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Las tres olas de la derecha en Costa Rica: Del casino al escudo de las Américas – Voz Propia

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  • Chaves y Fernández irán juntos a la Cumbre en Florida y el “Escudo de las Américas” para reunirse con Trump sellando así su ideología política para gobernar Costa Rica.

Por Carlos Ariñez-Castel* | Cuando los costarricenses acudieron a las urnas en estas últimas elecciones, no eligieron simplemente a una nueva presidenta. Consagraron, con un contundente 48,5% de los votos, la tercera ola de un proyecto político que tiene nombre propio: la derecha trumpista, la versión tropicalizada de esa nueva derecha global que, como un virus contagioso, se ha extendido por el continente. Laura Fernández Delgado no es una candidata más; es la heredera ungida por Rodrigo Chaves, el segundo experimento, y ahora la punta de lanza de un movimiento que busca redefinir Costa Rica a imagen y semejanza del trumpismo internacional. Pero para entender la profundidad de esta tercera ola, hay que remontarse al origen: esa primera irrupción de la nueva burguesía que, cansada de la socialdemocracia, encontró en el Movimiento Libertario su vehículo y en los fondos oscuros su combustible.

Primera ola: El Movimiento Libertario y la nueva burguesía de casino

La primera ola no vino con el ímpetu de un tsunami, sino con la paciencia del que construye desde las sombras. El Movimiento Libertario, liderado por la figura de Otto Guevara, representó el desembarco de una nueva burguesía en la política costarricense. No era la vieja oligarquía cafetalera ni los herederos de las élites tradicionales. Era una burguesía distinta, ligada a los negocios especulativos, a los casinos, a las inversiones en paraísos fiscales caribeños, a esa economía de la burbuja que medra en los intersticios de la regulación débil y el Estado ausente.

Cansados de décadas de socialdemocracia, de un pacto social que les exigía contribuir al bien común a cambio de estabilidad (impuestos), estos nuevos actores económicos buscaron el poder político no para administrar, sino para desmantelar. Su programa era simple: menos Estado, más mercado, y que cada quien se las arregle como pueda. Pero había un problema: para llegar al poder se necesita dinero, y mucho.

Fue allí donde la primera ola mostró su verdadera naturaleza. En 2015, el Tribunal Penal de San José condenó al Movimiento Libertario por estafar al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) con ¢209 millones. El mecanismo fue tan burdo como revelador: presentaron 194 capacitaciones que nunca existieron, utilizando 191 documentos falsos para justificar gastos inexistentes y así cobrar deuda política a la que no tenían derecho. La estafa, que con intereses y costas ascendió a más de ¢401 millones, dejó al descubierto la columna vertebral de esta nueva derecha: una mezcla de audacia especulativa y desprecio por las reglas del juego democrático.

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Estos procedimientos eran una telaraña de intereses donde los límites entre lo público y lo privado se difuminaban, donde los negocios personales se confundían con las finanzas partidarias, y donde el objetivo final parecía ser no la construcción de una alternativa política, sino la conquista del Estado como botín para una nueva clase que había hecho fortuna en los márgenes de la legalidad.

Esta primera ola, aunque no logró la presidencia, cumplió su cometido: erosionó la confianza en las instituciones, normalizó la idea de que la política es un negocio más, y preparó el terreno ideológico para lo que vendría después. Los Libertarios fueron “la nueva burguesía que necesitaba un partido a su medida”. Y lo tuvieron, aunque pagaran el precio de la condena judicial y la deslegitimación.

Segunda ola: Rodrigo Chaves y el trumpismo tropicalizado

Si la primera ola fue la siembra, la segunda fue la cosecha. Rodrigo Chaves llegó al poder en 2022 con un discurso que, por primera vez en la historia costarricense, replicaba punto por punto el manual del trumpismo internacional . Su lema de campaña —”hacer que Costa Rica vuelva a ser el país más feliz del mundo”— era una versión tropicalizada del “Make America Great Again”.  

Chaves no venía de la política tradicional; venía del Banco Mundial, expulsado tras ser denunciado por acoso sexual a dos subalternas. Su ascenso fue meteórico, aprovechando el descontento con los partidos tradicionales y la fatiga de una ciudadanía golpeada por la pandemia y la desigualdad . Pero su gobierno no fue una ruptura con el pasado reciente; fue la continuidad, en clave populista, de la agenda que los Libertarios habían sembrado. Otto Guevara fue un asesor mediático, Natalia Diaz y Franz Tattenbach ministros, como muchos libertarios y liberacionistas de derecha que cambiaron de camiseta.  

