuto se ve obligado a huir en brazos al exilio, desde donde crece, aprende y se forma para regresar en su edad adulta a su patria natal a ejecutar su destino, que finalmente lo llevaría a una condena oficial de muerte.
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Finalmente su mensaje crecería y llevaría a los suyos a ser la religión oficial del Imperio Romano y de buena parte del mundo conocido.
Hoy ese mismo pueblo se encuentra rodeado de murallas, para defender los sitios históricos de potenciales ataque terroristas, pertenece oficialmente a Israel y es reclamado por otros pueblos que le ocupaban antes que los judíos llegaran a formar su nación, en la tierra que llama como propia por derecho divino y defienden con armas de alto calibre, que no dudan en usar un día sí, y el otro también.
Alrededor de este suelo sigue derramándose sangre, de la misma forma que miles de niños en brazos siguen cruzando las fronteras en busca de una oportunidad de sobrevivir y tener un vida libre de discriminación por su origen o credo.
Líderes foráneos siguen dotando de su oro, incienso y mirra a subversivos locales para que se levanten contra el poder oficial, a factura de sus vidas. Desde luego que siguen existiendo tiranos que se aferran al poder con sus manos codiciosas para seguir exprimiendo el jugo de la pobreza de los suyos.
Esperemos que la verdadera lección de la Navidad no pase inadvertida y de alguna forma hagamos lo posible por mejorar la situación de los pobres, los discriminados, los exiliados, los excluidos, las minorías, que respetemos la vida y la forma de ser de quienes piensan y se ven distintos a nosotros.
Hoy le damos una segunda bofetada a aquellos que tuvieron que huir con una primera mejilla amoratada; sin quererlo, sin planearlo, con lo puesto, los que en el reino de la tierra no heredaron nada, trabajando de sol a sol por la buenaventura que proclama el sermón de la montaña para los excluidos, los pobres y los que pronuncian a viva voz la palabra de sus dioses.
Que así como Jesús impulsemos una revolución desarmada, basada en el amor y la tolerancia, y que como humanidad dejemos de golpear a todos aquellos que ponen la otra mejilla, solo porque podemos.
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