Por Julio Acosta (seud.*) | OPINIÓN. Pocos animales más feroces en los océanos que el crustáceo conocido como langosta mantis. Con sus garras tipo martillo a ochenta kilómetros por hora destrozan las conchas más duras de cualquier caracol para comérselo. El impacto es tan brutal que crea un fenómeno submarino llamado burbujas de cavitación, que despliega un fuerte sonido y un destello de luz. Es más, en cautiverio estos bichos son capaces de perforar los reforzados cristales de los acuarios.
Ahora bien, como todos los seres vivos, esta langosta tiene su talón de Aquiles. Cuando su interior crece, necesita regenerar la capa exterior que la protege. Mientras muda su exoesqueleto pasan unos tres días durante los cuales se vuelve vulnerable, potencial presa sin coraza alguna protegiéndole, pero conservando, eso sí, sus agresivísimas pinzas; al menos en apariencia, porque, aunque estas no mudan, pierden toda su potencia durante el proceso de cambio de coraza.
Pues bien, así como la naturaleza es sabia para equilibrar el poder de ese temible bicho, también lo fueron nuestros constituyentes frente a personajes como el de Monterán. Contra la amenaza ambiental que supondría un depredador con esas condiciones, nuestro ecosistema político-institucional, para compensar, también lo expone a restricciones. La no habilitación de la reelección consecutiva lo obliga a mudar de coraza y lo deja vulnerable. Necesariamente perderá la coraza de inmunidad, ya sea porque se la levanten, ya sea porque se venza su mandato el 8 de mayo de 2026, o, incluso si asumiera como diputado el 1° de mayo próximo, deberá estar sin ella seis largos meses a merced del Ministerio Público.
En cualquiera de los escenarios, perderá el control del Ejecutivo. Incluso si lograra llevar a alguien de confianza a Zapote, nada le garantiza la lealtad de esa persona. Salvo, quizá, un esqueleto en el armario, nada ata a nadie que accede a tanto poder. Así lo constató Ricardo Jiménez con León Cortés, León Cortés con Calderón Guardia, y Arias con Chinchilla.
El bicho de Monterán ya empezó a mudar su exoesqueleto. Un desagradable pellejo tieso empieza a desprendérsele de las carnes, lo expone, y eso lo vuelve más agresivo. ¿Saben qué hace la langosta mantis en esa acongojante situación? Se esconde de sus depredadores en las grietas de los arrecifes poco profundos y solo asoma las intimidantes pinzas -que, recordemos, conserva- para que cualquiera se lo piense dos veces antes de intentar sacarla de ahí para corroborar si su poder de defensa es real o solo aparente. Cuando se acerca un intruso, saca las -en ese momento inútiles- pinzas y las agita, mientras mantiene el resto del cuerpo oculto. Es un perro que ladra, pero no muerde. Un perro desdentado, de hecho. Como Chaves.
Además, nuestros constituyentes y primeros legisladores fueron muy sabios en proteger al país de amenazas como Chaves. Al eliminar el Ejército conjuraron el riesgo del autogolpe militar. De modo que, aunque Cisneros suspire por el asesino Fujimori, su machito alfa de aquí tiene mucho reloj pero poca pistola.
Otra virtud del sistema es que los diferentes cuerpos de policía carezcan de un mando único, y que una vez convocada la elección, por mandato constitucional, pasen a seguir instrucciones directas, sin pasar por el Ministro de Seguridad, del TSE.
Agrava su situación el hecho sociológico de que, a diferencia del Chávez venezolano, este no ha tejido un lazo de solidaridad con quienes pueden, en nombre del Estado, ejercer legítimamente la violencia. No encontrará la solidaridad de los oficiales del OIJ, contra cuyas pensiones se ha empeñado, ni la de los oficiales de la Fuerza Pública, a los que intentó hacer trabajar como mulas en turnos extenuantes.
Claro que tiene el apoyo de una enfebrecida turba digital, alguna por triste ignorancia e ingenuidad, y otra por pírricos SINPEs para que produzcan contenido. Pero eso es un grupito que, como ya ha quedado demostrado, no llena dos cuadras en una protesta. Nuevamente a diferencia del Chávez venezolano, o, más recientemente, de López Obrador, Rodrigo Chaves no tiene a grandes sectores dependientes de transferencias directas o servicios asistenciales prodigados por él. Por el contrario, lo que hay es mucha gente a la que esas ayudas se las ha quitado su fiscalismo inmisericorde.
Otro gran obstáculo es la debilidad política del chavismo como movimiento. Si al líder lo saca del juego la prohibición de reelección consecutiva, a la única otra figura fuerte, nuestra Vladimira Montecinos, la descalifica no ser costarricense por nacimiento. Las patéticas mímesis monteranescas de Fernández, Bogantes o Munive, no dan la talla. En cualquier debate se verían tan limitadas como Lineth Saborío, pero sin su educación de señora respetable. ¿Y qué les queda, entonces? Más que un movimiento débil, cabría cuestionarse si el chavismo es un movimiento siquiera. Por el comportamiento entre sus rostros más visibles, más pareciera un nido de grillos, una confluencia de actores políticos, mediáticos y empresariales, sin más pegamento que el de medrar del poder, y, por esa misma razón, dispuestos a tirarse a la yugular mutuamente. El más reciente ataque de Juan Diego Castro al Opa de Valenciano Kamer, o el exabrupto de Patey contra Coqui Obando, son solo un ejemplo. Claro que conflictos y vendettas internas hay en todos los grupos, pero suelen resolverse en la institucionalidad de la agrupación y en sus procesos de competencia reglada, mecanismos de los que carece el chavismo.
Con todas esas debilidades y sin una organización territorial robusta para mover grandes cantidades de gente, el chavismo no tiene posibilidades de perpetuarse. En 2026 ganará algunos diputados, quizá muchos (pero ni de cerca la estupidez esa de los 38 que repiten), y, si las distintas oposiciones al chavismo fracasan, quizá ganen también, por inopia, una presidencia debilísima. Debilísima porque tendrá la misma oposición formal y social que esta, pero sin la fuerza vulgar de Chaves –que, como personaje, afortunadamente, es único- y con menos paciencia de la gente ante la irresolución y más bien agravamiento de los problemas.
De la lucidez y generosidad de las oposiciones dependerá que el chavismo pierda su actual hegemonía en mayo del 2026 o debamos sufrirlo hasta mayo del 2030, pero no hay un riesgo real de que se perpetúe en el poder. Morirá más tarde a más temprano, gracias al sistema inmunitario de nuestra institucionalidad y de nuestra sociedad civil. No se entienda esto, sin embargo, como una perspectiva optimista, porque cada mes de esta banda en el poder causa un daño inmenso al país.
*Seudónimo.
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