Cada vez que visito a mi madre conversamos acerca de los libros que estamos leyendo. Tenemos gustos distintos así que rara vez coincidimos.
Como madre lectora, se interesó desde que yo era muy pequeño para que acogiera el hábito de la lectura porque “me haría más inteligente”. ¡Créanme, es un mito!
Esta vez le comenté:
– ¿Se acuerda de aquel libro que me compró creyendo que era infantil y resultó ser un lío filosófico que ni usted entendió?
– Si, lo adquirí sin saber de qué trataba. El librero me dijo que era para primeros lectores. Por la portada parecía; pero no, no se orienta al público infantil.
– ¿Cómo se llamaba?
– La historia de los Pufis. No se me va a olvidar.
Al día siguiente, me dirigí hacia las principales librerías del país. ¡No lo tenían disponible! ¿Han sentido este sinsabor?
Caminar ansioso a la distribuidora editorial de su preferencia, cargando un bolso que desborda la certeza de que va a encontrar lo que usted busca, mientras la mente practica excusas racionales que suavicen la culpa de comprar algo por mero impulso; para que el vendedor te responda:
– Nunca he escuchado acerca de ese libro. No, ni siquiera me aparece en el sistema muchacho.
Soy consciente que no es culpa de ellos. De cualquier forma, me enfada. Me irrita recordar la falsa felicidad que sentí. La muy posible cara de estúpido con la que pregunté:
-Buenas, por pura casualidad ¿tienen a disposición “La historia de los Pufis” de Louis Ducoudray?
Llámenme iracundo. Estos eventos no me entristecen, me enojan. A los pocos días contacté al autor, resulta que tiene más de cien unidades en casa a la venta.
Ya con el libro en mano me dediqué a analizarlo. Lo leí la primera vez, no lo entendí. La segunda un poco, no demasiado. La tercera fue la vencida.
La historia de los Pufis habla de una sociedad ficticia que sobrevivió a una guerra nuclear. Este hecho provocó cambios en el ambiente que les obligó a adaptarse. Existen tres tipos de Pufis: los rojos, los azules y los amarillos.








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