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La dictadura del narcisismo: ¿Por qué nos gobiernan los peores? | Voz Propia

La dictadura del narcisismo: ¿Por qué nos gobiernan los peores?
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Del tribalismo de la sabana a los arsenales nucleares: la selección inversa que premia la audacia ciega de los líderes y castiga la cooperación global.

Jaime E. García González, Dr. sc. agr.* | En tiempos de incertidumbre global, solemos buscar explicaciones en la geopolítica o la economía. Rara vez miramos un ángulo más incómodo: la psicología del poder.

¿Y si parte del caos actual no respondiera a disputas racionales por recursos, sino a una patología del liderazgo? ¿Y si la crisis de Occidente fuera, en el fondo, una crisis de carácter?

El psiquiatra N. McLaren propone que la política internacional amplifica impulsos biológicos básicos, especialmente el de dominación. Los seres humanos formamos jerarquías, territorialidad y desconfianza. De ahí nace el tribalismo y la lucha por el mando. La dominación es una experiencia psicológicamente gratificante. Produce sensación de derecho y expansión del privilegio.

El problema aparece cuando ese impulso individual se traduce en proyecto nacional. Esta distorsión, bautizada por D. Owen y J. Davidson como “Síndrome de Hubris”, describe cómo el poder político prolongado genera un orgullo desmedido y una pérdida progresiva de la realidad.

Durante siglos, las potencias occidentales ejercieron dominación global. Imperios, intervenciones y modelos económicos fueron legitimados por narrativas de superioridad moral. El historiador Y. N. Harari define estos constructos como “ficciones compartidas”: mitos indispensables para coordinar a millones de personas, pero que, cargados de mesianismo, se vuelven impermeables a la autocrítica.

Hoy el mundo ya no es unipolar. Nuevas potencias reclaman espacio y los antiguos subordinados rechazan la tutela. Al encontrar límites reales, la reacción hegemónica se vuelve irracional. Emerge la “enfermedad del liderazgo occidental”: una mezcla de narcisismo político, excepcionalidad artificial y dificultad para aceptar la pérdida de hegemonía.

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No es una condena cultural, sino un patrón de élites socializadas bajo la premisa de que dirigir el mundo es su derecho natural. Los estudios en neurociencia de J. Hogeveen y otros demuestran que el ejercicio del mando disminuye la actividad de las neuronas espejo, deteriorando la capacidad neurológica de empatizar y convirtiendo a las poblaciones extranjeras en simples estadísticas tácticas.

Los sistemas jerárquicos atraen a quienes desean escalar posiciones. Cuanto más inescrupuloso es el aspirante, mayores sus probabilidades de ascenso. Es una “selección adversa” donde la prudencia cede ante la ambición desmedida. Como explican D. Dunning y J. Kruger, los perfiles más incompetentes son inmunes a la duda interna. Su propia ignorancia les impide ver la complejidad del tablero global, permitiéndoles golpear la mesa con una autoconfianza ciega que seduce al electorado. El resultado es una caquistocracia: el gobierno de los peores, de los más impermeables a la autocrítica.

Esta dominación genera resistencia por la aversión humana a ser oprimido. Al reproducirse entre Estados, el sistema internacional se vuelve inestable porque los actores persiguen la supremacía. El orden multipolar genera fricciones emocionales por la incapacidad de aceptar límites. En el ámbito doméstico imponemos leyes y separación de poderes; a nivel internacional, esos controles no existen. Falta un “adulto” institucional que ponga orden.

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El desafío crucial es transitar de una identidad basada en la supremacía a otra basada en la cooperación. Esto exige abandonar la narrativa de la excepcionalidad permanente, reconocer errores históricos y entender que la seguridad se construye generando equilibrios legítimos, no humillando. Cuando una identidad se funda en la superioridad, cualquier límite se percibe como amenaza existencial.

El verdadero reto de nuestro tiempo no es geoestratégico, sino psicológico. Un liderazgo sano no necesita dominar para afirmarse ni convierte la competencia en cruzada moral. Si Occidente desea evitar su declive autoinfligido, deberá someterse a la madurez individual: reconocer impulsos, aceptar límites y convivir en igualdad. De lo contrario, la historia no será indulgente con quienes confundieron hegemonía con derecho natural.

*Por Jaime E. García González, Dr. sc. agr. Profesor catedrático jubilado UCR-UNED. Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad,biodiversidadcr@gmail.com.

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