Por Adrián Monteverde | Costa Rica está enferma.
No es una enfermedad del cuerpo ni una que pueda encontrarse en un manual de medicina. Es una enfermedad política que, para efectos de esta metáfora, podemos llamar chavitis: una infección que deteriora progresivamente el funcionamiento saludable de nuestra democracia.
Pero hay una muy buena noticia: es curable.
Una democracia puede entenderse como un organismo vivo. No basta con que haya nacido alguna vez ni con que tenga una larga historia para garantizar que permanecerá saludable para siempre. Necesita cuidados. Puede fortalecerse, debilitarse y también enfermarse cuando sus instituciones, sus contrapesos y la confianza de la ciudadanía comienzan a deteriorarse.
Y una enfermedad que hoy es curable puede convertirse en algo mucho más grave si se la deja avanzar.
Costa Rica no es hoy una dictadura. Precisamente por eso este es el momento de actuar. La preocupación es que estamos observando señales de un proyecto político con aspiraciones dictatoriales, que busca debilitar contrapesos y concentrar cada vez más poder. Una dictadura consolidada sería una enfermedad mucho más difícil de tratar. La chavitis, en cambio, todavía puede combatirse.
Costa Rica atraviesa uno de esos momentos en los que su sistema inmunitario necesita reaccionar.
El sistema inmune ya comenzó a trabajar
Los anticuerpos de una democracia son sus instituciones independientes, la prensa libre, las organizaciones sociales y, sobre todo, una ciudadanía que observa, cuestiona, se organiza y participa.
Y esos anticuerpos están actuando.
El plantón ciudadano realizado el pasado 6 de agosto en la Plaza de la Democracia, acompañado por concentraciones en numerosos puntos del país, mostró que existe una gran parte de la población dispuesta a salir del espacio privado para defender principios como la independencia de poderes.
Pero una sola dosis no cura una infección persistente.
Por eso, siguiendo nuestra metáfora, el tratamiento que Costa Rica necesita podría llamarse Plantón®: antibiótico ciudadano cuyo principio activo es la participación democrática.
La dosis: un plantón al mes durante tres años.
Serían 36 dosis, no porque exista algo mágico en ese número ni porque la democracia deba esperar tres años para reaccionar. Todo lo contrario: el tratamiento comienza ahora.
Los tres años representan algo mucho más importante que una fecha en el calendario: constancia.
La democracia no se defiende con una única manifestación multitudinaria y luego con silencio. Se defiende haciendo de la participación ciudadana un hábito.
Un plantón puede ser mucho más que protestar
Además, los plantones podrían evolucionar.
No tienen por qué limitarse a reunir personas con pancartas. Pueden convertirse en espacios de comunidad, conversación y organización ciudadana: lugares donde la gente se conozca, intercambie ideas y construya redes.
Incluso podrían recuperar algo profundamente costarricense: ese espíritu comunitario con el que una escuela organiza un bingo, una comunidad hace una venta de comidas o un grupo de vecinos recauda fondos para ayudar a una familia que necesita una operación.
¿Por qué no utilizar esa misma capacidad organizativa para defender la democracia?
Ventas, actividades culturales, bingos y contribuciones voluntarias podrían ayudar a financiar iniciativas ciudadanas transparentes: sitios web, materiales educativos y campañas de información y publicidad en redes sociales que permitan llevar el mensaje más allá de quienes ya tienen claro el riesgo que representa la chavitis si no se trata a tiempo.
Porque existe una realidad incómoda: comunicar cuesta dinero.
El gobierno de la continuidad (del chavismo) cuenta con estructuras institucionales y recursos de comunicación. Además, hay grupos económicos que, viendo una oportunidad para florecer con el proyecto dictatorial, no dudan en invertir importantes cantidades de dinero en él.
La ciudadanía común no dispone de esas mismas estructuras.
Pero tiene algo distinto: somos muchos.
Una persona quizá pueda aportar mil colones. Otra cinco mil o diez mil. Otra no podrá aportar dinero, pero sí tiempo. Alguien diseñará una imagen. Otra persona administrará una página web. Otra cocinará algo para vender durante una actividad. Otra simplemente llegará al plantón y llevará a dos personas más.
La democracia también puede financiarse desde abajo, mediante mecanismos legales, transparentes y fiscalizables de participación ciudadana.
No se trata de esperar a que alguien venga a salvarnos
Uno de los mayores errores sería convertir la defensa de la democracia exclusivamente en una competencia entre partidos.
Los partidos tendrán su papel (como crear una auténtica alianza democrática en la que postulen a un solo candidato de oposición). Las elecciones tendrán el suyo. Las instituciones deberán cumplir el suyo. Pero la ciudadanía también tiene uno el cual es absolutamente vital.
Defender una democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta cada cuatro años y regresar a casa. La democracia necesita ciudadanos que participen también entre una elección y la siguiente.
Y las manifestaciones pacíficas poseen una característica especialmente importante: hacen visible lo que de otro modo permanece disperso. Una persona preocupada en Alajuela puede creer que está sola. Otra en Cartago puede pensar lo mismo. Otra en Guanacaste. Otra en Limón. Pero cuando miles se encuentran en las calles descubren algo fundamental: no estaban solos; estaban separados. Ese encuentro también forma parte del tratamiento.
No interrumpamos el tratamiento antes de tiempo
Costa Rica no necesita ciudadanos esperando pasivamente a que sus instituciones resuelvan por sí solas todos sus problemas.
Necesita que esas instituciones funcionen, que mantengan su independencia y que la ciudadanía las vigile. Pero necesita además comunidad, organización y participación sostenida.
La metáfora médica sirve precisamente porque una enfermedad no se combate negando que existe ni abandonando el medicamento apenas desaparecen los primeros síntomas.
Mucho menos esperando a que la infección se vuelva terminal para comenzar a tratarla.
El tratamiento debe completarse.
Un plantón. Y otro. Y otro.
Una comunidad que se reúne.
Una conversación que llega a alguien nuevo.
Una pequeña contribución.
Una campaña ciudadana.
Una persona que decide informarse.
Otra que pierde el miedo a participar.
Así funciona un sistema inmunitario: millones de pequeñas acciones coordinadas protegiendo un mismo organismo.
Costa Rica está enferma de chavitis. Pero la enfermedad no es Costa Rica. Costa Rica es el organismo que está luchando contra ella.
Y esa es precisamente la buena noticia: todavía estamos a tiempo. Todavía tenemos instituciones que defender, libertades que ejercer, calles en las que manifestarnos y una ciudadanía capaz de organizarse.
La democracia costarricense no está muerta. Está enferma. Y es muy curable.
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