| Dividida en dos títulos y 24 capítulos, la novela negra “El imbécil” de Geovanny Debrús Jiménez fue publicada por primera vez el 7 de junio del 2020 (en Amazon, digital e impresa), aunque fue terminada al menos un lustro antes, entre el 2013 y el 2016. Por esa razón, aunque pueda tener insólitos parecidos con la realidad actual que incluye jaguares, psicópatas, sociópatas, populistas y otras especies, cualquier parecido es mera coincidencia. Es quizás una visión de la época que estaba por venir en Costa Rica. |
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Hoy seguimos con la segunda entrega, el capítulo 2 titulado “Cuando le perdí el miedo a la muerte, también le perdí el respeto a la vida“.
Lea aquí el capítulo 1 (si no lo ha leído) y espere el próximo miércoles 25 de marzo el capítulo 3: “La poesía que debe morir”.
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Cuando le perdí el miedo a la muerte, también le perdí el respeto a la vida
“Los inteligentes crearon el mundo, pero quienes lo disfrutan son los imbéciles”. Elogio del imbécil, Pino Aprile.
Un domingo por la tarde comenzó la vorágine del ajedrez, recorriendo las calles como se recorre la vida de un personaje de película: rápido y sin rodeos. Subido en un Hyundai viejo, robado, con una placa falsa y pintado de negro, vidrios polarizados, y con drogas y licores suficientes para que nunca faltaren, esa tarde nos cargamos de adrenalina y salimos a la barbarie, con nuestra barbarie.
Normalmente a las personas, desde que nacemos, nos inyectan el miedo como si fuera la primera vacuna obligatoria (por cierto que solos los imbéciles creen en las conspiraciones de los antivacunas, pero ya volveremos sobre eso, que tengo mi propia historia al respecto). Pero tanto como las vacunas que se inventan ahora, tergiversadas, hasta el miedo se ha desvirtuado. La primera vacuna es para entregarte al padre de todos los miedos: el que le tenemos a la muerte. Nos enseñan a tener miedo hasta de nosotros mismos y, cuando crecemos, ya nunca podremos regresar al estado original que teníamos al nacer, y, así, recuperar nuestra oportunidad de no tener miedo. No sé si me voy explicando.
La historia de la vida de los humanos es la historia de cómo los más fuertes y estúpidos se imponen a los más débiles, que fueron creados más inteligentes, pero en desventaja, aunque digan que la inteligencia sea una ventaja; así no lo confirma el pasado de la humanidad, ni el presente. Al nacer solo sabemos observar, ya después todo será inevitable: las sociedades humanas, una tras otra, se encargarán de meternos su maledicencia y podredumbre por el culo, como un supositorio genético, desarrollada a lo largo y ancho de su historia. Inteligencia sin fuerza es solo una ilusión de un mago.

Pero yo lo había descubierto, lo había madurado y ahora lo entendía muy bien, y vivía alejado de esos prejuicios y amenazas, teniéndolo presente en cada una de las que serían mis vicisitudes futuras. Esas ideas habrían de salvarme la vida muchas veces en la ciudad o en la montaña, como cuando una vez estaré frente a unos mineros clandestinos en Talamanca.
Si no se tiene miedo a nada, ni a la muerte, entonces se tiene el mundo solo para uno. Lo que se quiera se consigue, en el bien o en el mal, que al final de cuentas se funden en uno solo. Nuestro mundo lo permite, podés lograr algo muy malo; pero el mundo lo entenderá como muy bueno si uno sabe alinear los recursos a su favor. Ahora puedes hacer algo malo y, al menos, de manera democrática, contar con el apoyo de la mitad de la gente que, por dinero o poder en la dosis o cuota adecuadas, te defenderá. Algunos, los más brutos, te defenderán solo por tu fama y la hablada que les echés. Y si naciste con herencia solo necesitarás un poco de inteligencia, obtener los títulos y requerimientos sociales de prestigio, y procurarte alguna simpatía balanceada.
Los polos del bien y del mal son los más centrados del mundo, se diluyeron tanto que ya no son contrarios, sino ambivalentes. Aunque llegué a aprender eso con el paso de los años, en mi juventud fue todo instintivo, nudo tras nudo macizo a pura intuición de animal inteligente.
