¿Por qué la estupidez y la ignorancia pueden ser más populares que la razón? Una pregunta sobre la que han pensado e investigado las mejores mentes en el mundo, desde tiempos inmemoriales, nos convoca de manera reiterada en los tiempos modernos.
Quizás la respuesta simple es “porque la ignorancia es más fácil que el conocimiento”, porque pensar, estudiar, investigar y analizar es difícil y requiere esfuerzo mental, el esfuerzo más difícil de hacer para un ser humano, según sus posibilidades.
Sin embargo, esa respuesta puede ser una falacia, porque para algunos el esfuerzo intelectual es más fácil que para otros, como el ejercicio físico es fácil para algunas personas más que para otras. Ahora bien, en los países o sociedades donde se invierte en educación, es posible que el hábito y la práctica del conocimiento sea más fácil y común.
La estupidez
En la época del nazismo de Hitler, el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, quien fue encarcelado y murió por su posición política, afirmó que “la estupidez es el enemigo más peligroso para las buenas personas, incluso más peligroso que la maldad”.
Bonhoeffer defendió así el porqué los alemanas apoyaron en enorme mayoría a Hitler y el estado nazi; se dice que hasta en casi un 90% de apoyo recibió el genocida antes de entrar en guerra contra Europa.
El filósofo alemán se preguntaba por qué un pueblo con grandes avances culturales, científicos y tecnológicos como el alemán apoyaba el odio, la violencia y los bajos instintos de Hitler y del nazismo. Su conclusión fundamental fue que todo se debía a “la estupidez colectiva”, una especie de enfermedad sociológica que se vuelve contagiosa porque “la estupidez de uno necesita la estupidez del otro”. Eso explica también que personas que se presumen con alguna inteligencia también sucumben ante la estupidez.
Aparte del luterano Bonhoeffer, también Carlo Cipolla planteó unas reglas sobre la estupidez colectiva: “son un grupo no organizado, sin jefe ni norma alguna, pero que pese a ello actúa en perfecta sintonía, como guiado por una mano invisible”, escribe el italiano.
El profesor Cipolla escribió un libro donde desarrolló su teoría sobre la estupidez, en el que propuso varias leyes, en su mayoría con un tono satírico. Plantea que la estupidez domina las sociedades y no depende de las demás características personales de cada quien, como su inteligencia, estudios, riqueza o demás condiciones.
“Una persona estúpida es aquella que causa daño a otra persona o grupo sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso causándose un prejuicio”, reza su tercera ley. “Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas“ y las personas estúpidas son lo peor que existe, son sus otras reglas.
Las personas fanáticas que defienden políticos incluso cuando sus políticas podrían afectarlos o de hecho los están afectando a ellas o su gremio, es un ejemplo de al tercera ley de Cipolla.
Pretenden saber más de lo que saben
Por otra parte, nos encontramos con el famoso efecto Dunning-Kruger, según el cual “las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son”.
En este caso, además de la estupidez, la ignorancia juega un papel básico, porque nadie que ignora sobre un tema, realmente se da cuenta de sus carencias, o no las acepta por orgullo.
“El avance de Krugger y Dunning fue simplemente demostrarlo en un experimento consistente en medir las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes y pedirles una auto-evaluación posterior. Los resultados fueron sorprendentes y reveladores: Los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media, y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores”, explica Jesús de la Gándara en este artículo.
Es decir, el contagio de la estupidez colectiva es doblemente peligroso: primero porque los inteligentes pueden necesitar la estupidez de los demás para sentirse acompañados y, segundo, porque los no tan inteligentes pueden creer que sí lo son, sobre todo cuando se sienten muy apoyados por grupos amplios -el famoso envalentonamiento grupal-.
Somos más y por eso tenemos razón
Pero además hay una tercera amenaza en esta dirección: la falacia ad populum. Esta falacia lógica, muy usada en redes sociales en la actualidad, plantea que algunas personas consideran que tienen la razón o su posición es la más inteligente, porque “es la posición que sigue la mayoría”.

“Somos mayoría y por eso tenemos razón”, aunque ni siquiera planteen una defensa con razonamientos, criterios o argumentos para defender esa posición. No es necesario argumentar o probar algo aunque la realidad sea visiblemente adversa; mientras la mayoría apoye un discurso, entonces es porque ese discurso tiene razón, aunque mienta y engañe de manera reiterada.
Así las cosas, la estupidez y la ignorancia se convierten en un síndrome colectivo contagioso que se valida a sí mismo no por el razonamiento o el conocimiento, sino porque se supone mayoritario o predominante. Es más fácil, más atractivo y más confiable creer en un discurso vacío -sin sustento en los hechos-, pero que me diga lo que yo quiero escuchar, antes que razonar si es cierto o no.
“La ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”, había escrito el científico Charles Darwin.
La arrogancia de las mayorías estúpidas y sus líderes
Otro fenómeno asociado a lo anterior es el síndrome de Hubris, que lo padecen principalmente los líderes que se aprovechan de la estupidez, pero también es posible verlo como un efecto colectivo en las masas de seguidores, cuando consideran tener tanto poder que se da un exceso de arrogancia y confianza colectivo que lleva a las personas a considerarse parte de una unidad. Por ejemplo, cuando los seguidores de un movimiento político consideran ser “el pueblo” y se arrogan ser los únicos y verdaderos representantes del pueblo.
El fenómeno de Hubris se da principalmente en personas de poder, como diputados o presidentes que consideran ser la voz del pueblo, sin considerar a todas las demás fuerzas que existen. Se trata de la antesala a los regímenes autocráticos o dictatoriales, donde se busca la concentración máxima del poder en pocas manos.
Cuando eso sucede estamos frente a una sociedad en peligro, una sociedad que debe reaccionar ante la evidencia, ante los hechos y el pensamiento responsable. De lo contrario, los resultados son desastrosos.
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