Por Carlos A. Castel* | En un hecho sin precedentes en la historia política costarricense, el presidente de la República enfrenta la pérdida de inmunidad, ese manto constitucional que hasta ahora vestía su gestión. La metáfora es inevitable: como en el cuento de Hans Christian Andersen, el rey está desnudo y por primera vez todo el pueblo puede verlo. La inmunidad era la última prenda que cubría un estilo de gobierno que desde sus inicios apostó por el conflicto institucional, la polarización y el terraplanismo democrático.
La gestión presidencial se desenvolvió bajo una lógica particular: si la institucionalidad no se doblegaba a su voluntad, entonces era obsoleta. Así lo demostró cuando, en sus primeros meses, intentó gobernar por decreto, ignorando el delicado equilibrio de poderes que sustenta nuestra democracia. Como señala un apartado de Teclado Abierto sobre Sala Constitucional, donde su función “vino a frenar los abusos de poder y con ello se fortaleció la división de poderes”, estos intentos fueron sistemáticamente frenados, lo que no impidió que el mandatario los presentara ante sus seguidores como una muestra de “valentía” contra un sistema “anquilosado”.
Su retórica se orientó, estratégicamente, a minar la credibilidad de todo contrapoder. Los medios de comunicación tradicionales fueron blanco constante de sus ataques, acusados de ser “mentirosos” y “desinformadores”. En su lugar, promovió un ecosistema de comunicación alternativo donde las redes sociales y creadores de contenido afines se convirtieron en su megáfono oficial, un espacio donde la crítica se diluía entre algoritmos y likes. Esta estrategia, documentada por Semanario Universidad (Chaves evade ampliar uso de redes), buscaba crear una burbuja de validación permanente, una corte digital que aplaudía cada decisión sin cuestionar el tejido de la realidad. Aplaudían al rey vestido con armadura.
Esta narrativa se alineó perfectamente con grupos negacionistas y antivacunas, a quienes brindó una plataforma y un reconocimiento que antes no tenían en la esfera pública. Fue el flautista de Hamelín de los desencantados, prometiendo una verdad alternativa libre de “intereses oscuros” y “élites corruptas”. Su melodía seductora hablaba de simplificar lo complejo, de destrabar proyectos “a punta de machete” y de convocar un referéndum que carecía por completo de sustento jurídico y pretendía saltarse a la Asamblea Legislativa para imponer su agenda.
El hostigamiento a las instituciones fue una constante. El Poder Judicial, la Contraloría General de la República y la propia Asamblea Legislativa fueron fustigados públicamente bajo epítetos de “negligentes”, “burocráticos” y “obsoletos”. Cada control, cada procedimiento, cada freno fue presentado no como un pilar de la democracia, sino como un obstáculo deliberado para el “progreso” del país.
Pero la música del flautista, al final, encontró su límite en la partitura de la Constitución. La pérdida de inmunidad no es un acto de venganza política; es la consecuencia jurídica de un camino elegido. Es el momento en que el pueblo, representado por los diputados, deja de seguir la melodía y ve al flautista tal cual es: un funcionario más, sujeto a la ley como cualquier otro ciudadano.
La desnudez del rey es, en el fondo, la reivindicación de la democracia. Prueba que ningún poder es absoluto y que las instituciones, aunque imperfectas, contienen los mecanismos para autorregularse. La fábula termina con una lección clara: se puede engañar a muchos por algún tiempo, pero la verdad, como la ley, siempre termina por imponerse. La melodía se ha acabado y el flautista debe ahora enfrentar la sinfonía de la ley.
*Periodista y Comunicador Social. Doctor en Educación.
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