¿Has pensado alguna vez como algo que se supone bueno fracasa y lo malo tiene éxito? Esa es la realidad. Así de fácil.
Yo forjé mi “no miedo” a la muerte entre la infancia y la adolescencia, pero fue justo a tiempo. En mi caso no tenía herencia, así que cuando perdí el miedo a la muerte, también le perdí el respeto a la vida.
Ese domingo el viento que entraba por la ventana del automóvil me pegaba en la cara y me daba cuenta que aún disfrutaba, como cuando niño, de esos placeres elementales. Si me hubieran puesto a escribir en ese momento lo que sentía, lo que pensaba y a interpretar mis conclusiones de la vida, obviamente no hubiera podido hacerlo con la certeza que tengo ahora, de eso estoy seguro, es ahora el mejor momento para contarlo.
Mientras sentía el viento esa tarde de domingo veraniego, solo imaginaba qué sentido tenía la existencia de tipos como nosotros, para qué existíamos seres inadaptados, antisociales, sociópatas o psicópatas –como nos llamaba alguna nomenclatura criminológica y psicológica-, ¿cumpliríamos un necesario balance de la energía vital del mundo?
Para mis chamacos, mi pandilla, esas preguntas no existían, no les daba el armatoste para imaginarlas siquiera, ellos solo sobrevivían, subsistían, o trataban de pasarla, como decían ellos mismos. Mis chamacos solamente necesitaban un guía, un maestro, un líder, alguien que los pusiera a valer algo, para no sentirse una basura como la sociedad los tenía registrados en sus tipologías. Pero es que en realidad eran una basura ellos, no entendían nada, con costo leían los rótulos de las tiendas que asaltábamos, debía decirles las cosas varias veces y, en la mayoría de casos, solamente atendían a la fuerza, es decir, bajo la presión del miedo. Ellos sabían que yo no temía, que me preocupaba y me ocupaba de la vida sin pensar en la muerte. Por eso me temían. Además, en su pobre entendimiento, ellos aceptaban que yo era más inteligente que cualquiera de ellos, me admiraban.
Excepto el caso de Chicho, que ya casi le cuento, nunca me vieron matar u ordenar la muerte de alguno de los míos. Pero es que no soy tan bruto: cuando uno de ellos me fallaba lo mandaba a matar con un sicario, en el tiempo en que nadie lo esperaba, justo cuando ya ellos habían olvidado quizás y pensaban que yo había perdonado o me había hecho el maje. Luego los dejaba especular entre ellos, los dejaba con sus conjeturas de que fue otro compa al que traicionó, algún traficante al que le debía, quizás una simple riña en las que le sacaron el chopo. Tenían tantos enemigos que les era difícil imaginar cuál de ellos había matado a su “compa”. Nadie se atrevía a preguntarme, pero sé que en el fondo ellos intuían que era yo, de otra forma no tendría sentido matarlos; el miedo debe hacer efecto. También les generaba más ansiedad y con ello más inseguridad, los tenía cagados, tanto que ni chance tenían de pensar mucho en mi superioridad, simplemente la aceptaban; es más, se refugiaban en ella. Cuando a alguno se le ocurría dar una señal de que quería imponerse al líder, pronto lo calmaban entre ellos mismos. Yo le hablaba como amigo, le aconsejaba y pronto el perro estaba dócil y acatando órdenes con el mismo entusiasmo de antes.
No fue igual con Chicho, un infeliz que además de haber sido mantenido de su pobre mamá, se creía el gran ladrón a puro engaño. Hablamos del típico matón que tiene a la gente asustada porque se dice amigo de lacras, pero las lacras tampoco lo quieren.
- Mae, sos un jueputa engañado –le receté esa tarde-, pero me caés bien.
- Si usted lo dice jefe –me había respondido incrédulo, sin poder evitar molestia contenida. Eso tenía: no era tan bruto como los demás.
