A. J. Cárdenas. “No se puede tapar el sol con un dedo”, cambió el dicho por “No puedo cambiar la plurisignificación de la lectura ni aun leyendo lento”. Al menos a mí siempre me ha costado leer, el estar en contacto con el poemario Profanación del huerto (2016), de la poeta costarricense Anabelle Aguilar Brealey, me ha dejado sin argumentos.
Soy tan ciego de mi machismo que no puedo comprender lo que leo, quiero tocar un verso, y no puedo, salto los poemas, y no puedo entender, brinco, los signos, le doy con lo religioso, y solo entendía hace pocos días que me debo rendir, hay versos solo para ser leídos, ya que esperan a revelarse cuando llega el final de una época, los semas utilizados por la autora no quieren abrazar solo la mística, sino abrir el corazón de los hombres y cuestionar nuestra experiencia amorosa.

Deseo compartir tres poemas de Anabelle Aguilar, no son los mejores ni los peores, pero sí lo mejor que pude colocar en la jaula de mi alma:
Signos
Es la locura el centro de la cuerda
la claridad de lo agudo
es la lógica perdida en el instante
del parto
es refinado el envoltorio de tanta confusión
en el retorno al crepúsculo
es el ala un pequeño codo
descarnado y triste
con un ojo azul y ciego
Por qué unir ojo y lágrima
si el cuerpo es agua pura
y sagrada
Cómo es que viene el dolor
en una manzana
agujereada y dulce
¿Es así como lo dice
como lo dijo
como lo digo?
todo empezó
antes de que lo
reseñara
en las marcas
de mi cuerpo
un rencor
casi
cárdeno
se planifica en tiempo
de manera inocente
enmudece Babel.
Córtex
El insecto en el cristal
abre sus alas con elegancia
disfruta la pulpa
estar por fuera
es una ventaja
no hay compromiso
no sabe
que hay filos de navaja
cuerdas flojas
límites
desconoce
que los murciélagos
no son pájaros
hay tardes
de tardes sin higueras
y sin ciclos
es tan agobiante
el pajarillo
que lo engulle
y lo traga de inmediato
no vale la pena
tocar madera
nunca te sientes
donde se sienta
un pájaro
Minutero
No me miro al espejo
para no desaparecer
del desconcierto
de nada sirvió la levadura
ni los hilos de seda
que sagrados acariciaban
mi cara
tampoco el agua blanca lunar
luminosa que me conducía
en un carruaje celeste
era tan solo mi codicia
de alma errante
el híbrido venenoso
del gallo y del sapo
eso dijeron
bajar al infierno
para encontrar el cielo
allí decidí mi nacimiento
y mi muerte
que fue rápida
todo ocurrió en Alejandría
entre los telares utilitarios
de una generación
y fue
el fin del inicio
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