Jorge Noel Gordon Lord Byron fue un poeta inglés proveniente de la nobleza británica, un digno representante del romanticismo de su época.
Se le conoce principalmente por su último libro, “Don Juan”, de donde surge la frase histórica del conquistar, enamorado y romántico trovador, “ser un don Juan”. En efecto, Lord Byron fue un viajero asiduo y recorrió Europa y Medio Oriente, de donde logró inspiración para sus libros, principalmente por sus amores tempestuosos.
Escribió cuatro cantos que tituló “Childe Harold´s Pilgrimage”, además de “El prisionero de Chillón” y “La corriente”, entre otros libros secundarios. Los cantos fueron productos de sus viajes, incluyendo el último de su vida, cuando abandonó para siempre Inglaterra para recorrer Bélgica, Suiza, Italia y finalmente Grecia, donde murió en la guerra para liberar a esa nación de la invasión turca.

Su último viaje fue producto del gran despecho de la separación con quiera fue su única esposa, con quien duró apenas un año. Como reacción ante ese desamor empezó con sus conquistas y amores “de puerto en puerto” para escribir “Don Juan”, su última obra.
Además, escribió dramas históricos como “Marino Faliero”, “Los dos Fóscali” y “Sardanápalo”.
Su romanticismo era más que cuestión pastoril, un sueño de un mundo más libre, feliz y cargado de mucho amor. Ese ideal le logró fama en Europa, aunque en sus inicios recibió una fuerte crítica del conservadurismo inglés.

Le compartimos cuatro de sus obras más conocidas:
Canción de Medora
Mi corazón en misteriosa calma
dulce secreto de placer oculta:
cuando me miras te lo dice el alma,
y luego allá en su fondo lo sepulta.
Luz que no apagan las tinieblas arde
con tibios rayos en el alma mía;
si inútil es que sus destellos guarde,
por qué así lucha con la sombra fría?
Sin consagrarme un triste pensamiento
no pases por delante de mi tumba:
lo que en mi amarga soledad más siento
es que me olvidarás cuando sucumba.
Oye piadoso mi postrer gemido;
el valor no te vede que me llores.
Ven y lo único dame que te pido:
una lágrima premie mis amores.

“Canción del Corsario”
En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
solitario y perdido, que yace reposado;
mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.
Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.
¡No me olvides!… Si un día pasaras por mi tumba,
tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido…
La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.
Escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras
-la virtud a los muertos no niega ese favor-;
dame… cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
¡la sola recompensa en pago de tu amor!…
“Sol del que triste vela…”
¡Sol del que triste vela,
astro de cumbre fría,
cuyos trémulos rayos de la noche
para mostrar las sombras sólo brillan.
!Oh, cuánto te asemeja
de la pasada dicha
al pálido recuerdo, que del alma
sólo hace ver la soledad umbría!
Reflejo de una llama
oculta o extinguida,
llena la mente, pero no la enciende;
vive en el alma, pero no lo anima.
Descubre cual tú, sombras
que esmalta o acaricia,
y como a ti, tan sólo la contempla
el dolor mudo en férvida vigilia.

“Hubo un tiempo… ¿Recuerdas?”
Hubo un tiempo… ¿recuerdas? Su memoria
vivirá en nuestro pecho eternamente…
ambos sentimos un cariño ardiente;
el mismo, ¡oh virgen! que me arrastra a ti.
¡Ay! desde el día en que por vez primera
eterno amor mi labio te ha jurado,
y pesares mi vida han desgarrado,
pesares que no puedes tú sufrir;
Desde entonces el triste pensamiento
de tu olvido falaz en mi agonía:
olvido de un amor todo armonía,
fugitivo en su yerto corazón.
Y sin embargo, celestial consuelo
llega a inundar mi espíritu agobiado,
hoy que tu dulce voz ha despertado
recuerdos, ¡ay! de un tiempo que pasó.
Aunque jamás tu corazón de hielo
palpite en mi presencia estremecido,
me es grato recordar que no has podido
nunca olvidar nuestro primer amor.
Y si pretendes con tenaz empeño
seguir indiferente tu camino…
obedece la voz de tu destino
que odiarme puedes; olvidarme, no.
Comité seleccionador:
Laura Cortés Tormo.
Olman Montero Salazar.
Geovanny Debrús Jiménez.
William Martínez Pomares.
Adrián J. Cárdenas.






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