Por Josué Herdel* | “Hola. ¿Qué precio tiene la consulta?”
Esa es una de las preguntas más frecuentes que recibo cuando alguien contacta a mi consultorio psicológico. Y, paradójicamente, en muchos casos esa primera pregunta se convierte también en la última. Cuando la persona escucha el costo, comprende que el servicio está fuera de su alcance y desiste de reservar una sesión.
Esto ocurre incluso cuando se explica que, en casos muy calificados, el Colegio de Profesionales en Psicología permite excepciones a las tarifas mínimas por razones de conciencia social y solidaridad humana. Sin embargo, estas excepciones están pensadas para situaciones extremas, no para la gran mayoría de personas que simplemente no tienen suficiente capacidad económica.

Por lo tanto, el refrán “Querer es poder” muchas veces no aplica cuando se trata de ir a psicoterapia en Costa Rica. Estamos ante una realidad incómoda: una persona puede tener la intención, la necesidad e incluso la urgencia de recibir atención psicológica, pero simplemente no puede. ¿La razón? No es falta de voluntad: es falta de acceso, particularmente acceso económico.
El costo del proceso: una barrera estructural
El problema no es solo el costo de una sesión, sino la naturaleza misma del proceso psicoterapéutico.
A diferencia de muchas consultas médicas privadas, que pueden darse una o dos veces al año, la psicoterapia, en la mayoría de los casos, no basta con una sola sesión, sino que implica un proceso continuo con citas semanales, quincenales o, en el más distante de los casos, mensuales.
Para el año 2026, la tarifa mínima de una sesión individual de psicoterapia ronda los 30.000 colones (incluyendo el IVA). Si se piensa en un proceso ideal, es decir, semanal, el costo por mes supera fácilmente los 100.000 colones.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿Quién puede pagar eso de forma sostenida durante varios meses? La respuesta es clara: no todos. Esto hace que la psicoterapia caiga inevitablemente en la categoría de servicios de salud de privilegio.
¿Y el sistema público? Un acceso fragmentado
Ante esta realidad, podría pensarse que el sistema público de salud es la alternativa. Sin embargo, la situación ahí tampoco es alentadora.
La alta demanda y la limitada oferta han generado lo que muchos describen como un “embudo”. Las citas pueden tardar meses en asignarse, y una vez dentro del sistema, los espacios entre sesiones son tan largos que se pierde la continuidad del proceso terapéutico.
Una cita cada tres o cuatro meses —o incluso cada seis— no constituye un proceso de psicoterapia. A esto se suma la saturación de los profesionales, quienes deben atender numerosos pacientes en jornadas intensas.
El resultado es un acceso formal al servicio, pero sin el impacto real que requiere un proceso psicológico efectivo.
El factor político
Lo anterior no es casualidad; es resultado de decisiones políticas y económicas en las cuales la salud mental no ha sido una prioridad.
Existe una correlación clara entre problemas emocionales y enfermedades físicas. Invertir en salud mental no solo mejora la calidad de vida, sino que reduce costos en el sistema de salud general. Aun así, históricamente la inversión ha sido limitada, y no se perciben vientos de cambio:
En las recientes elecciones presidenciales, algunos candidatos tomaron en cuenta el campo de la salud mental. Por ejemplo, Ariel Robles, del Frente Amplio, indicó que un gobierno suyo se comprometería a financiar el acceso a servicios de salud mental desde la Caja Costarricense de Seguro Social, señalando que no es posible que hoy acudir a un psicólogo o a un psiquiatra sea un privilegio de unos pocos, cuando se trata de servicios que, literalmente, pueden salvar vidas.