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Apenas asumió, Chaves enfrentó denuncias por un “esquema oscuro de financiamiento” en su campaña. El TSE encontró indicios de que su partido, el Progreso Social Democrático, habría recibido dinero de empresas, personas y hasta ciudadanos extranjeros sin reportar su origen, repitiendo el libreto de los Libertarios .

Chaves adoptó la estrategia trumpista de convertir a la prensa en enemiga. Llamó “ratas” a los periodistas, amenazó con destruir medios de comunicación y ordenó el cierre administrativo del Parque Viva, propiedad del Grupo Nación, en un acto que muchos interpretaron como una venganza personal . Su estilo confrontativo, sus largas conferencias de prensa transmitidas en vivo y su retórica antisistema calaron hondo en una población hastiada, logrando niveles de popularidad superiores al 70% en sus primeros meses .

Chaves alineó a Costa Rica con los intereses de la ultraderecha global de una manera que ni los Libertarios habían imaginado. Aceptó vuelos de deportación de migrantes desde Estados Unidos —incluyendo niños— para ser recluidos en centros de recepción en el sur del país, justificándolo con una frase que resume toda una filosofía política: “Estamos ayudándole al hermano económicamente poderoso del norte [Estados Unidos], a quien si nos ponen un impuesto en nuestras zonas francas nos friegan”. Más grave aún, firmó un Tratado de Libre Comercio con Israel en Jerusalén —territorio palestino ocupado— en medio de una escalada genocida que ha costado la vida a decenas de miles de personas en Gaza, rompiendo con décadas de política exterior basada en la neutralidad y los derechos humanos.

Chaves fue, en esencia, la segunda ola: el ariete que terminó de romper los diques institucionales que la primera ola había erosionado. Pero su verdadero legado no es su popularidad, sino haber allanado el camino para lo que viene ahora.

El sello de la ultraderecha global: Trump, Rubio y el “Escudo de las Américas”

La evidencia de que Laura Fernández representa la tercera ola —y la más peligrosa— trasciende las fronteras nacionales. Apenas consumado su triunfo, Fernández recibió la felicitación explícita del secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, quien no escatimó palabras: “Estados Unidos espera colaborar con su administración para promover la prosperidad y la seguridad en nuestro hemisferio” . Pero el gesto va mucho más allá de una mera cortesía diplomática.

Fernández ha sido invitada a integrarse al “Escudo de las Américas” (según lo anunció en propio Rodrigo Chaves en conferencia de prensa del 18 de febrero de 2026), la alianza regional impulsada por Donald Trump y operativizada por Marco Rubio, que reúne a lo más granado de la ultraderecha nacionalista, supremacista y violenta del continente . Este “Escudo”, presentado inicialmente como una iniciativa de cooperación en seguridad, es en realidad la punta de lanza de una doctrina que subordina las soberanías nacionales a los designios de Washington y a la agenda de “guerra contra el crimen organizado” que, en los hechos, funciona como una coartada para la represión interna y la alineación incondicional con la Casa Blanca.

La invitación de Fernández a este círculo íntimo del trumpismo hemisférico no es un detalle menor. Significa que Costa Rica, bajo su mandato, no será un observador neutral, sino un miembro activo de una coalición que promueve el modelo Bukele —estados de excepción, megacárceles, armamentismo de la seguridad pública— como única receta posible, a costa de los derechos humanos y las libertades civiles .

Tercera ola: Laura Fernández, la Continuidad sin límites

Si la primera ola fue la siembra (Libertario) y la segunda fue el ariete (Chaves), la tercera ola es la consolidación del proyecto. Fernández no es una improvisada; es la candidata ungida por Chaves, la continuadora de su legado y, ahora, la integrante formal de una alianza internacional que trasciende las fronteras nacionales.

Su campaña no tuvo propuestas propias; fue un plebiscito sobre la continuidad del “chavismo”. “El despertar que empezó don Rodrigo no puede ser un paréntesis en nuestra historia. Debe ser nuestra nueva realidad”, afirmó Fernández (quien acepto el puesto de ministra de este gobierno), resumiendo en una frase su programa de gobierno. Pero lo que no dice es que ese “despertar” tiene raíces más profundas: las mismas que llevaron a Otto Guevara a financiar un partido que terminó condenado por estafa; las mismas que llevaron a Chaves a recibir dinero de origen dudoso; las mismas que ahora la llevan a ella a integrarse a una alianza internacional que promete mano dura para los pobres y mercados abiertos para los ricos.