- Así lo digo, dejá de andar amenazando y retando gente a pelear, que te la van a cobrar feo, todo buchón muere pelón mae –le dije esa tarde en que andábamos por Heredia. Se apachurró, se quedó mirando hacia abajo y calló como quien no tiene alternativa. Quise animarlo, pero ya quedaba fichado, su actitud lo dejaba en evidencia:
- Pero tranquilo mae, aquí tenés tus padrinos, tu sangre.
- Aro jef –me dijo escuetamente.
Chicho tenía sus días contados. No era la primera vez que se resistía a mis sugerencias y tarde o temprano nos iba a meter en problemas. Pero fue él mismo quien se enterró.
Peor aún, cuando uno de ellos quiso matarme para sustituirme en el liderazgo, quizás influenciado por alguna serie de televisión gringa, terminó en el Parque Braulio Carrillo, cerca del túnel del Zurquí. Nunca descubrieron nada sobre su muerte, pero de todas formas poco les interesaba a los agentes del Buró de Inteligencia Judicial (BIJ), para ellos como para mucha gente, la muerte de un criminal en una rencilla de pandillas o de grupos narco, solamente significaba un poco menos de basura en el mundo.

- Ahora no llore maricón, se la sentencié desde antes –le dije levemente, sin alzar la voz, sin enojarme, y mirando hacia la inmensidad cautivante del Braulio Carrillo; estábamos al final de una calle por las cercanías del Zurquí, una calle de barro que conducía posiblemente a una finca abandonada. Desde esos días empecé a enamorarme de aquel verde intenso y su maravillosa diversidad de vidas. Creo que fue incluso esa tarde cuando me propuse que más adelante iba a conocer como nadie esos recónditos parajes que esa tarde, sin nubes, se veían sencillamente hermosos, casi diría que entusiastas por sí mismos.
- ¡Por favor, por favor, ya aprendí la lección, en serio, en serio, yo le prometo que haré lo que diga, lo que diga! –vociferaba llorando, entrado en pánico, porque sabía que yo no perdonaba, que yo no dejaba cabos sueltos.
- Es la vida, Chicho, se aprende cuando ya es tarde. Dispárele –ordené a rajatabla.
- Si me mata, alguien vendrá por us…
El disparo hizo eco en el horizonte, mientras yo iba extendiendo la mano para detener la orden, muy tarde. Miré a Pirro, el encargado de acabar con aquella miserable vida, como queriendo reclamarle su disparo, sin dejarlo terminar su expresión, pero me di cuenta que no tenía culpa, yo había dado la orden ya; estaba hecho. Desde tempranos años de mi vida, había decidido que yo no mataría a nadie que hubiera tenido relación conmigo, como un compa de pandilla o tal vez un familiar; pero sí me encargaba de las víctimas de nuestros atracos.
No me gustaba dejar cabos sueltos, Chicho lo sabía, por eso como una revancha virtual quería dejarme una amenaza para carcomer mis sentidos: ¿habría dejado a alguien encargado de matarme?, ¿habría dejado pruebas para incriminarme de alguna manera y joderme? Su propósito estaba cumplido, su muerte dejaba huella, el matón engañado había demostrado ser más astuto de lo que pudiera imaginar. Gajes de una muerte anunciada.
Me senté al borde del guindo donde tiraríamos el cuerpo y, con la misma ecuanimidad que había tenido, lo miré por última vez. Sangraba desde su sien izquierda y lo rodeaba un aura azul que se iba haciendo cada vez más morada, luego conclusivamente violeta. Había muerto medianamente satisfecho el infeliz.
- Cuando el río suena, piedra trae –les dije.
- ¿Usted cree que haya movido algo el Chicho, boss? –me dijo Pirro, evidentemente apenado por no haberse contenido a tiempo.
- Siempre es posible, pero ese hijueputa no era tan bicho –agregué.
Lo habíamos matado como tres meses después de que nos dimos cuenta que había hablado de más. Reuní a Pirro y al Negro para encargarnos de Chicho, ellos mismos habían llegado a informarme que el idiota había cantado borracho que yo era cualquier mierda y que tarde o temprano “me le voy a ir arriba, me lo voy a ganar”. Siempre había sido imprudente, pero no muy estúpido, un personaje interesante la verdad, un bocón con algo de materia gris. Chicho era un amante de los placeres primigenios, de la comida llena de grasa y glutamato monosódico, del sexo sádico, del guaro vaquero, de los excesos hacia arriba. Un imbécil con astucia, como no lo son la gran mayoría de los criminales que ocupan las cárceles.
