Rebeca Ramírez Hernández* | Estrenada en 2016, Los principios del cuidado (The Fundamentals of Caring) es una película estadounidense escrita y dirigida por Rob Burnett, basada en la novela The Revised Fundamentals of Caregiving, de Jonathan Evison. Protagonizada por Paul Rudd, Craig Roberts, Selena Gomez y Jennifer Ehle, se presentó en el Festival de Cine de Sundance y posteriormente llegó a Netflix.
La película recibió una acogida generalmente favorable. La crítica destacó la química entre sus protagonistas y su capacidad para combinar el humor con situaciones emocionalmente difíciles, aunque también señaló cierta tendencia a recurrir a fórmulas sentimentales conocidas. Sin embargo, más allá de sus virtudes y limitaciones cinematográficas, considero que su mayor interés radica en la reflexión que propone sobre el cuidado, la responsabilidad y las relaciones entre padres, madres e hijos.
Uno de los primeros aspectos que llama la atención es que el protagonista, Ben, interpretado por Paul Rudd, es un hombre que decide dedicarse profesionalmente al cuidado de una persona con discapacidad. Esta elección resulta significativa porque, históricamente, las labores de cuidado han recaído principalmente sobre las mujeres. Madres, abuelas, esposas, hijas y hermanas han asumido durante generaciones la atención de niños, personas enfermas, adultas mayores o con discapacidad, muchas veces sin remuneración y sin el reconocimiento social que merece ese trabajo.
Las estadísticas confirman que esta distribución desigual continúa vigente. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las mujeres realizan el 76,2 % del tiempo total dedicado al trabajo de cuidados no remunerado en el mundo, más del triple que los hombres. Costa Rica no constituye una excepción. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo de 2022, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), reveló que las mujeres dedican, en promedio, 32 horas y 4 minutos semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que los hombres destinan 15 horas y 44 minutos.
La desigualdad es particularmente evidente cuando se trata de personas totalmente dependientes de 12 años o más: las mujeres que realizan estas labores dedican 13 horas y 32 minutos semanales, frente a las 6 horas y 25 minutos de los hombres. Estas cifras nos recuerdan que el cuidado sigue siendo una responsabilidad distribuida de manera profundamente desigual. Además, nos obligan a reconocer que cuidar requiere tiempo, conocimientos, esfuerzo físico, atención emocional y una disponibilidad que muchas veces condiciona las posibilidades de desarrollo profesional y personal de quienes asumen esa tarea.
En ese contexto, resulta interesante que la película presente a un hombre ejerciendo el cuidado como profesión. Ben recibe una capacitación y comienza a trabajar con Trevor, un joven de 18 años que tiene distrofia muscular de Duchenne y necesita asistencia para numerosas actividades cotidianas. No obstante, Ben no llega a este trabajo desde una situación emocional estable. Su decisión está relacionada con una tragedia personal que ha transformado radicalmente su existencia.
Ben fue escritor, pero su vida quedó suspendida después de la muerte accidental de su pequeño hijo, una tragedia de la que se siente responsable. El dolor y la culpa lo han distanciado de su esposa, de su profesión y de la posibilidad misma de continuar viviendo con normalidad. Su incorporación al trabajo de cuidados puede interpretarse como una búsqueda de reparación: cuidar a alguien que lo necesita se convierte en una manera de enfrentar aquello que no pudo evitar.
Sin embargo, cuidar a Trevor no significa sustituir al hijo perdido. La relación entre ambos se construye lentamente, entre provocaciones, discusiones, bromas y momentos de complicidad. Trevor no es un personaje dócil ni pretende despertar lástima. Su humor mordaz y su comportamiento desafiante obligan a Ben a relacionarse con él como una persona con deseos, contradicciones y una personalidad propia, y no únicamente como alguien definido por su discapacidad.
Cuidar no consiste solamente en atender necesidades físicas, administrar medicamentos o cumplir horarios. También implica escuchar, respetar la autonomía y reconocer el derecho de la otra persona a tomar decisiones, equivocarse y disfrutar de la vida. A medida que avanza la historia, Ben descubre que su tarea no puede limitarse a una relación estrictamente profesional. Trevor también necesita experiencias, amistades y oportunidades para explorar un mundo del que ha permanecido relativamente aislado. Paradójicamente, mientras Ben aprende a cuidar de Trevor, comienza también a encontrar una manera de reconciliarse consigo mismo.
La historia de Trevor introduce una segunda dimensión del cuidado: la responsabilidad de madres y padres frente a sus hijos. Su madre, Elsa, interpretada por Jennifer Ehle, ha asumido prácticamente sola su crianza desde que el padre abandonó a la familia cuando el niño tenía tres años y recibió el diagnóstico de su enfermedad. Elsa trabaja, organiza la atención de Trevor, se preocupa por su salud y procura protegerlo de los riesgos que podría enfrentar. También soporta sus comentarios hirientes, sus provocaciones y sus constantes desafíos.
La película no presenta la maternidad como una experiencia exclusivamente dulce o gratificante. Elsa está cansada, tiene responsabilidades laborales y debe tomar decisiones difíciles. Sin embargo, su compromiso permanece. Uno de los momentos más reveladores ocurre cuando conocemos que las cartas que Trevor creía recibir de su padre habían sido escritas por su propia madre. Elsa intentó preservar para su hijo la ilusión de un vínculo paterno que, en realidad, no existía.