Sin embargo, en el plan de gobierno de la presidenta electa, Laura Fernández, la palabra “psicología” brilla por su ausencia en términos de propuestas de contratación o expansión de servicios.
Por lo tanto, desde el nivel político, la accesibilidad a la psicoterapia continuará, por ahora, siendo limitada.
El factor macro: cuando el problema es el sistema
Aquí cobra relevancia una pregunta planteada por Jacque Fresco a los psicólogos: ¿cómo podemos estudiar el comportamiento humano sin estudiar el sistema de dinero?
Es una pregunta vital porque, al final, todo converge ahí: la accesibilidad, la oferta, las decisiones políticas, las prioridades institucionales… todo está condicionado por ese sistema.
El dilema central: dos necesidades que chocan
Que haya muchas personas que necesitan psicoterapia y no tengan acceso al servicio en nuestro país no se debe a la falta de profesionales en psicología. Costa Rica cuenta con una de las mayores densidades de profesionales graduados y disponibles por habitante en el continente.
Entonces, la pregunta clave es: ¿Qué está fallando en el medio? La respuesta es el factor dinero. Y esto nos lleva a un dilema fundamental: ¿Cómo empatar la necesidad de acceso de la población con la necesidad de ingresos de los profesionales?
Los psicólogos, como cualquier otro ciudadano, también necesitan vivir de su trabajo. Las tarifas mínimas existen precisamente para garantizar condiciones dignas y evitar la competencia desleal.
Pero aquí aparece el efecto paradójico: cuando las tarifas son demasiado altas, muchas personas no acceden al servicio, y cuando no acceden, el psicólogo tampoco tiene pacientes. Pierden ambos.
El valor del pago: una dimensión psicológica
Este tema no es nuevo. Incluso Sigmund Freud lo abordó desde una perspectiva clínica. Freud sostenía que el pago no es solo un tema económico, sino también psicoterapéutico. El hecho de pagar, observó Freud, reduce la resistencia del paciente y aumenta el compromiso con el proceso, ya que se siente más implicado en el trabajo introspectivo. Además, evita relaciones de dependencia emocional con el psicoterapeuta, pues el vínculo se establece en un marco profesional y no de asistencia caritativa.
En ese sentido, el dinero funciona como un regulador del proceso. Y, en la práctica, esto tiene sentido: en nuestra cultura, aquello que cuesta suele valorarse más. Pero si nos quedamos únicamente en esa lógica, volvemos al problema inicial: si cuesta demasiado, muchas personas quedan fuera.
Otro factor incómodo: las prioridades personales
También hay que decirlo: no todo es falta de dinero. En muchos casos, es un tema de prioridades. Hay personas que sí tienen cierto margen económico, pero prefieren destinarlo a consumo, entretenimiento o bienes materiales antes que a su salud mental. Esto no implica juzgar, sino reconocer que existe una falta de educación y sensibilización sobre la importancia del bienestar psicológico.
Aun así, este argumento no aplica para todos. Hay personas que, simplemente, no pueden pagar.
¿Qué se puede hacer? Propuestas desde la realidad
Si desde la política no hay soluciones inmediatas, entonces es necesario pensar en alternativas desde el propio gremio.
Las tarifas mínimas pueden seguir siendo establecidas por el Colegio de Psicólogos; sin embargo, es posible ampliar su flexibilidad mediante diferentes estrategias. Esto podría implicar una modificación al artículo 60 del Código de Ética y Deontológico, que actualmente permite excepciones solo en casos muy calificados. La idea sería ampliar ese margen sin que dichas excepciones se conviertan en la norma.
1. Descuentos en fechas especiales
Mantener las tarifas mínimas, pero permitir descuentos en fechas relevantes relacionadas con la salud mental o la psicología, como el Día de la Persona Profesional en Psicología, el Día Mundial de la Salud Mental, el Día de la Prevención del Suicidio, entre otros.
2. Estrategias de incentivo
Promociones como una sesión gratuita tras cierto número de asistencias pueden favorecer la continuidad del proceso terapéutico.
3. Pago según capacidad real
Más allá del ingreso, considerar la capacidad de pago real de la persona, tomando en cuenta también sus gastos y deudas. Este tipo de modelo ya se utiliza en sistemas de crédito y asignación de ayudas sociales, y podría adaptarse al contexto de la psicoterapia bajo estricta confidencialidad.
Aclaraciones importantes
Por qué es urgente flexibilizar las tarifas:
La psicoterapia no está fuera del sistema de dinero. En un entorno donde los servicios utilizan estrategias para facilitar el acceso y estimular la demanda, resulta contradictorio esperar que las personas accedan a la terapia sin aplicar mecanismos similares. Adaptarse a estas dinámicas no es mercantilizar la salud mental, es reconocer la realidad en la que se intenta brindarla.
Tarifas menores no significa menos ingresos:
Reducir el costo por sesión no necesariamente implica menores ingresos. Un mayor acceso puede traducirse en un mayor volumen de consultantes, generando un equilibrio económico para el profesional.
Conclusión: querer no basta
El problema no es la falta de interés por la salud mental. El problema es la falta de accesibilidad.
Hoy en Costa Rica existe una desconexión evidente: hay personas que quieren ayuda, pero no pueden pagarla; y hay profesionales que pueden brindarla, pero no logran conectar con esa demanda. Y en medio de ambos, el sistema.
Si realmente se quiere mejorar la salud mental del país, no basta con buenas intenciones. Hay que diseñar soluciones reales que equilibren ambas necesidades.
Preguntas para la reflexión
- ¿Alguna vez he querido acudir a psicoterapia pero no he podido hacerlo por razones económicas o de acceso?
- ¿Cómo influye el factor dinero en mis decisiones relacionadas con mi salud mental, y qué lugar ocupa realmente dentro de mis prioridades?
- ¿Hasta qué punto considero justo o injusto que el acceso a la psicoterapia dependa de la capacidad económica de las personas?
- ¿Qué tipo de soluciones considero más viables para equilibrar el derecho de acceso a la salud mental con la necesidad de que los profesionales vivan dignamente de su trabajo?
*Psicólogo y escritor Josué Herdel. Email: info@hupebeen.com







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