El único estudioso, autodidacta por gusto, que conocía entre mi gente, era yo. La diferencia es que, a pesar de estudios universitarios y de cientos de lecturas, yo nunca me tragué el cuento del sistema y sus valores, ni su educación, ni sus principios. Toda esa mierda educativa que nos enseñan por miedo a que las sociedades se descalabren, pero que de igual manera ya están hechas una porquería; a mí solo me provocaba hacer chistes irónicos.
Recuerdo que después pensé en lo hijueputamente bello que es el paisito este en que vivimos, mientras miraba las montañas, al amanecer. Eso sí era sarcasmo puro.
Al entrar la noche ya tenía sed, cruda, tenía un poco de sueño a pesar de las subidas; también sabía que mi cansancio era más por el esfuerzo mental. Yo consumía más energía que ellos, pero ellos iban con miedo, y el miedo los consumía más aún. Cuando ya nos vimos por San Isidro de Heredia me tranquilicé, en esas calles difícilmente podíamos ver un policía. Yo conocía varias calles sin salida que iban hasta las mismas faldas del Braulio Carrillo por varios lados.
Soñaba con que me apareciera un jaguar, para parármele de frente y dominarlo a pura fuerza de mirada, poder levantarle la mano y obligarlo a partir montaña adentro; el momento más grande de mi existencia, el más intenso y grande, el día que pudiera pasar eso, mi imposible en la vida. El jaguar era un dios para los aborígenes, para ellos –a quienes respeto muchísimo por su legado cultural, contrario al mundillo materialista que tenemos, lleno de carencias que se convierten en miedo y ricos malparidos que se aprovechan de ese miedo- el mayor miedo era él, pero ellos no eran tan temerosos como dicen algunos, porque para ellos todo lo que les rodeaba es creación y por ello divinidad, paz, parte de ellos, ellos parte del todo. No hay miedo cuando uno comprende y vive la creación como parte de uno mismo, eso entiendo ahora.
En esa calle sin salida, que conducía a una finca, podíamos dormir en el carro hasta el día siguiente, cuando ya los descerebrados policías hubiesen dejado de buscar. Nunca han tenido ni instinto ni astucia los ingenuos para encontrar a quienes se escapan; ni lo intentan, se rinden a una cuanta distancia.
- A rolear, lo mejor que se puede hacer ahora -les decía.
***
Pero debe empezar la historia por el principio. Ese día me junté con unos drogadictos sedientos de hacer algo más que lamerse las heridas de sus miserables vidas, se trataba de Chicho –antes de que lo despacháramos-, Pirro y el Negro. Mis pandilleros del barrio, adictos de cualquier droga, alcohólicos, ansiosos sin control mental alguno.
Primero, en el momento de mayor éxtasis –yo también había inhalado cocaína-, quisimos asaltar a un grupo de extranjeros suramericanos. Pudimos someter fácilmente a los dos hombres, pero una de las mujeres, una argentina, se puso a vociferar mierdas:
- ¡Lacras inútiles, no, no nos ataquen cobardes miserables!
- ¡Callen a la zorra! –dijo uno de mis compinches.
- Párenla boludos… -fue lo último que dijo del caño de su boca. Le inyecté un tiro exactamente en ella.
Más tarde en Heredia nos topamos con un par de tipos, un tico y un canadiense. Debo confesar que esos días tenía un fuerte sentimiento xenofóbico, bueno, la verdad es que siempre lo tuve. Aborrecía a los extranjeros que llegaban al país a querer imponerse, a querer decirnos lo malo que tenemos o que somos, a decirnos en nuestra cara lo que somos. Hasta los delincuentes querían hacerlo mejor, venían y contrataban costarricenses tontos, y ellos siempre se ponen como jefes, siempre ganan más, se suponen saben más, y al final son los que más se abusan. Uno de los tipos de Heredia era un gringuillo joven, que hablaba español como mexicano; se resistió al asalto y le atravesé el balazo. El otro era tico, se la perdoné. Y sí, huimos desaforadamente.
