OPINIÓN. La educación de Costa Rica, pero quizás también la del mundo, necesita una propuesta curricular de educación integral que se atreva, sin miedos ni reticencias a ir aprendiendo en el proceso, sin mejor premio que la ilusión de impulsar una reforma de gran beneficio social.
Sin adentrar mucho en el tema, ya conocemos los deficientes resultados de la educación actual. Desde los informes PISA o del Estado de la Educación hasta lo más visible con una observación simple en la gente sobre la carencia de comprensión lectora, la incapacidad para realizar operaciones básicas de la matemática, la incapacidad de análisis lógico y crítico o la carencia de cultura política, la educación nos asusta y nos plantea tristezas, pero también un enorme reto.
Hacer una propuesta curricular de educación integral hoy es como hacer palomitas de maíz en una olla, cuando se tiene un horno de microondas y un paquete listo para cocinarlas en él. El mensaje no es muy elaborado: se trata de complicar el proceso cuando supuestamente todo está listo y es fácil. Pero, además, es como arar en un desierto, donde no hay agua; es decir, no hay voluntad, no hay disponibilidad ni hay interés.

Este, por ejemplo, es un artículo que poca gente leerá, a poca gente interesará y mucha menos gente lo tomará en serio para hacerlo viable. Pero como toda utopía, el placer máximo está en crearla y soñar.
Desde que empecé a impartir lecciones, hace más unos 28 años, primero en la Escuela República de Perú (con apenas 23 años de edad), luego en varios centros educativos de secundaria -tanto públicos como privados- y en universidades privadas, así como en la educación informal y la especializada, hasta el presente, he tenido la enorme curiosidad por crear una propueste educativa adecuada y vanguardista.
Entonces me di cuenta que una propuesta curricular venía emparejada de una propuesta de centro educativo ideal. Y lo construí varias veces, en una novela de ciencia ficción que aún no termino, así como en un proyecto propio para fundar un colegio privado que incorporara mis ideas (que no se ha concretado). Durante esas casi 3 décadas he venido madurando esta idea que, soy conciente, transita por el espacio de la utopía.
Una propuesta curricular de educación integral
El actual currículo educativo no tiene sentido, fue pensado para una enseñanza de hace mucho más de un siglo y sigue anquilosada entre una teoría y metodología conductista-memorista y un intento de sistematicidad que se deteriora fácilmente por falta de una claridad general. Las diferentes administraciones del MEP no hacen más que ponerle parches a un mamotreto disfuncional.
Se debe empezar por un cambio en las materias que se imparten.

Estudios Sociales ya debe convertirse definitivamente en la materia de “Ciencias Sociales” e incluir dentro de su temario varias temáticas fundamentales de las disciplinas sociales, además de Historia y Geografía. Educación Cívica debe desaparecer como tal y convertirse en “Cultura política o educación política”, pero dentro del mismo programa de Ciencias Sociales.
Entonces sería UNA SOLA materia llamada Ciencias Sociales (1), donde se incluya en el temario asuntos fundamentales de: historia (y antropología), geografía, cultura política, introducción a la economía, derechos básicos (nadie puede alegar ignorancia de la ley) y derechos humanos, estadística descriptiva (social data) en temas sociales, técnicas de administración de negocios (trabajo en equipo, emprendedurismo, finanzas básicas, etc.), entre otros contenidos.
Las artes plásticas, industriales, música y demás disciplinas hoy consideradas “especiales”, de menor importancia, debería formar una sola material: Artes y Culturas (2), donde también se incluyan manifestaciones de la enorme diversidad de culturas que existen. Incluir teatro, danza, circo, performance, arte contemporáneo dentro de las artes escénicas, además de la música y las artes visuales que ya están. También las artes audiovisuales, más aún en nuestro tiempo.
En las Ciencias (3), incluir sostenibilidad y ambiente, sin duda, pero la astronomía y temas de botánica y zoología. Esta sería, quizás, la materia que menos cambios requeriría, pero se debe dar mucho énfasis al método científico y la ética de la ciencia.
En el currículo de hoy existen varias tecnologías confusas en varios programas, que ya deberían verse integralmente en una sola materia: Tecnologías (de la comunicación, cibernéticas, industriales, etc.) (4).
