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Arder para iluminar la noche | Voz Propia

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Rebeca Ramírez Hernández* | Hay silencios que protegen y otros que condenan. Hay comunidades donde todos saben lo que ocurre, pero nadie se atreve a nombrarlo. Y hay sociedades que, ante la violencia cotidiana, prefieren cerrar los ojos y continuar durmiendo. De ese silencio y de la necesidad de despertar nos habla Si no ardemos, cómo iluminar la noche, el primer largometraje de la cineasta costarricense Kim Torres.

La película, estrenada internacionalmente en el Festival de San Sebastián de 2025, ha recibido una favorable acogida de la crítica por su propuesta visual y narrativa. Mediante una historia que combina la mirada adolescente con elementos de misterio y fantasía, Torres construye una reflexión sobre la violencia contra las mujeres, el miedo y los silencios que permiten su perpetuación.

La narración transcurre en la pequeña comunidad costera El Silencio, donde el calor parece adormecerlo todo. Los cuerpos se mueven lentamente, las conversaciones se prolongan y la vida discurre a un ritmo muy distinto del de la capital. La cámara reproduce esa cadencia, demorándose en los rostros, los paisajes y los pequeños acontecimientos cotidianos.

Pero esa modorra parece esconder algo más profundo que las consecuencias del clima. El sueño se convierte en una metáfora de la indiferencia. Los habitantes del pueblo parecen adormecidos no solamente por el calor, sino también por la violencia que han aprendido a incorporar a su existencia.

Una bestia innombrable amenaza a las mujeres. Su presencia, entre lo real y lo fantástico, plantea una pregunta inquietante: ¿no será ese monstruo una manera de convertir en leyenda aquello que la comunidad se resiste a reconocer? Al atribuir la violencia a una criatura misteriosa, pareciera diluirse la responsabilidad de quienes la ejercen, la encubren o la toleran.

Es más fácil cerrar los ojos que mirar de frente la maldad. Más cómodo dormir que reconocer los abusos que sufren las mujeres, escuchar sus denuncias y exigir justicia. Así, el silencio termina convirtiéndose en cómplice de la violencia.

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Frente a ese mundo adormecido aparecen grupos de mujeres que se reúnen para bailar, rezar y recordar a las que ya no están. Sus cuerpos recuperan el movimiento y sus voces desafían el silencio. La danza, la oración y la memoria se convierten en formas de resistencia frente al olvido.

Porque recordar también es luchar. Cada mujer asesinada o desaparecida tenía un nombre, una historia, unos afectos y una vida que le fue arrebatada. Cuando esas muertes se convierten únicamente en cifras o titulares que desaparecen al día siguiente, corremos el riesgo de borrar nuevamente a las víctimas.

La película está dedicada “a las que ya no están”. Esa dedicatoria trasciende el homenaje y nos interpela directamente: ¿qué hacemos frente a esas ausencias? ¿Nos acostumbramos a ellas? ¿Seguimos durmiendo mientras otras mujeres desaparecen?

La violencia contra las mujeres no pertenece exclusivamente al mundo de la ficción ni a comunidades remotas. Habita nuestras ciudades, nuestros barrios, nuestros hogares y nuestras instituciones. Se manifiesta en agresiones que muchas veces se conocen y se toleran, en denuncias que no reciben respuestas oportunas y en una cultura que todavía encuentra maneras de justificar a los agresores o responsabilizar a las víctimas.

Por eso, la película de Kim Torres trasciende su historia particular. Ese pueblo podría ser cualquier comunidad donde el miedo, la costumbre o la indiferencia terminan protegiendo a quienes ejercen la violencia. Y el sueño que parece dominar a sus habitantes podría ser también el nuestro, cada vez que decidimos no involucrarnos, no escuchar o no denunciar.

Pero la memoria, aunque indispensable, no basta. Debe conducirnos a la acción. Recordar a las víctimas exige también impedir que otras mujeres se sumen a esa dolorosa lista. La solidaridad debe traducirse en protección, justicia y transformación de las condiciones que permiten reproducir la violencia.

El título de la película contiene una exigencia ética: Si no ardemos, ¿cómo iluminar la noche? Arder significa abandonar la pasividad, sacudirnos el sopor y negarnos a aceptar como normal aquello que jamás debería serlo.

Necesitamos despertar, movernos y actuar. Convertir la indignación en una fuerza transformadora. Solo cuando el silencio deje de proteger a los agresores y la memoria se convierta en acción podremos abrir un rastro de luz en la oscura noche de violencia cotidiana que habitamos.

*La autora es filóloga.

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