Unas horas más tarde secuestramos a dos mujeres que iban saliendo de un hotel en Escazú, les hicimos un “paseo millonario”, nos las cogimos y luego las tiramos en unos cafetales de Heredia. La verdad es que las mujeres se dejaron coger, como si estuvieran consintiendo el asunto. Yo creo que ese tipo de mujeres son sadomasoquistas, mujeres que disfrutan al máximo su sexualidad, sin tabúes, por eso se dejaron llevar por la vorágine de droga, alcohol y sexo; incluso pidieron condón y prometieron no hacer ninguna estupidez. La pasamos bien con ellas.
De la experiencia con ellas, siendo yo aún bastante joven, rondaba los veintitrés años quizás, recuerdo haber aprendido que la línea entre lo que está mal y bien, en estos tiempos, estaba cada día más indefinida; eso me alentaba en mi interpretación de la realidad, de lo que hacía con mi vida. Aquellas mujeres disfrutaban de lo sucio también, se dejaban llevar tanto como un grupo de simples ladrones de la calle, y luego supimos que ellas eran simples recepcionistas de un hotel fino, eran bilingües y provenían de una familia al parecer “decente y trabajadora”.
Aún recuerdo a una de ellas, bien drogada para ese momento, moverse con gran sentido de orientación de la danza sobre mi pene. Sabía hacerlo como las grandes, sus tetas –dignas de una chica Playboy- la hacían verse como una legítima actriz porno. Nunca dejó que yo asumiera posición de monje; en pocas y bien pensadas movidas encima logró que me viniera como los dioses. Si de eso se trata violar mujeres, yo seguiría haciéndolo con todo gusto; sin embargo, todos sabemos que no es así, solamente habíamos tenido suerte de encontrarnos dos muchachas astutas y sensuales, que prefirieron disfrutarlo antes que sufrirlo. Cualquiera diría que me lo inventé, pero no, por eso lo recuerdo muy bien.
- A veces se coge uno a tipos asquerosos en una noche de copas, ¿qué los diferencia a ustedes? Quizás si lo hubieran pedido en un bar hubiera sido mejor –me dijo una de ellas, muy dueña de sí misma.
- ¿Y ustedes no son putas? –le pregunté.
- Podríamos serlo y ganar buena plata, pero no, nuestras familias no lo soportarían, pero es más divertido así, sin remordimientos de ninguna mierda –me respondió, como quien no prefiere complicarse la vida. Me excitó la breve charla con la zorra y la volví boca abajo, y seguí dándole duro por atrás.
En cada rincón o esquina de la vida, nos encontramos con algunas experiencias que nos intensifican la existencia, de ellas aprendemos.
Las dejamos tiradas cerca de unos cafetales, para que duraran bastante en regresar a algún lugar con gente, y nos disparamos –no literalmente- por las calles de Heredia, viendo las luces de la Meseta Central a lo lejos, como una constelación en el espejo.
Lo sucedido esa tarde y noche siempre viene a mi recuerdo, quizás una de las experiencias más intensas en esos tiempos de imberbe aún estúpido, o quizás la primera realmente intensa y cierta para mí.
Ese día andaba en mi bolsa izquierda, por casualidad, una pieza del juego de ajedrez, se trataba de un peón blanco. Se me ocurrió que era mi primera gran jugada, mi primer movimiento y lo dejé insertado en la garganta del gringo de Heredia –que en realidad era canadiense-, grotescamente, después de haberlo derribado con el primer balazo. Peón blanco del rey dos movimientos hacia adelante.
Esa sería en adelante la única pista posible para que alguien pudiera imaginarse sobre mi existencia. Sin embargo, no sabía cómo la usaría, en ese momento era simplemente una ocurrencia por aburrimiento mental; quería hacer algo interesante o curioso, y decidí ir dejando piezas de ajedrez. Con los caballos, alfiles, torres y la dama se puso mejor.
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