“Guanacaste: una provincia necesaria para Costa Rica” es un artículo de opinión y responde al pensamiento de su autor, no necesariamente a la línea editorial o criterios de este medio de comunicación.
Por Donel Alvarado. Dicen los anales de historia que el autor del Himno a la Anexión de Guanacaste, siendo niño, fabricaba flautas de bambú cuyos orificios eran perforados gracias a un asador enrojecido al calor de las brasas. Tan buen trabajo significó en su trayectoria musical que, en 1944, entre otros tantos logros, la Banda del Comando de Costas de la Real Fuerza Aérea de Inglaterra grabó una obra suya en los estudios de la BBC de Londres. Así de trascendente fue el legado de don Jesús Bonilla, como igual de trascendente ha sido el aporte que los hijos de esta provincia han dado al repertorio nacional e internacional.
Pretender que los doscientos años de vida se pueden contener en los diez mil ciento cuarenta kilómetros cuadrados de la parcela de cielo que hoy cubre a Guanacaste, es tan reduccionista como pretender que el abolengo de la raza que puebla la provincia es monocromática, sin volumen o acartonada como a veces la presentan quienes necesitan de un pretexto panfletario para acomodar una efeméride en el almanaque.
Si bien es cierto, los líderes políticos que en 1824 firmaron el acta de la Anexión representaban pocos poblados, también es cierto que a Guanacaste se fueron sumando otras identidades y otras historias que superan el quehacer ganadero con el que suele asociarse a la provincia. A la par del sabanero, por ejemplo, hay que nombrar al minero, migrante o no, que se afincó en Abangares para enfilarse en las tropas destinadas a la explotación del oro. Si en la hacienda ganadera crecieron españoles, criollos, mulatos, negros e indígenas, entre otros tantos, a la sombra de la minas se enriqueció esta compleja idiosincracia con chinos, jamaiquinos y sudamericanos, también entre otros tantos, amén de los migrantes internos de otras provincias como Puntarenas o Limón.
Claro está que en este concierto de crisol cultural, las comunidades habitantes de las costas también aportan su granito de arena con las costumbres asociadas al quehacer pesquero; aunque los estudios formales de la historia de la provincia los mencione poco, ello no obvia la presencia evidente a lo largo del hilo que nos separa del Océano Pacífico.
Encima cargamos con penas y glorias, con virtudes y defectos, con encuentros y desencuentros generados por conflictos. De Liberia salió el honorable batallón de Moracia que sudó vida y sangre en la hacienda de Santa Rosa durante la campaña de 1856; batalla que anunciaba el retiro necesario del filibustero invasor. Por otro lado, en 1915, por decreto del presidente Alfredo González Flores, la provincia perdió las comunidades peninsulares de Lapanto, Paquera, Cóbano y Jicaral. Si por allá la victoria fue el signo de una celebración épica, por aquí queda el descontento que pervive incluso a estas alturas del siglo XXI.
Son doscientos años: una edad muy corta para tanta experiencia vivida. Ni la ceguera de la postura vallecentralista de los gobiernos de turno, ni la mezquindad del provinciano que vela por sus propios intereses por encima de cualquier coterráneo suyo pueden apagar la aspiración sublime que ha forjado el espíritu y la fortaleza de este noble territorio.
Sin Guanacaste, la cultura costarricense tendría menos colores, menos música, menos literatura. Sin Guanacaste, el linaje de este país no sería el mismo. Sin Guanacaste, en el cielo de Costa Rica haría falta una estrella; talvez no la más brillante, pero sí de las más aguerridas, de las más necesarias.
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