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4 – Un niño herido con el poder del odio – ¿La ficción supera la realidad?

4 – Un niño herido con el poder del odio – ¿La ficción supera la realidad?
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  • “Un niño herido con el poder del odio” es el capítulo 4 de “¿La ficción supera la realidad?”, una nueva sección donde el acontecer político y social del país se relata como un cuento con sus cualidades literarias. Tiene algo de realidad, algo de parodia y sarcasmo, y bastante de ficción.*

La voz de “La Farsa” llegaba a sus fanáticos cada semana y con resonancia entre quienes disfrutaban del morbo, del odio y del chabacanismo que profesaba desde su púlpito y desde el megáfono que la misma gente conservaba para su esparcimiento circense.

Aquella tarde se había burlado y había realizado chistes, como era usual, de cada persona que se le puso de frente y asumió como un “enemigo”, ya fuera uno declarado o uno que se inventaba para atacar a alguien. Porque él sabía que si atacaba con fuerza, con determinación, sin importar si estaba difamando y calumniando a algún funcionario decente, lograba instigar a sus hordas de fanáticos, quienes pronto seguían el ejemplo y “le daban con todo” a la víctima asignada esa semana.

-Mi padre me dio coyunda, me puso en orden y me hizo un hombre -había dicho aquella tarde no muy lejana en uno de sus discursos frenéticos.

“Ese roco dice las varas como son”, decían las hordas y eso les hacía sentir que entonces había que apoyarlo y era válido ofender y amenazar en el nombre de “La Farsa”. Pero casi nadie sabía que detrás de aquellas expresiones de odio, morbo y descarga de mentiras, había una persona atribulada con sus propios dramas.

-Su hijo necesita tratamientos especiales para recuperarse –le habían dicho meses atrás-, de lo contrario no podrá llevar una vida digna.

Instigaba a las hordas de zombies encantados, quienes le seguían de pueblo en pueblo, pero también estaban atentos al megáfono que sonaba en las esquinas de aquel país que “La Farsa” quería convertir en monarquía para ser el rey único y plenipotenciario. Cada chillido agudo, cada insulto, era aplaudido por los zombies, quienes luego iban a insultar por todo lado, en cada parque, emulando al mesías.

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Pero nadie, o tal vez pocas personas, entendían por qué tanto odio, por qué tanta amargura y frustración, por qué tantas borracheras y desórdenes emocionales. Resulta que burlarse de los demás era su forma de no llorar, de evadir la insatisfacción que llevaba por dentro, de que a pesar de tener muchas cosas materiales, no podía ser feliz con nada. Y entre más riquezas acumulaba, menos lograba satisfacción. Porque había algo más…

-Yo soy el más poderoso de este país y lo que yo digo se hace, cuando yo lo digo y como yo lo digo -expresó una noche de tantas, ebrio y perdido entre vinos y wiskis que encontraba por todo su palacio en Tonterán. “Solo los niños y los borrachos dicen la verdad”, decían en las calles para justificar las constantes borracheras. La idolatría era tan grande como absurda.

“Búrlense del tataretas, búrlense del gay, búrlense de la histérica gritona, búrlense del anciano que necesita cofal, búrlense de la jueza, búrlense del fiscal -que lo estaba acusando por corrupción aquellos días-, búrlense del que fuma marihuana, del que me denuncia, del que tiene criterio propio, del conocedor, del inteligente, del estudiado…”, vociferaba con voz de ultratumba a través del megáfono con el que tenía a los zombies conectados y embrutecidos. Pero nunca decía “búrlense del borracho”, porque el borracho era él.

Se burlaba de los vulnerables, de los diferentes, de quienes su machismo no toleraba porque en el fondo era su única forma de escapar del dolor que sentía al tener un hijo así, de salud vulnerable, y sobre todo al haber sido él así, un hijo de una situación vulnerable, porque en el fondo él había sido también el que recibía burlas por su forma de ser, el que recibía burlas por su torpeza y discapacidades de joven feo y rechazado.

