Los protocolos que activan funcionarios de escuelas y colegios ante casos de bullying son, sin duda, importantes mecanismos externos y reactivos de protección. Sin embargo, los niños y adolescentes también necesitan una protección que puedan llevar siempre consigo: un protocolo interior que les recuerde quiénes son, cuánto valen y que las diferencias que forman parte de su identidad nunca los convierten en seres humanos inferiores.
Del bullying se ha hablado muchísimo. Existen protocolos en escuelas y colegios que indican qué hacer cuando se detecta un caso de matonismo: cómo intervenir, cómo proteger a la víctima, cómo involucrar a las familias y qué procedimientos deben seguir las instituciones educativas.
Todos esos mecanismos externos y reactivos de protección son necesarios. Sin embargo, hay una pregunta que considero igualmente importante:
¿Estamos protegiendo también a nuestros niños y adolescentes desde adentro?
La psicóloga Ingrid Naranjo, en un artículo publicado por La Nación en 2024, advertía sobre las insuficiencias de los protocolos implementados por el MEP y señalaba la necesidad de un mayor acompañamiento psicológico tanto para quienes han sufrido bullying como para quienes lo han ejercido.
Y es que un docente puede intervenir tras una agresión. Los padres, madres o encargados pueden presentar una denuncia. Pero las palabras que reciben niños y adolescentes pueden quedarse dentro de ellos como un sello: “Soy feo”, “Soy rara”, “Hay algo malo en mí”, “Debería ser diferente”, etc.
Por eso, además de los protocolos externos contra el bullying y de brindar un mejor acompañamiento post-impacto, necesitamos preparar de antemano a nuestros niños y adolescentes para construir y activar un protocolo interior.

Un mensaje que debe quedar como un sello
El bullying puede tener múltiples causas y manifestaciones, pero muchas burlas y agresiones utilizan como munición precisamente aquello que nos hace diferentes: la estatura, el peso, el color de piel, las pecas, utilizar anteojos, tener alguna discapacidad, nuestra nacionalidad, el acento o la peculiaridad de nuestra voz, nuestra personalidad, la orientación sexual, la identidad de género y muchas otras características pueden convertirse en excusas para atacar a alguien.
¿En algún momento le pusieron un apodo, con intención burlesca, por alguna cualidad particular que tiene? ¿O participó usted en ponérselo a alguien más?
¿De dónde provienen nuestras cualidades que nos hacen distintos?
Aunque algunos de nuestros atributos son moldeados por el ambiente en que crecemos, muchos provienen de nuestra biología; es decir, vienen dados por la naturaleza misma o, desde una perspectiva religiosa, por Dios. En otras palabras, mucho de lo que somos viene de fábrica.

Este fabricante de humanos, en su producción, se caracteriza por un aspecto: la diversidad y/o variabilidad en sus diseños. Ser diferente, por lo tanto, no constituye un defecto de fabricación. Si los niños y adolescentes se sumergen en la comprensión de esta idea, el mensaje quedará en su mente como un sello, a partir del cual podrán construir un domo de protección psicológica.
¿Podríamos ayudar a nuestros niños y adolescentes a construir un domo de protección psicológica?
La respuesta es que podemos trabajar para construirlo. Sería similar al famoso “Domo de Hierro”, pero con una doble función: neutralizar tanto los ataques que los jóvenes pueden recibir como aquellos que ellos mismos podrían dirigir hacia otros.
Por ejemplo, si a un adolescente, por su estatura, le dicen “¡Enano!”, su protocolo interior activará el pensamiento: “Centímetros más o centímetros menos no aumentan ni reducen el valor de una persona”. Pero no se trata de palabras vacías que alguien se dice para tratar de sentirse bien. Implican una visualización nítida y una conciencia plena del valor de un ser humano, de las cuales brota, desde lo más profundo, una seguridad tan grande que se refleja en la totalidad de su lenguaje corporal. Son criterios para percibir que no solo se piensan, sino que también se sienten.

El protocolo debe activarse en ambos lados
Es importante hacer hincapié en este punto: este protocolo interior no debe instalarse únicamente en quienes suelen ser blancos de bullying. También debe desplegarse en los que suelen ejercerlo.
De este modo, cuando llegue la tentación de ridiculizar a alguien por su apariencia, forma de hablar, personalidad, discapacidad o cualquier otra característica, se activará en la persona un mensaje que le recuerde un principio fundamental: Somos diferentes, pero esencialmente somos lo mismo.
¿Cómo logramos que un mensaje así llegue a un niño o adolescente, se interiorice y permanezca disponible para activarse cuando lo necesite?
Una de las vías es la literatura.
Precisamente con ese objetivo escribí El sello de la fábrica marciana, un cuento dirigido principalmente a preadolescentes y adolescentes que utiliza una sociedad futurista en Marte para explicar la diversidad humana desde la metáfora de una fábrica en la que cada individuo recibe su propio sello. La obra fue publicada gracias a una beca del Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica y fue concebida no solo para contar una historia, sino para ayudar a transformar percepciones y comportamientos.
Por eso considero tan importante que obras con este tipo de mensajes formen parte de las lecturas de escuelas y colegios.
Debemos continuar fortaleciendo los protocolos que se activan afuera cuando ocurre un caso de bullying. Pero necesitamos también instalar dentro de cada niño y adolescente un protocolo que pueda acompañarlo incluso cuando ningún docente, familiar o profesional esté presente.
Un mensaje que se active tanto ante un ataque recibido como ante la intención de atacar y les recuerde quiénes son, cuánto valen y que aquello que los hace diferentes nunca constituyó un defecto de fabricación. En cada niño y adolescente debemos poner un sello de protección psicológica que ningún agresor pueda borrar y que, a su vez, borre cualquier impulso de agredir a los demás.
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