Este gesto puede interpretarse de distintas maneras. Por una parte, expresa el deseo de proteger emocionalmente a Trevor del abandono. Por otra, plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde debe llegar una madre para compensar la ausencia de un padre?
Cuando Trevor finalmente encuentra a su progenitor, descubre que este no tiene interés en establecer una relación afectiva. Su ofrecimiento de dinero parece sustituir cualquier posibilidad de asumir una responsabilidad que abandonó años atrás. El contraste es contundente. Mientras Elsa ha entregado años de trabajo, atención y afecto, el padre pretende resolver el encuentro mediante una compensación económica.
La película nos enfrenta así a una realidad que trasciende la ficción: con frecuencia, la ausencia paterna implica que las madres deban asumir no solo su propia responsabilidad, sino también aquella que otra persona decidió eludir. Y cuando un hijo presenta una discapacidad que requiere cuidados permanentes, las consecuencias de esa ausencia pueden resultar todavía más profundas.
El viaje de Ben y Trevor incorpora a Dot, una joven interpretada por Selena Gomez, que se dirige a Denver con la intención de comenzar una nueva etapa después de la muerte de su madre. Dot mantiene una relación distante con su padre, quien no ha ocupado un lugar suficientemente cercano en su vida. Sin embargo, durante el recorrido descubrimos que el hombre que sigue discretamente a los viajeros es precisamente él.
Su comportamiento contrasta con el del padre de Trevor. Ambos han estado ausentes de la vida cotidiana de sus hijos, pero sus respuestas frente a esa distancia son diferentes. Mientras uno rechaza la oportunidad de acercarse, el otro intenta proteger a su hija, aunque no sepa cómo recuperar el vínculo perdido.
No se trata de idealizar su comportamiento. Seguir a una hija sin que ella lo sepa también puede interpretarse como una dificultad para reconocer su autonomía. Pero la película introduce un matiz importante: la distancia afectiva no siempre significa indiferencia, y una relación deteriorada puede encontrar oportunidades de reconstrucción. El padre de Dot no aparece como un modelo perfecto. Es, más bien, un hombre que intenta estar presente de la manera que conoce, aunque todavía deba aprender a establecer una relación más abierta y respetuosa con su hija.
De esta manera, la película nos presenta tres experiencias de paternidad: la de Ben, marcada por la pérdida y la culpa; la del padre de Trevor, definida por el abandono; y la del padre de Dot, caracterizada por la distancia y un intento de acercamiento. Frente a ellas aparece Elsa, cuya presencia constante permite reconocer una desigualdad que suele pasar inadvertida: mientras algunos padres pueden elegir si permanecen o se alejan, de las madres se espera que nunca abandonen su responsabilidad.
Otro aspecto importante es la tensión entre protección y autonomía. Elsa teme que Trevor emprenda el viaje porque conoce las limitaciones y los riesgos asociados con su enfermedad. Sus preocupaciones son comprensibles. Sin embargo, Ben considera que el joven también necesita experiencias que trasciendan la rutina de su casa.
El recorrido permite que Trevor conozca personas, establezca vínculos afectivos, experimente el enamoramiento y participe en situaciones inesperadas. La película plantea así una pregunta fundamental: ¿puede el deseo de proteger convertirse, involuntariamente, en una forma de limitar la vida de quienes reciben cuidados?
Las personas con discapacidad tienen derecho no solamente a recibir asistencia, sino también a desarrollar su autonomía, establecer relaciones afectivas y participar en las experiencias que dan sentido a la existencia. Por eso, el viaje adquiere un significado que va más allá de visitar lugares curiosos. Representa la posibilidad de abandonar, aunque sea temporalmente, los espacios conocidos y enfrentar el mundo desde otra perspectiva. También nos recuerda que las personas que reciben cuidados no son únicamente receptoras pasivas de atención. Trevor transforma la vida de Ben tanto como Ben transforma la suya.
Al terminar la película, queda la impresión de que el cuidado no puede reducirse a una obligación doméstica, una profesión o un sentimiento individual. Es una responsabilidad humana y social que atraviesa nuestras relaciones más importantes.
La historia de Ben nos muestra que cuidar puede convertirse en una experiencia de reconstrucción personal, aunque no borre las pérdidas. Elsa representa la dedicación cotidiana que tantas mujeres sostienen, frecuentemente sin reconocimiento suficiente. El padre de Trevor evidencia las consecuencias del abandono, mientras que el padre de Dot nos recuerda que los vínculos también pueden intentar reconstruirse.
Pero la película permite formular una reflexión adicional: el cuidado no debería depender del sacrificio permanente de las mujeres ni de la buena voluntad excepcional de algunos hombres. Necesitamos reconocerlo como un trabajo indispensable, distribuirlo de manera más equitativa y construir condiciones que permitan ejercerlo sin renunciar a la propia vida.
Quizá uno de los mayores aciertos de Los principios del cuidado sea recordarnos que nadie atraviesa la existencia sin necesitar de los demás. Todos hemos recibido cuidados y, en distintos momentos, tendremos la oportunidad o la responsabilidad de ofrecerlos. Lo verdaderamente importante no es solamente aprender a cuidar, sino comprender que esa responsabilidad nos corresponde a todas las personas.
*Filóloga.
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