El “escudo” y la militarización de la seguridad

La participación de Fernández en el “Escudo de las Américas” implica la adopción del modelo Bukele que ella misma ha defendido al proponer un “Estado de excepción” en zonas con alta incidencia del narcotráfico. Pero este modelo, que en El Salvador ha significado la suspensión de garantías y decenas de miles de detenciones arbitrarias, es incompatible con la tradición jurídica costarricense. Su aplicación no resolverá el problema de la inseguridad; lo agravará, creando las condiciones para que el crimen organizado, lejos de desaparecer, se readapte y encuentre en la corrupción de las nuevas estructuras represivas su nicho de reproducción. Cuando el Estado abandona la prevención y apuesta todo a la mano dura, el crimen no se erradica: se desplaza y muta.

Con Fernández, el alineamiento con la ultraderecha internacional se institucionaliza. Su presencia en el “Escudo” y el respaldo explícito de Marco Rubio y Donald Trump indican que Costa Rica no solo mantendrá el TLC con Israel, sino que profundizará su rol como socio menor en la agenda geopolítica de Washington. Esto significa más subordinación migratoria, más votos alineados con Estados Unidos en los organismos internacionales y un abandono definitivo de esa voz propia que durante décadas hizo de Costa Rica un referente de paz y derecho internacional.

En lo interno, la promesa de Fernández de “destrabar” el país mediante una mayor concentración de poder en el Ejecutivo es la antesala de una profundización de los ataques a las instituciones. Si Chaves erosionó la confianza en los contrapesos, Fernández puede terminar de desmantelarlos. La “tercera república” que algunos de sus seguidores celebran no es más que un eufemismo para un régimen donde el Ejecutivo no encuentra límites .

El hilo conductor: Danny Quirós y los ingenieros del caos

Detrás de esta operación política, opera la figura del asesor Danny Quirós (ex libertario de la primera generación), un experimentado ingeniero del caos (es indispensable recurrir al marco conceptual que Giuliano da Empoli desarrolla en el libro “Los Ingenieros del Caos” con conexiones directas en la red de la ultraderecha internacional).   

Quirós, quien asesoró a Javier Milei en Argentina, a José Antonio Kast en Chile y al actor Eduardo Verástegui en México, sabe cuál es la cartografía a seguir y quiénes financian este entramado. Su presencia en la campaña de Fernández y su conexión con Marco Rubio, no es una casualidad; es la prueba de que lo que ocurre en Costa Rica no es un fenómeno aislado, sino parte de una ofensiva coordinada para tomar el control de los Estados latinoamericanos y reorientarlos hacia los intereses de una nueva derecha transnacional, supremacista y profundamente violenta.

La historia reciente de Costa Rica puede leerse como la historia de tres olas sucesivas: la primera, la de los Libertarios, que trajo los fondos oscuros y la nueva burguesía del casino; la segunda, la de Chaves, que trajo el trumpismo tropicalizado y la subordinación internacional; la tercera, la de Fernández, que promete consolidar el proyecto integrándolo a una alianza regional violenta y profundizando el desmantelamiento del Estado.

El precio de la sumisión

Lo que está en juego en Costa Rica no es un mero cambio de gobierno, sino la definición de su identidad como nación. La primera ola nos mostró de qué madera está hecha la nueva derecha: estafas, fondos oscuros y desprecio por las reglas. La segunda ola nos mostró el manual: cárceles para migrantes al servicio de Trump, TLC con un Estado genocida, confrontación interna y debilitamiento institucional. La tercera ola, con Fernández y su integración al “Escudo de las Américas”, promete profundizar este modelo hasta convertirlo en una nueva normalidad.

La pregunta que los costarricenses deben hacerse es si están dispuestos a pagar el precio de esta sumisión. Si están dispuestos a cambiar la tradición de paz y derechos humanos por un rol de subordinados en una alianza regional violenta. Si están dispuestos a que el “pura vida” sea reemplazado por el estado de excepción y la cárcel como únicas respuestas a problemas complejos.

Porque cuando un gobierno abdica de su función más elemental —garantizar derechos, no solo reprimir— y subordina su política exterior a los designios de una potencia extranjera, no está construyendo una “nueva república”. Está, simplemente, liquidando la que tenía.

El escenario que se dibuja es el de una democracia costarricense sometida a un estrés sin precedentes. Un gobierno que, desde su primer día, aplicaría en un combo de leyes en los primeros 100 días aprovechando sus 31 diputados con la violencia política como acompañante, si es necesario. Un combo de leyes que será la misma de la derecha internacional: quitar derechos laborales, flexibilizar contrataciones, desregular la economía a favor de pocas empresas, fomentar la inversión incluso si es del lavado de dinero, limitar la intervención estatal y vender los activos del Estado.

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