Español debería pasar a llamarse Lenguaje y literatura (5), donde la lectura, como la escritura creativa, sean fundamentales. Pero debe rehacerse el plan de estudios, la lectura en todos los aspectos de la vida (no solamente de libros), la lectura como arte, como comunicación colectiva, como análisis de discurso y como análisis de contenido. El lenguaje como esencia de la comunicación humana. La literatura como una de las artes que usa el lenguaje. Otro enfoque de literatura como disfrute y arte, no como obligación de lectura, sobre todo de clásicos incomprensibles que no enseñan nada a ese nivel (como el Quijote de la Mancha, ciertamente).
Y las matemáticas (6) debe ir de la mano de la lógica, pero sobre todo debe enseñarse con aplicación directa a casos cotidianos y profesionales de uso práctico en el futuro. Más encanto al descubrirla aplicándola. Hay temas en matemática de bachillerato, por ejemplo, que no son necesarios a ese nivel, ni nunca lo serán. No hablo aquí de una educación técnica o creada solamente para el trabajo, sino una que sea útil para emprender, para construir, para operar y para inventar.
¿De qué sirve a un joven de 18 años trigonometría o álgebra avanzada, por ejemplo las funciones trigonométricas o ecuaciones de segundo grado con dos incógnitas, si su desempeño es en el área de las letras, de las artes o de las ciencias sociales?
Finalmente, Idiomas (7), donde el estudiante podrá escoger entre inglés, francés, mandarín e incluso una lengua indígena. También debería de incluirse un curso de lenguaje de señas.
Al final son solamente 7 materias generales, que sean vistas en un mismo nivel de importancia y necesidad de aprobación, sin diferencias entre materias principales y especiales (que como hoy terminan por ser desdeñadas o relegadas).
Eso nos lleva a la propuesta fundamental: desde décimo año (educación diversificada) el estudiante ya debería llevar las materias al estilo universitario, llevando un programa donde debe cumplir con requisitos, como créditos mínimos para poder graduarse.
Por ejemplo, llevar al menos 2 de 4 cursos de matemática, 3 de 4 de Lenguaje y literatura, 3 de 4 de Ciencias Sociales, 3 de 4 de Ciencias, 3 de 4 Idiomas, 2 de 4 de Artes y Culturas, así como 2 de 3 tecnologías (las cantidades son sólo ejemplos, no propuestas). Es decir, que él vaya modelando qué le interesa estudiar más. Y que cada curso sea semestral y deba pasarse con un promedio entre un examen oficial del MEP y la nota del curso (que se aplique de manera virtual). En lugar de la tontería actual de pruebas diagnósticas y demás inventos cada 4 años con cada nuevo ministro o gobierno de turno y sus ocurrencias.
Es como darle al estudiante la oportunidad de que curse nivel intermedio en las materias que no son de su interés y nivel avanzado en las que quiere desarrollarse académica y profesionalmente. Así todos cursan un nivel aceptable de contenidos y se especializan más donde así lo desean desde los 15 años.
Las materias pueden numerarse por su nivel de complejidad y llevarse en ese orden: Ciencias Sociales 1, Ciencias Sociales 2 y así sucesivamente en todas. Así las cosas, incluso un nivel 4, por ejemplo, sería más especializado o avanzado, de manera que brinde mejores conocimientos y herramientas a quienes desean estudios universitarios en ciertas disciplinas.
Así, a manera de ejemplo, novelas como “Cien años de soledad” o “Los miserables” podrían leerse en un curso de Lenguaje y Literatura nivel 4, así como álgebra avanzada y trigonometría más compleja podría ser en Matemáticas nivel 4, mientras la física cuántica o compuestos químicos se puede estudiar en Ciencias de nivel 4.
Una utopía educativa
El principal escollo para un plan así pasa por las deficiencias en la formación docente, así como la necesidad de re capacitar a los educadores, de manera que posiblemente serán los primeros en oponerse a algo así. Aquí es donde el asunto se vuelve utópico. Algo así quizás que nunca será posible con los educadores que tenemos hoy (y sus sindicatos), porque eso requiere reaprender, aprender nuevas cosas, hacer cambios y esfuerzos que la gran mayoría nunca quiere.
Sé que para esto se necesita una reforma educativa y varios años de adaptación, así como un gran grupo de personas en un esfuerzo conjunto que, ante todo, necesitará voluntad política, una de esas voluntades de hierro de un gobernante que realmente se interese por la educación, la ciencia y la cultura. Pero de esos, escasos. Y cuando surgen se ven maniatados por las exigencias fiscales, las relaciones de poder, los sindicatos y las imposiciones económicas del momento.
La utopía es así, hermosa, pero inviable en nuestra cruda realidad.
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