Por Gustavo Adolfo Araya* | Me dice un amigo que vivimos en el país una nueva etapa en el liderazgo que una parte de él escogió: “Como cuando un borracho matón ya no haya con quién pelear”.
La frase retrata, sin rodeos, a ciertos liderazgos que han hecho del conflicto su único alimento. No gobiernan, combaten. No resuelven, acusan. No dialogan, gritan. Y cuando se les acaba el enemigo, no encuentran qué hacer con el poder que tienen entre las manos. Nunca lo usaron más que para perseguir, para mentir, para la corrupción y para permitir que los problemas se profundizaran. El narcotráfico, no se sabe si es ahora cómplice o beneficiado. En todo caso, es el gran ganador con el presente gobierno. Más de 2500 víctimas en una guerra que no se da por parte del gobierno, por estar en otras guerras contra quienes le ponen freno a la corrupción.
En muchos países —y en especial en contextos donde la democracia tambalea— hemos visto emerger figuras políticas cuyo carisma se construye en la confrontación. Viven de polarizar, de señalar culpables, de simplificar la realidad en una pelea constante entre “nosotros” y “ellos”.
Funcionan mientras hay con quién pelear, mientras el escenario les permite actuar como víctimas de una élite, como salvadores frente al caos. Sin duda, hay una parte del país que está herida, que quiere venganza, que odia a los políticos tradicionales. Pero se alió al matón que resultó peor que aquellos a los que señalaba.
¿Qué ocurre entonces cuando un populista con ínfulas de dictador llega al poder? ¿A quién culpar cuando ya no hay otro? ¿A quién culpar cuando en tres años han sido absolutamente incapaces, pero además han sacado provecho directo, personal del malestar popular?
En ese momento se parecen al borracho pendenciero que ha gritado, empujado, buscado pelea toda la noche… y de pronto se da cuenta de que no queda nadie. Solo él, tambaleante, frente al espejo. Con su halitosis de odio, con una lista de cosas que han empeorado, con unas “amistades” que también sacaron provecho de él mientras pagaba los tragos.
La imagen es clara. Entra en un restaurante, en un bar, en un salón familiar y buscará con quién pelear. Buscará a su víctima, ojalá distraída, para insultarla, para luego decir que fue ella y no él quien empezó el pleito. ¿Suena conocida la escena? Pero en realidad no tiene con quién pelear. Es contra sí mismo, sí, contra el que empezó el pleito y con quien amañó la situación.
Ahí empieza el verdadero problema. Porque el matón sin pelea no se vuelve sensato. Se desespera. Busca nuevos enemigos, inventa traidores, acusa a fantasmas. Todo con tal de no quedar en silencio. Porque el silencio lo obliga a responder por lo que prometió, a construir en vez de destruir. Y eso, muchas veces, no sabe —ni quiere— hacerlo.
El borracho pendenciero es capaz de llamar a la guerra entre todas y todos, para que la trifulca le sirva de excusa para huir, para decir que es víctima y no victimario. En Costa Rica ya hemos tenido a varios y todos, sin excepción, huyeron con el dinero y el tiempo robado, pero sobre todo con las esperanzas del pueblo traicionadas.
La política que se reduce al conflicto permanente solo conduce al agotamiento. No hay país que resista años de gritos sin pausa. La democracia necesita tensión, sí, pero también pausa, escucha, matiz. Gobernar es más que pelear: es proponer, articular, sostener. Es resolver. Pero sobre todo no robar.
Y si un día el líder que solo sabe pelear se queda sin nadie a quien culpar, solo queda esperar su caída. Porque la política no es un bar a las tres de la mañana. Y el poder, tarde o temprano, exige sobriedad.
Esta semana asistimos al tercer capítulo de la derrota del chavismo. Lo sabe y en su desesperación se pondrá como el borracho matón, ese del que habla mi amigo.
*El autor es politólogo y experto en comunicación política.
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