-Nadie más me dice a mí nada, porque yo soy el más poderoso y quien pretende joderme sale jodido, no se les olvide eso, de aquí no sale nada, lo que se dice en Tonterán se queda en Tonterán -dijo en carcajadas otra noche en su palacio, en una reunión con algunos de sus acólitos ministros, a quienes trataba “a la patada”, con desprecio y supremacía.

Ellos y ellas le temían, lo miraban con cautela, porque no sabían donde podía saltar la liebre del berrinche emocional. En cualquier momento los humillaba o ponía en un dilema, o se adaptaban o se adaptaban, o hacían lo que decía o se iban, aunque se tratara de algo fuera de la ley.

Había algo más, había un niño haciendo berrinche, un niño maltratado, un niño que alguna vez fue víctima y ahora se desquitaba con el mundo sacando su odio contra quienes hoy él ponía en la palestra como sus enemigos, algunos más audaces, inteligentes y decentes; otros más parecidos a él en cuanto a la agresividad.

-No sea llorón y marica, no sea un debilucho, vaya y le rompe el hocico a quien se burla de usted –le gritó varias veces su padre-, sea más hombrecito, no permita que nadie se dé por más ante usted, que si no voy a ser yo quien lo ponga en regla a usted por mariconcito.

El asunto es que detrás de aquel agresor y matón, de aquel machista vulgar y chabacano, había un niño agredido, un niño que había recibido burlas, que había sido agredido “con coyunda”, que se había sentido inferior, poca cosa y miserable.

Detrás de “La Farsa” había alguien con necesidad de desquitarse del mundo, de acosar mujeres y aprovecharse de ellas, porque todavía recordaba las burlas de ellas ante su fealdad juvenil, ante su mal olor y su torpeza para acercarse a “conquistarlas”.

-¡Qué asco! No se me acerque, vaya báñese y lávese esos dientes primero -le había dicho una machita fina de ojos claros a quien él miraba embelesado todos los días en los recreos. ¿Cómo alguien tan bella puede ser tan grosera?, se preguntaba.

Había pasado mucho debajo de ese puente, porque ahora podía pagar los perfumes más caros, la ropa más fina -aunque todavía no la usaba con propiedad- y tenía los lujos que quisiera. Además, ya no era el torpe aquel, ahora era poderoso y podía obnubilar a cualquiera, incluso hasta podía amenazarlas después si decían algo de su acoso sexual, de alguna agresión o de algún hijo por ahí que no quería reconocer.

Ahora nadie se metía con él, era un macho alfa, que “dice las cosas como son”, apoyado por zombies a quienes, posiblemente, también trataron mal de niños, quienes fueron víctimas de agresiones, de bullying escolar, de situaciones de pobreza y carencias, de fealdad, de alguna agresión por discapacidad o de algún maltrato por poco entendimiento. Quizás, muy posiblemente, también fueron agredidos en su niñez por sus padres y guardan esos traumas de odio y resentimiento. Esos zombies que se sienten representados por “La Farsa” y le aplauden como focas cualquier expresión o discurso de odio.

-A las güilas no se les puede tratar bien porque se abusan, solo entienden a palo -le había dicho un amigo, hijo de un camionero patán que también los agredía, tanto a él como a su madre, y andaba con prostitutas y mujeres “de la vida fácil” en todo lado. Se sintió a gusto con aquella expresión, porque no era muy diferente a la que le diría su propio padre, por eso no la olvidó nunca.

Había algo más detrás de aquellos discursos incendiarios, llenos de mentiras, engaños, manipulación y agresiones constantes, había un niño herido, quizás un joven, uno muy herido. Por eso se burlaba de los diferentes y vulnerables, porque él era otro vulnerable y diferente más.


*ACLARACIÓN FUNDAMENTAL: Cualquier parecido con la realidad puede ser casualidad o no, pero este relato es una obra de ficción, de manera que no asume los hechos de la trama como reales o verdaderos, son solamente recreaciones ficticias de posibles realidades. En cualquier caso y ante cualquier duda, este texto deberá considerarse un relato de ficción literaria y no una crónica o información periodística de ningún tipo. ¿La ficción supera la realidad? es solamente una expresión literaria.

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